19-08-2026, 01:47 PM
Las palabras del anciano revolucionario, pese a lo vulgar de su carácter, no parecieron desentonar con el ambiente general que reinaba en Bag's Cat. Nadie se escandalizó, no se hizo el silencio, ni tintinearon los cubiertos sobre una inexistente delicada vajilla de porcelana, como sí hubiera podido ocurrir en establecimientos de mayor postín. La banda continuó tocando con normalidad. Algunos de los parroquianos presentes —no demasiados, para empezar, porque el local estaba lejos de estar completo— se carcajearon ante la insospechada actitud que mostraba el anciano, celebrándola más que reprochándole nada. Tal forma de hablar no era rara entre los que frecuentaban aquel tugurio, pero no era en absoluto habitual en aquellos que venían por primera vez, y se volvió evidente.
Ante la pregunta, el tabernero se limitó a señalar con el pulgar hacia un cartel que figuraba justo al lado del boceto. "No me hagas tocar el cartel," espetó, invitando a Magnus a observar la explícita indicación mientras, con la otra mano, vertía un lingotazo de licor sobre un vasito de cristal rallado.
Mientras Magnus encendía su cigarro, el tabernero se personó junto a su mesa, trayendo aquel único vasito sobre una bandeja de metal y colocándolo con firmeza frente al anciano. Sus movimientos seguían siendo tan fluidos y profesionales como hubiese cabido esperar, pero resultaba evidente para cualquiera que lo estuviese observando que algo sobre la discusión del exterior —o, mejor dicho, sobre su repentino frenazo— lo inquietaba de alguna manera, y dirigía miradas suspicaces hacia la puerta de tanto en tanto, estuviese haciendo lo que estuviese haciendo. Sin embargo, pareció salir de su ensimismamiento cuando Magnus preguntó sobre el boceto que colgaba tras la barra, arqueando una ceja, aún sujetando la bandeja vacía. "¿Ese?," inquirió, haciendo un ademán hacia el papel, desgastado y que había adquirido un color amarillento con el paso del tiempo, "Se nota que no eres de aquí," dijo, encaminándose de nuevo hacia detrás de la barra para continuar con sus quehaceres. Continuó hablando desde allí. "Es un viejo conocido por esta zona, se ha convertido en un peligro público. Bueno, no lo suficiente como para que el ejército lo tenga en cuenta, pero ya sabes cómo van aquí las cosas," dijo con resignación mientras organizaba lo que sonaba, a todas luces, como una pila de platitos.
"Llámalo por su nombre, viejo," espetó una voz. Las puertas de vaivén se habían abierto de sopetón, chirriando, y una serie de figuras habían entrado al local, sus mantos, sombreros, ponchos y capas empapados por la lluvia, inundando la entrada del local de clientes de índole dudosa. "Es Tibias," dijo otro de ellos, apuntando con el dedo índice hacia el dibujo y observando a Magnus, "y ya se ha acabado el ninguneo," espetó, volviendo a dirigirse hacia el tabernero, que había devuelto su atención hacia la puerta, dejando sus quehaceres a un lado por el momento. "El jefe ha determinado que ya va siendo hora de que todos vayáis pagando la cuota que os toca. A ti te sale a...," sacó de su bolsillo un pergamino y lo desenrolló, dando pie a una lista cómicamente larga y colocándose una pequeña lupa plegable sobre el ojo, leyendo la lista con detenimiento. "Abres todos los días, ¿verdad? No, no contestes. He venido tres veces esta semana y siempre estabas abierto. Pongamos ochenta clientes al día. Un consumo medio de 700 berries por cabeza, unos cincuenta y seis mil al día. Van a ser 300.000 berries al mes. ¡Te quejarás!," declaró, volviendo a enrollar el pergamino y guardándolo en su bolsillo, junto a la lupa. "¡A pagar, a pagar!"
Ante la pregunta, el tabernero se limitó a señalar con el pulgar hacia un cartel que figuraba justo al lado del boceto. "No me hagas tocar el cartel," espetó, invitando a Magnus a observar la explícita indicación mientras, con la otra mano, vertía un lingotazo de licor sobre un vasito de cristal rallado.
Cartel
Mientras Magnus encendía su cigarro, el tabernero se personó junto a su mesa, trayendo aquel único vasito sobre una bandeja de metal y colocándolo con firmeza frente al anciano. Sus movimientos seguían siendo tan fluidos y profesionales como hubiese cabido esperar, pero resultaba evidente para cualquiera que lo estuviese observando que algo sobre la discusión del exterior —o, mejor dicho, sobre su repentino frenazo— lo inquietaba de alguna manera, y dirigía miradas suspicaces hacia la puerta de tanto en tanto, estuviese haciendo lo que estuviese haciendo. Sin embargo, pareció salir de su ensimismamiento cuando Magnus preguntó sobre el boceto que colgaba tras la barra, arqueando una ceja, aún sujetando la bandeja vacía. "¿Ese?," inquirió, haciendo un ademán hacia el papel, desgastado y que había adquirido un color amarillento con el paso del tiempo, "Se nota que no eres de aquí," dijo, encaminándose de nuevo hacia detrás de la barra para continuar con sus quehaceres. Continuó hablando desde allí. "Es un viejo conocido por esta zona, se ha convertido en un peligro público. Bueno, no lo suficiente como para que el ejército lo tenga en cuenta, pero ya sabes cómo van aquí las cosas," dijo con resignación mientras organizaba lo que sonaba, a todas luces, como una pila de platitos.
"Llámalo por su nombre, viejo," espetó una voz. Las puertas de vaivén se habían abierto de sopetón, chirriando, y una serie de figuras habían entrado al local, sus mantos, sombreros, ponchos y capas empapados por la lluvia, inundando la entrada del local de clientes de índole dudosa. "Es Tibias," dijo otro de ellos, apuntando con el dedo índice hacia el dibujo y observando a Magnus, "y ya se ha acabado el ninguneo," espetó, volviendo a dirigirse hacia el tabernero, que había devuelto su atención hacia la puerta, dejando sus quehaceres a un lado por el momento. "El jefe ha determinado que ya va siendo hora de que todos vayáis pagando la cuota que os toca. A ti te sale a...," sacó de su bolsillo un pergamino y lo desenrolló, dando pie a una lista cómicamente larga y colocándose una pequeña lupa plegable sobre el ojo, leyendo la lista con detenimiento. "Abres todos los días, ¿verdad? No, no contestes. He venido tres veces esta semana y siempre estabas abierto. Pongamos ochenta clientes al día. Un consumo medio de 700 berries por cabeza, unos cincuenta y seis mil al día. Van a ser 300.000 berries al mes. ¡Te quejarás!," declaró, volviendo a enrollar el pergamino y guardándolo en su bolsillo, junto a la lupa. "¡A pagar, a pagar!"
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