20-08-2026, 10:02 AM
(Última modificación: 20-08-2026, 01:34 PM por Sigurd Haakon.)
Día 7 de Primavera del Año 18
Outfit ---- Sigurd de Los Juegos
Los Juegos del Soberano quedaron atrás hace días. Una experiencia única en el mundo, pero que nos dejó a todos con un sabor amargo en la boca con su desenlace. Pese a todo, nadie puede negar que fueron cuanto menos entretenidos y, por encima de todo, provechosos. No, no ganamos los juegos, pero toda la información y los contactos que pudimos sacar en aquellas horas valen más que cualquier premio: los poderes de futuras bandas rivales, el conocimiento de una fuerza invisible llamada Haki, el acercamiento a miembros de la Marina y lo que eso conlleva... Y es cierto que Ubbe se llevó un gran reconocimiento tras su combate en semifinales. Así que, si me preguntan, ha sido un éxito rotundo para los miembros del Ragnarok.
Ahora nos encontramos en un pequeño negocio del Imperio del Cielo, una posada vulgar que acoge al viajero cansado. Estoy sentado en una mesa de madera grande y redonda, capaz de soportar la comanda de dos bucaneros y un hombre común. La luz de las ventanas apenas se filtra al interior, dándole un aspecto lúgubre al lugar, a pesar de no ser más que mediodía. No hay mucha clientela, y la que hay está a sus asuntos, como si nuestro aspecto titánico formara una cúpula de aislamiento donde solo puede entrar la sexy camarera alada para servirnos la comida y el alcohol. El lunarian tras la barra evita el contacto visual con nosotros mientras no deja de darle brillo a una jarra sin usar. Y un empleado con aires de mendigo, carente de una mano, toca una tonadilla espectral para ambientar el panorama.
Ando sentado sobre un butacón de cuero negro y desgastado, de esos baratos que se te pegan al culo y te dejan marca. Echado con el torso hacia delante, con los codos apoyados al borde de la mesa y atento a un puñado de cartas abiertas en abanico sobre mis manos. Frente a mí, una partida de solitario inconclusa, un cenicero con dos puros a medio consumir y, un poco más a la izquierda, tres jarras de cerveza vacías por las que resbala el agüilla sucia del hielo fresco descongelado, dejando varias circunferencias húmedas sobre la madera podrida. En los bordes de la mesa, recreando un triángulo equilátero casi perfecto, se encuentran mis dos compañeros. Mi hermano de otra madre, Ubbe, el Kaiju. Vicecapitán del Ragnarok y comandante de las tropas. Sobran las presentaciones con él. En la esquina opuesta, el recién llegado y casi adoptado Dharma, el Orador. Un tipo que hasta el momento ha demostrado una gran inteligencia, pero que navega solo. Interesante, aunque con mucho que demostrar todavía. Odiseo no se encuentra con nosotros; lo mandamos hace tiempo a informar al resto de Hijos del Ragnarok sobre lo sucedido durante el trayecto a Shandora.
-¡¡Este juego es una mierda!!- estallo con furia mientras lanzo todas las cartas sobre la mesa, rompiendo la composición del solitario. Hago ademán de coger a Yggdrasil, que descansa tranquila a mi costado izquierdo, apoyada sobre el butacón, pero me detengo por un segundo. Tal vez partir en dos la mesa donde están comiendo mis hombres sea algo exagerado. -¡¡AAHHGH!!- Tomo la opción de barrer todo lo que tengo enfrente con una sacudida de brazo que lanza a volar cartas, puros y vasos vacíos que se estampan contra el suelo y se revientan en fragmentos. Culmino con un golpe seco a la mesa con ambos puños que hace tambalear todo lo que hay sobre ella, sin terminar de tumbar nada. Suspiro un par de veces, malhumorado, y trato de relajarme con una orden imperativa en dirección a la barra. -¡¡Otra ronda por aquí, camarera. Date prisa!!-
La frustración se va disipando con cada sorbo espumoso. Al quinto, decido que es suficiente y dejo caer la enorme jarra con violencia contra la mesa. Un eructo monstruoso es la señal de que la ira se ha disipado. Con el antebrazo me limpio la espuma sobrante de la barba y me quedo mirando a Ubbe. -Bueno, ¿qué?- me detengo unos segundos, pensativo. ¿Me ha subido algo el alcohol? -¿Primero deberíamos reparar nuestras armas o comprar un barco más grande?- sin pudor alguno, señalo al espadachín negro, como si fuera culpable de algo que evidentemente no es. -Porque al final nos vamos a quedar sin espacio en el Veðrfölnir.- Luego miro al hombrecillo. Tan escuálido para nosotros, pero tan masivo para los de su especie. -Y tú...- lo miro fijamente, achicando los ojos para buscar dentro de los suyos, a ver si saco algo de información de ahí. -No sabemos nada de ti, tío.- me echo para atrás, reposando mi espalda sobre el butacón de cuero y acomodándome. -Cuéntanos un poco de tu historia, ¿no te parece?- Sí, definitivamente me está subiendo la cerveza.
En efecto, cajita feliz

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