20-08-2026, 07:19 PM
Día 2 de Primavera, Año 18.
Casa asignada a Kibai, ciudad de Shandora
Dolía.
Dolía muchísimo.
Kibai ahogó un quejido agudo entre dientes, mientras se dejaba caer de nuevo sobre la cama. Todo su cuerpo parecía haber sufrido una avalancha como las que había visto en Drum, aunque el machaque que notaba en sus músculos le recordaba bastante más a cuando las paredes del foso de los Cabos Gemelos se les habían empezado a caer encima.
Además de eso, le dolía la cabeza enormemente, como si hubiese bebido doce veces más cerveza de la que había consumido en las gradas. Kibai no había tenido una resaca en su vida, pero se imaginaba que debía de ser algo bastante similar a lo que estaba sintiendo ahora mismo. La cabeza no dejaba de latirle, como si un Tontatta esquizofrénico hubiese agarrado un pico de minería y se estuviese entreteniendo dandole golpetazos contra su lóbulo temporal a todo trapo. El mink apretó los dientes para no soltar otro grito mientras se masajeaba las sienes.
Lo último que recordaba era estar delante de aquel gyojin, y darle la bolsa con el dinero. EL DINERO. Los ojos de Kibai se abrieron de golpe antes de dejarse caer de nuevo sobre la almohada, colocando un antebrazo sobre sus ojos para cubrirse de la luz. No es que le fuese a hacer mucho efecto dada su visión nocturna, pero algo era algo.
Le debía cuatro millones al Banco Goldreich. Cuatro. Puñeteros. Millones. Más de lo que cobraba el en tres años completos de salario. Y todo para qué? para sentirse como estaba ahora? Destrozado y sin apenas fuerzas para moverse. Demonios, si ahora mismo tuviese que sostener a Raimei, dudaba que fuese capaz de dar más de cuatro o cinco golpes con ella antes de caer desfallecido de nuevo.
Quitandose el antebrazo de los ojos, el mink se tomó unos momentos para analizar la habitación. Era simple, pero bine arreglada, funcional. Quizas algún tipo de hospital? Aunque lo ignoraba, parecía que aquello estaba bastante solitario, al menos no olía a nadie cerca, aunque hasta sus sentidos parecían bastante aletargados. Es que acaso aquel maldito Pawurs le había atrofiado el olfato también con la extracción de la Akuma no Mi? A este paso, iba a ser una auténtica rémora para su División...
Con un último quejido, Kibai trató de incorporarse de nuevo, expectante por si alguno de los dos compañeros marines a los que había llamado escuchaba su grito al haberse despertado. No había mentido: a pesar del dolor y la sensación de que cuarenta elefantes y treinta diplodocus de Little Garden hubiesen bailado un maratón de claqué sobre sus costillas, estaba francamente muerto de hambre...
La Caja de Pandora
