El primer día del resto de tu vida. PR
#4
El sendero de piedras continuaba tras el claro, ahora claramente iluminado por el sol, aunque este estaba descendiendo rápidamente. Aunque esta vez, a Kibai no le importó. Por fin reconocía dónde estaba, aquella jungla le era cada vez más familiar, hasta que por fin pasó por un árbol, el cual tenía cuatro arañazos de garras cruzadas entre si. Aquello era la firma que él solia dejar en los árboles que tenían mejores ramas para dormir la siesta, de vuelta cuando era un crío en la isla de Zou.

Tragando saliva, el mink fue muy consciente de a donde se estaba dirigiendo, pues los árboles se fueron abriendo cada vez más hasta llegar a una zona despejada, completamente vacía de árboles, a excepción de un viejo tronco, sostenido apenas por un manojo de raíces viejas y medio salidas de la tierra. El mismo tronco en el que hacía años, un joven Kibai se había apoyado para cazar a un pájaro que estaba más lejos del borde de lo que sería aconsejable. Un error de juventud que le había conducido de vuelta hasta el lugar dónde estaba.

La luna, sorprendentemente rauda, había acabado de salir por el horizonte, y brillaba en el cielo, llena como un disco de plata en el cielo. El viento le envolvió, insuflándole una profunda sensación de paz y...

Los ojos de Kibai se abrieron de golpe, al mismo tiempo que sus fosas nasales se dilataban con fuerza. Aquella brisa traía un aroma muy particular: un azúcar quemado, similar al del caramelo al fundirse. El mink bajó la cabeza sin girarse, riendo suavemente.

— Así que eras tú a quien se refería el capitán... Nunca lo hubiese sospechado.

— ¿Y qué habrías sospechado?

Una voz femenina le respondió, cálida y familiar, acompañada por una pequeña risa que parecía confundirse con el murmullo de las hojas. Cuando Kibai se volvió, vio una enorme figura alada que se encontraba sentada sobre el borde del risco, con una melena de cabellos plateados cubriendole ambos lados del rostro. La joven lo contempló con sus ojos color aguamarina, y alzó entonces una mano hacia él, invitándolo a acercarse.

Sonriendo, Kibai se acercó hacia la roca, sintiendose de nuevo empequeñecido por los casi cinco metros de aquella última visita.

— Asherah, yo...

La joven Lunarian no le dejó terminar, pues inclinó su cabeza hacia él, acariciando el lado derecho de su rostro con delicadeza

— Has cambiado, Kibai... Desde que te marchaste de Kárate, todo lo que has vivido, todo lo que has perdido y cada caída que has tenido que soportar te ha hecho más fuerte, aunque todavía no seas capaz de verlo.


El mink bajó la mirada, fijándose en el collar con la piedra verde que le había regalado en su momento.

— Bueno, digamos que he tenido que apañármelas como pude. Te he echado de menos, sabes? Aquí en Skypiea hay mucha gente como tú, te habría gustado verlo.

Los dedos de la otra mano de Ashera se entrelazaron con los suyos, llegando hasta casi la mitad de su brazo.

— Está bien mirar hacia atrás de vez en cuando, Kibai — murmuró la joven Lunarian con un tono apagado. — Está bien conservar aquello que amaste y agradecer lo que te convirtió en quien eres, porque incluso los momentos que dolieron forman parte del camino que te trajo hasta aquí, pero no puedes quedarte en los recuerdos, y olvidarte de vivir.

El rostro de Asherah se desvió hacia la luna llena, y Kibai recordó con un punto de amargura como le había contado lo que le sucedía por aquel entonces, cuando no era capaz de controlar el Sulong. Sin embargo, aquel instante de pausa duró poco, pues la joven se levantó y lo acompañó tirandole levemente de la mano al borde del risco.

— Esta vez no voy a llevarte, Kibai... — susurró, acariciando una última vez su mejilla e inclinándose para pegar su frente con la del mink — Solo voy a darte el aventón, el camino que sigue es solo tuyo. Mucha suerte.


Antes de que Kibai pudiese decir nada, la joven calló sus protestas con un suave beso, y apoyando ambas manos sobre su pecho le dio un empujón que lo precipitó por el acantilado. El rostro de Asherah se hizo cada vez más pequeño, hasta desaparecer en una negrura que lo envolvió por completo mientras las aguas heladas lo recibian con su abrazo...

Imagen proporcionada para mayor comprensión


Y entonces, Kibai despertó, tumbado en una cama dentro de una vivienda con paredes doradas. Resollando aún por la pesadilla, miró a su alrededor, buscando tanto sus espadas Raimei y Arashi, como a Moja y a Nyra, que eran las últimas personas que recordaba tener junto a él ante de que Pawurs le golpease con su técnica. Un dolor instantáneo le recorrió, y cuando echó atrás las sábanas, vio que tenía una gran cicatriz en el vientre con forma de huella, en el lugar dónde el gyojin barracuda le había golpeado.

— Hola, Moja? Nyra? Tengo hambre!!


La Caja de Pandora
[Imagen: gvCFAP2.png]


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El primer día del resto de tu vida. PR - por Kibai - 19-08-2026, 04:26 PM
RE: El primer día del resto de tu vida. PR - por Kibai - 20-08-2026, 06:18 PM

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