06-08-2026, 06:21 PM
Amanecía una mañana radiante en la isla mientras el Sol comenzaba a dibujar su trayectoria por el cielo despejado. La temperatura era agradable, aunque aún se percibía el frío proveniente de la madrugada.
Para ser primera hora de la mañana, el pueblo de Baquella ya gozaba de un generoso número de transeúntes recorriéndolo en todas direcciones; probablemente, cada uno con su propio objetivo del día.
Como venía siendo habitual desde hace unos meses, Nine visitaba el pueblo casi cada mañana en busca de algún trabajo que pudiera conseguir. A estas alturas, ya había conseguido algunos contactos que el facilitaban la búsqueda. Por ello, su primer destino seria la plaza principal, siendo este uno de los lugares más transitados del pueblo.
Una vez en la plaza, el lunarian se propuso visitar el anticuario. Allí se encontraría con el propietario, el cual ya venía siendo un cliente habitual. Pese a lo que se podía esperar del dueño de un anticuario, este era joven. De hecho, tenía una edad similar a la de Nine. Por lo visto, el joven dueño había heredado la tienda y los contactos de su abuelo, fallecido casi una década atrás.
La mayoría de los encargos consistían básicamente en transportar mercancías. Gracias a su capacidad de volar a velocidades considerables, el lunarian era perfecto para encargarse de llevar y recoger objetos antiguos entre la tienda y cualquier zona costera de la isla. El puerto del pueblo no estaba lejos de la plaza principal, pero no todos los contactos del dueño del anticuario se podían permitir atracar en el puerto por razones legales.
Curiosamente, pese a su horario habitual, el anticuario permanecía aún cerrado. Nine imaginó que el dueño habría ido al puerto a hablar con algún proveedor o algún cliente. Por ello, decidió esperar en la plaza mientras observaba por si se encontraba con algún otro conocido que pudiera ofrecerle un trabajo.
No pasó demasiado tiempo hasta que algo llamó su atención entre el incesante ir y venir de la multitud. Un joven de cabello oscuro llevaba ya varios minutos recorriendo la plaza con una bolsa firmemente abrazada contra su costado. No parecía prestar atención a las personas que lo rodeaban; sus ojos iban saltando de una fachada a otra con creciente frustración, como si buscara un lugar concreto que se negara a aparecer. << Parece estar perdido... >>
Sin embargo, no era el único que lo observaba. La mirada de Nine se desplazó unos metros hacia la izquierda, donde un hombre de aspecto desaliñado había comenzado a seguir discretamente al desconocido. No caminaba directamente tras él, sino describiendo pequeños rodeos entre la multitud, acortando la distancia poco a poco. Sus ojos no se apartaban ni un instante de la bolsa que el joven protegía con tanto recelo. El lunarian soltó un leve resoplido antes de separarse de la pared sobre la que descansaba. Aquel tipo estaba escogiendo una presa demasiado evidente.
El desconocido volvió a detenerse para observar el letrero de otro edificio. Fue entonces cuando el ladrón aceleró ligeramente el paso y estiró la mano entre la gente, convencido de que nadie repararía en él. Inmediatamente, una enorme mano morena atrapó su muñeca con firmeza antes siquiera de que pudiera rozarla.
—Si pretendes seguir usando esa mano, será mejor que no la acerques otra vez a esa bolsa mientras la Luna aún arde.
Durante un instante, el silencio pareció imponerse entre los tres.
Para ser primera hora de la mañana, el pueblo de Baquella ya gozaba de un generoso número de transeúntes recorriéndolo en todas direcciones; probablemente, cada uno con su propio objetivo del día.
Como venía siendo habitual desde hace unos meses, Nine visitaba el pueblo casi cada mañana en busca de algún trabajo que pudiera conseguir. A estas alturas, ya había conseguido algunos contactos que el facilitaban la búsqueda. Por ello, su primer destino seria la plaza principal, siendo este uno de los lugares más transitados del pueblo.
Una vez en la plaza, el lunarian se propuso visitar el anticuario. Allí se encontraría con el propietario, el cual ya venía siendo un cliente habitual. Pese a lo que se podía esperar del dueño de un anticuario, este era joven. De hecho, tenía una edad similar a la de Nine. Por lo visto, el joven dueño había heredado la tienda y los contactos de su abuelo, fallecido casi una década atrás.
La mayoría de los encargos consistían básicamente en transportar mercancías. Gracias a su capacidad de volar a velocidades considerables, el lunarian era perfecto para encargarse de llevar y recoger objetos antiguos entre la tienda y cualquier zona costera de la isla. El puerto del pueblo no estaba lejos de la plaza principal, pero no todos los contactos del dueño del anticuario se podían permitir atracar en el puerto por razones legales.
Curiosamente, pese a su horario habitual, el anticuario permanecía aún cerrado. Nine imaginó que el dueño habría ido al puerto a hablar con algún proveedor o algún cliente. Por ello, decidió esperar en la plaza mientras observaba por si se encontraba con algún otro conocido que pudiera ofrecerle un trabajo.
No pasó demasiado tiempo hasta que algo llamó su atención entre el incesante ir y venir de la multitud. Un joven de cabello oscuro llevaba ya varios minutos recorriendo la plaza con una bolsa firmemente abrazada contra su costado. No parecía prestar atención a las personas que lo rodeaban; sus ojos iban saltando de una fachada a otra con creciente frustración, como si buscara un lugar concreto que se negara a aparecer. << Parece estar perdido... >>
Sin embargo, no era el único que lo observaba. La mirada de Nine se desplazó unos metros hacia la izquierda, donde un hombre de aspecto desaliñado había comenzado a seguir discretamente al desconocido. No caminaba directamente tras él, sino describiendo pequeños rodeos entre la multitud, acortando la distancia poco a poco. Sus ojos no se apartaban ni un instante de la bolsa que el joven protegía con tanto recelo. El lunarian soltó un leve resoplido antes de separarse de la pared sobre la que descansaba. Aquel tipo estaba escogiendo una presa demasiado evidente.
El desconocido volvió a detenerse para observar el letrero de otro edificio. Fue entonces cuando el ladrón aceleró ligeramente el paso y estiró la mano entre la gente, convencido de que nadie repararía en él. Inmediatamente, una enorme mano morena atrapó su muñeca con firmeza antes siquiera de que pudiera rozarla.
—Si pretendes seguir usando esa mano, será mejor que no la acerques otra vez a esa bolsa mientras la Luna aún arde.
Durante un instante, el silencio pareció imponerse entre los tres.
