05-08-2026, 05:18 PM
A medias de su conversación con el anciano mink equino, Kibai sonrío cuando Bai dijo su nombre. Haciendo un amago de reverencia estirando ambos brazos hacia los lados, inclinó levemente la cabeza hacia Maki.
— El mismo que viste y calza, para serviros.
Con sus ojos fijo en las armas que la joven calva había dejado caer antes de hacer su paupérrima performance en la prueba de fuerza, el mink esbozó una sonrisa quejaba ver los colmillos superiores.
— Una lástima que te eliminasen tan rápido, Zen'in. Me quedé con ganas de ver más de lo que eras capaz de hacer, es una verdadera pena.
Sin embargo, los ojos de Kibai se desviaron de inmediato hacia su derecha, dónde Bai parecía tambalearse sobre su asiento, como a una marioneta a la que le hubiesen cortado los hilos. Como una exhalación, el mink recorrió la escasa distancia que le separaba de la joven birkaniana, dejando que su peso cayese suavemente sobre su hombro, antes de reacomodarla contra el respaldo del asiento. Bai tenía la respiración calmada y regular, aunque el fuerte olor a alcohol de su aliento no hizo dudar ni medio segundo a Kibai sobre las razones de su repentina somnolencia. Soltando una suave risita a la vez que negaba con la cabeza, la envolvió en el ligero manto que traía la joven consigo y le acomodó el cabello bicolor detrás de las orejas.
— Bueno, bueno, me sé de alguien que va a tener un bonito dolor de cabeza para cuando se despierte. — dijo con un punto de sorna mirando hacia el mink burro y la humink mono que parecían estar con ella. — Procurad darle algo de agua cuando se le haya pasado la melopea, estoy seguro de que le va a hacer falta.
En ese momento, la atención del mink fue devuelta a la arena, pues la final de los Juegos estaba a punto de comenzar, y uno de los combatientes era el comandante Hasegawa.
— Esto definitivamente no me lo pierdo... — pensó para sí mientras hacía un gesto de despedida hacia el mink burro. Justo antes de marcharse, se giró, echando un ojo hacia Bai.
— Anciano, si puedes hablar con ella, dile que la buscaré después de los Juegos. Y no se preocupe... — añadió Kibai dándose un leve toque en la nariz mientras mantenía su sonrisa. — No me hace falta un Den Den Mushi para saber dónde se encuentra. Solo dígale que nos volveremos a ver.
recordó una serie de números escritos en el brazo de Bai. Ladeando la cabeza, el mink sonrió. Quizás habría más de un duelo interesante que librar en un futuro cercano... Echando mano de su propio Den Den Mushi, grabó la combinación en la memoria interna del caracol, antes de pasar por detrás de Moja, el cual parecía estar tremendamente emocionado por la pelea final, y se acercó hacia la zona dónde se concentraban la mayoría de marines. El mink le dio un toque en el hombro, indicándole la dirección en la cual se movía.
— Ya que es la final, más vale que lo hagamos con un poco de piña en la marina.
Tras esquivar a unos cuantos asistentes, logró llegar de nuevo hacia la zona dónde la mayoría de los marines se agrupaban. Localizando al Comandante Juan y al Capitán Enji, Kibai recogió tres cervezas más de uno de los vendedores y, en un arrebato de confianza (influenciado sin duda porque a pesar de su pausado ritmo, ya llevaba algo de alcohol en el cuerpo), se acercó a la extraña pareja.
—Por cierto, Juancho… — decia el capitán cuando el mink se acercó. — ¿Soy yo, o el rey de este lugar es un puto mono?
Tosiendo levemente, Kibai decidió intervenir.
— Si me permite señor, dudo que sea un miembro de mi especie. — dijo mirando hacia el lugar dónde el emperador se había colocado. — Nunca he visto a un mink mono con esas características físicas, salvo que sea algún tipo de variante que solo exista en estas islas del cielo. — añadió mientras alargaba una jarra hacia el capitán y depositaba otra en el suelo alcance del comadante.
En cuanto los primeros compases del combate se iniciaron, Kibai vio como el rival del comandante Hasegawa se transformaba en un hermoso ejemplar de águila antes de desaparecer en un borrón de movimiento que resultó completamente invisible incluso a los entrenados ojos del mink. Apretando las mandíbulas, Kibai se sacó el abrigo, sujetando la prenda del cuello con una mano, antes de girarse hacia el resto de sus compañeros marines, inlcuidos los que estaban sentados más atrás en las gradasy tomar aire para gritar con toda la potencia de sus pulmones.
— Vamos, tenemos que apoyar al comandante!
Agitando el abrigo de un lado al otro dejando ondear el símbolo de Justicia que brillaba en letras negras en su espalda, el mink se arrancó en un improvisado cántico, dejando que la cereveza trazase la letra por él.
El día que me mueeera
Yo quiero mi cajooooon
Pintado de azuuul y blaaaanco
Como mi corazoooon
La Caja de Pandora
