13-08-2026, 03:32 PM
(Última modificación: 13-08-2026, 03:33 PM por Imsiul Kano.)
Dieciocho metros desde la base de mis patas hasta el lomo, veinticinco de punta a punta de mis extremidades, y un peso que hace vibrar el suelo helado del nivel cada vez que apoyo las seis patas a la vez, y aun así este Yamamura padre se las arregla para hacerme sangrar por más flancos de los que puedo llevar la cuenta, cosa que, tratándose de mí, ya es decir bastante. Los cortes de mi aliado, el camarada Tucrow, han dejado medio cuerpo de nuestro rival a la vista, y aquellas zonas donde mi veneno ha hecho contacto burbujean generando ese efecto de piel derretida que tanto me enorgullece producir en aquellos reclusos de pelo largo. Pero el infeliz sigue de pie, peleando por algo más que su propia vida, su combustible un solo objetivo: que uno de mis reclusos, su hijo, escape. Se mueve entre portales y cada vez que reaparece lo hace asomándose por donde menos lo espero, y yo apenas consigo anticiparlo a fuerza de instinto puro, algo que detesto profundamente porque el instinto animal es incompatible con la rectitud y parsimonia de un humano organizado.
Transformado a como estoy, forzado a hacerlo en realidad, no tengo manos con las que sostener nada ahora mismo, ni mi preciado peine, ni una taza de café, ni un solo bolígrafo con el que anotar la barbaridad de horas extra que este hombre me va a costar en concepto de reconstrucción de todo lo que se ha destrozado desde que empezó este tortuoso día, y esa carencia, más que el dolor de los cortes que me recorren brazos y patas es lo que más me irrita. Cuando por fin lo veo materializarse a mi flanco derecho, no espero, disparo desde el abdomen abultado que ahora ocupa la mitad de mi altura un chorro de veneno corrosivo directo a su costado y el líquido busca impactar a mi rival antes de que él termine de reaparecer del todo entre aquellos portales, buscando arrancarle un nuevo siseo de piel quemándose que se suma al coro de heridas que ya lleva encima.
Aprovecho aquellos instantes en los que su cuerpo se tensa por el ardor de sus heridas para lanzarme sobre él con dos de mis patas delanteras, las garras negras de veinte centímetros buscando el mismo punto donde Tucrow ya lo abrió antes, porque no tiene sentido reinventar la columna de daño cuando ya hay una perfectamente iniciada. Salto al frente realizando tal esfuerzo en mi embestida que, sumado a las doce tazas de café que aún me revuelven las tripas, se me escapa una sonora flatulencia la cual me propulsa hacia delante a una velocidad mucho mayor a la habitual con la que me muevo, el ácido de mi propio cuerpo deseando acabar con esta tarea. El sonido es sonoro y retumba por todo el pasillo el cual es inundado en una neblina morada y apestosa que rememora la muerte misma antes de disolverse en el aire. Consigo hundir una de las garras, pero el muy desgraciado responde con un puñetazo que me impacta de lleno en uno de los cuernos, un crujido que resuena más fuerte de lo que me gustaría admitir y que me hace retroceder dos de mis seis apoyos, sacudiendo la cabeza para reordenar la vista antes de que se le ocurra abrir otro portal a mi espalda. Su melena blanca que tanto detesto ondeando entre tanto caos, como si en pleno combate a muerte todavía tuviera tiempo de preocuparse por lucirla, desgraciado.
Miro de reojo a Tucrow, que sigue en pie a duras penas con media docena de espadas repartidas entre extremidades y boca, sangrando por ese tajo del costado que no tiene pinta de irse a cerrar solo, y calculo, con la parte de mi cerebro que todavía funciona con algo de orden, que entre los dos podemos sostener esto un poco más, el tiempo suficiente para que lleguen refuerzos, aunque cada minuto que pasa aquí es otro minuto que voy a tener que descontar de mi sueño esta semana, y la que viene, y probablemente la siguiente también.
Transformado a como estoy, forzado a hacerlo en realidad, no tengo manos con las que sostener nada ahora mismo, ni mi preciado peine, ni una taza de café, ni un solo bolígrafo con el que anotar la barbaridad de horas extra que este hombre me va a costar en concepto de reconstrucción de todo lo que se ha destrozado desde que empezó este tortuoso día, y esa carencia, más que el dolor de los cortes que me recorren brazos y patas es lo que más me irrita. Cuando por fin lo veo materializarse a mi flanco derecho, no espero, disparo desde el abdomen abultado que ahora ocupa la mitad de mi altura un chorro de veneno corrosivo directo a su costado y el líquido busca impactar a mi rival antes de que él termine de reaparecer del todo entre aquellos portales, buscando arrancarle un nuevo siseo de piel quemándose que se suma al coro de heridas que ya lleva encima.
Aprovecho aquellos instantes en los que su cuerpo se tensa por el ardor de sus heridas para lanzarme sobre él con dos de mis patas delanteras, las garras negras de veinte centímetros buscando el mismo punto donde Tucrow ya lo abrió antes, porque no tiene sentido reinventar la columna de daño cuando ya hay una perfectamente iniciada. Salto al frente realizando tal esfuerzo en mi embestida que, sumado a las doce tazas de café que aún me revuelven las tripas, se me escapa una sonora flatulencia la cual me propulsa hacia delante a una velocidad mucho mayor a la habitual con la que me muevo, el ácido de mi propio cuerpo deseando acabar con esta tarea. El sonido es sonoro y retumba por todo el pasillo el cual es inundado en una neblina morada y apestosa que rememora la muerte misma antes de disolverse en el aire. Consigo hundir una de las garras, pero el muy desgraciado responde con un puñetazo que me impacta de lleno en uno de los cuernos, un crujido que resuena más fuerte de lo que me gustaría admitir y que me hace retroceder dos de mis seis apoyos, sacudiendo la cabeza para reordenar la vista antes de que se le ocurra abrir otro portal a mi espalda. Su melena blanca que tanto detesto ondeando entre tanto caos, como si en pleno combate a muerte todavía tuviera tiempo de preocuparse por lucirla, desgraciado.
Miro de reojo a Tucrow, que sigue en pie a duras penas con media docena de espadas repartidas entre extremidades y boca, sangrando por ese tajo del costado que no tiene pinta de irse a cerrar solo, y calculo, con la parte de mi cerebro que todavía funciona con algo de orden, que entre los dos podemos sostener esto un poco más, el tiempo suficiente para que lleguen refuerzos, aunque cada minuto que pasa aquí es otro minuto que voy a tener que descontar de mi sueño esta semana, y la que viene, y probablemente la siguiente también.
Resumen
Akuma
