27-07-2026, 10:17 AM
[personajeinvalido=3941]
Todos los participantes tras de mi en la prueba de certeza obtuvieron peor puntuación. Tal vez fuera debido a el malestar que les había provocado con los poderes de mi habilidad. Quizá, tan solo se tratase de que yo era más hábil que ellos. Como sea, cuando el Dirigente anunció los resultados de la prueba, yo me hice con el cuarto lugar. Una parte de mi se enorgulleció, pues había conseguido el mismo puesto que Eros en su prueba. Sin embargo, ver a Kiyoshi alzarse victorioso me provocó un sentimiento amargo. No por el hecho de verle triunfar; sabía que él era el mejor tirador. Sino por la enorme distancia que había entre nosotros, la cual parecía agrandarse cada vez más. Además estaba aquella maldita apuesta. Ahora le debía 1000 berries a Kiyoshi.
Todos los participantes tras de mi en la prueba de certeza obtuvieron peor puntuación. Tal vez fuera debido a el malestar que les había provocado con los poderes de mi habilidad. Quizá, tan solo se tratase de que yo era más hábil que ellos. Como sea, cuando el Dirigente anunció los resultados de la prueba, yo me hice con el cuarto lugar. Una parte de mi se enorgulleció, pues había conseguido el mismo puesto que Eros en su prueba. Sin embargo, ver a Kiyoshi alzarse victorioso me provocó un sentimiento amargo. No por el hecho de verle triunfar; sabía que él era el mejor tirador. Sino por la enorme distancia que había entre nosotros, la cual parecía agrandarse cada vez más. Además estaba aquella maldita apuesta. Ahora le debía 1000 berries a Kiyoshi.
Recuperé mi posición en el cubículo. Tomé de nuevo el hatillo que había dejado para la prueba. Con mi rifle al hombro, ajusté mi sombrero. Un gesto que repetía sin cesar, algo que hacía de manera mecánica, casi sin darme cuenta. Un gesto adquirido tras los años. Un gesto que era eco de las palabras de mi padre. "Un buen explorador nunca pierde su sombrero", me repetía una y otra vez cuando volvían de sus expediciones. Por ese motivo comencé a ceñírmelo. Para que mi sombrero no se fuese volando, y con él, el aire se llevase el recuerdo de mi padre.
—Siento no haber podido obtener mejor resultado —dije mirando a mis compañeros del equipo ocho—. Al menos conseguimos que ninguno quedase eliminado. Veamos que nos depara la siguiente ronda.
Iluso de mi, miré hacia el escenario en el cual el Dirigente habló dando continuidad a los juegos, sin saber, que mis posibilidades de brillar se habían esfumado. Al parecer, había un nuevo criterio de eliminación de participantes. Algo que no nos habían desvelado con la normativa explicada en un principio. Algo que carecía de lógica para mí.
—¿Que sentido tiene eliminar a los peores participantes de cada prueba, si ahora vas a eliminar equipos enteros? Con estas nuevas normas, alguno de los eliminados pasará de fase, mientras que otros que ganaron sus pruebas quedan eliminados.
Sí, estaba hablando de Kiyoshi. Había dado lo mejor de sí para ganar la prueba de certeza y ahora su equipo no estaba entre los anunciados por el presentador. Era algo que me parecía ciertamente injusto, tanto como el hecho de haber conseguido que no eliminasen a nadie de nuestro equipo durante las pruebas en vano. Sin embargo, era algo lógico si tenía en cuenta lo que había leído sobre aquel reino. Un lugar donde la raza servía para dar o quitar estatus social, no podía ser un lugar justo, por mucho que brillase. Apreté mis dientes, resignado. Si cultura, sus tradiciones, pensé con tono sarcástico.
—Parece que no lo hice suficientemente bien. Ahora somos simples espectadores —dije en respuesta a las amables palabras de Hyákinthos—. Sin duda podría enseñarte a disparar, pero creo que aún me queda mucho que aprender. De cualquier manera, te anoto mi número para cualquier otra ocasión. El numero es 490-490-490. Zhang, Mord Heras, anotadlo vosotros también si queréis —le devolví el den den mushi a Hyákinthos con una sonrisa y asintiendo con la cabeza—. Si... Ehm... Seguro que se trata de otro mink hurón —intentaba ahuecar el cuello de mi camisa, como si no supiese qué más hacer con las manos—. Muchas gente aparece en esos carteles hoy en día.
La idea de que alguien tuviese mi cartel de recompensa guardado no me hacía sentir cómodo. Aquel hombre no parecía tener malas intenciones. Además, estaba el hecho de que Uker confiaba en él. Sin embargo, que alguien guardase un papel en el que ofrecían una recompensa por mi cabeza, no me hacía sentir del todo tranquilo, ya fuese por qué tenía intenciones de venir a cobrarla o por la fama que me estaba reportando.
—Es el fin del equipo ocho del locho —dije intentando parafrasear a Heras, para desviar la atención hacia algo que no fuese mi incomodidad— ¿Qué tienen pensado hacer hasta el comienzo de la siguiente fase? Yo supongo que iré a pagar un par de cuentas pendientes y luego recorreré la ciudad. No todos los días se puede explotar una ciudad perdida.
En aquel momento, apareció Kiyoshi, aunque antes de verlo, lo sentí. Recibí un golpe en la cabeza y su reprimenda. No quise intentar justificarme, pues desde antes de haber actuado, ya había pensado en las consecuencias para mí compañero. Me sentía arrepentido. Me giré hacia él y contesté a su siguiente pregunta mientras gritaba con la mano mi cabeza.
—Lo... lo siento, Kiyoshi. No estoy del todo seguro. Tal vez me asusté. Sentí un destello y creí que estaría tramando algo. Al fin y al cabo, era un marine y ya sabes cómo se las gastan...
Abandoné mi cubículo. Avancé cabizbajo para dejar atrás la arena. Me sabía poco merecedor de los vítores que provenían de las gradas. Me sentía decepcionado por los juegos, por mi participación en la prueba, por qué todos mis amigos hubiesen quedado eliminados. Tan solo Uker, apeado en la prueba del coloso, tenía ahora posibilidades de ser repescado por su equipo para participar en los combates. Debía contactar con él. Yo ya no podía seguir agrandando el nombre de los piratas de la Sepultura, si es que mi participación en los juegos había servido para algo. Sin embargo, si había una pequeña oportunidad para que mis amigos se acercasen a sus objetivos, yo iba a estar ahí.
—Kiyoshi, Eros, yo saldré un momento a revisar el mercado que hay fuera. Luego me reuní con vosotros en las gradas.
Los alrededores de la plaza se llenaron rápido de gente. Nunca había pensado que fuese alto, pero la estatura media de todo el mundo allí me hacía parecer insignificante. Supuse que así era como ve el mundo Alana. O lo veía, pensé. Los muros de carne y alas que me rodeaban, Unidos a los seres de otras razas, que incluso llegaban a alcanzar los siete metros, tapaban mi visión. No podía identificar donde se encontraba ninguno d mis compañeros. Los tenderos comenzaron a anunciar sus productos. Frutas cortadas, carnes en pan, o pescado en brochetas. Todo tipo de comida lista para ser consumida en el acto, de pié, con una sola mano. Sentía el estómago lleno, bien a causa del delicioso kimchi de Uker o bien por la frustración de haber sido eliminado. Seguí ojeando los puestos. Había quienes vendían alguna joya de mayor o menor valor. Otros una extrañas caracolas que parecían muy cotizadas. Por último, encontré uno que vendía botellas de vino. Un vino afrutado típico de Skypiea, repetía como reclamo. Recordé mi deuda con Eros. Me acerqué y consulté por una botella. No estaba familiarizado con los precios del cielo, pero pensé que hacía honor a la expresión de "estaba por las nubes". Aún así, compré un par de ejemplares, una para saldar la apuesta perdida, otra por si Uker y Kiyoshi también se querían unir a la fiesta, y unas pocas más para llevar al barco.
En aquel momento, una voz me sacó de mis pensamientos. Era Hyákinthos. Aunque está vez no venía solo, la acompañaba una chica de pelo rosa. Tal vez sean familia. O tal vez procedan de una misma isla en la que abunda aquel color de pelo. Tendré que investigar sobre eso, pensé. Mis divagaciones duraron poco al enterarme de que era ella a quién se refirió anteriormente. La chica que guardaba carteles de recompensa. Apreté mis puños. El sudor corría por mi frente. Mis ojos bien abiertos delataban mi nerviosismo ante la posibilidad de tener que mentir. Pero todo quedó en una falsa alarma. Peluche. Así se llamaba el mink del otro cartel de recompensa. Pensé que debía ser un pirata con poca reputación si nunca lo había visto en el periódico.
La chica se explicó y yo me relajé al creer que todo aquello no era más que una confusión. Nada de cazarrecompensas. Me tranquilizaba saber que estaría a salvo, al menos si me mantenía lejos de un uniforme de marine.
—Alguien que considere un animal como su amigo, también es mi amigo. Por supuesto que firmaré ese cartel de recompensa —rascaba mi cabeza, por debajo del ala de mi sombrero, levantándolo al hacerlo, mi boca con una media sonrisa. ¿Como íbamos a ser plantas? ¿Acaso hacíamos la fotosíntesis?—. Usted también me resulta familiar. Tal vez de... ¿algún día en la feria? —no supe de dónde vino ese pensamiento —. No, no tiene sentido. Hasta hoy no había conocido a nadie con el pelo rosa.
Tras aquello guié a Hyákinthos y a María de vuelta a las gradas. El camino fue más duro de lo esperado, pues tuve que agarrarlos para que su pésimo sentido de la orientación no les llevase por una ruta equivocada. Subí las escaleras con el hatillo en una mano, el vino en la otra y mi rifle bien amarrado a la espalda; ya no iba a necesitarlo. Me senté junto a mis amigos justo a tiempo para escuchar las palabras de Eros. Él, al igual que yo, se lamentaba de nuestra participación en los juegos. Sí, tal vez de haber podido participar juntos, el resultado hubiese sido otro. O tal vez no. El mundo estaba lleno de monstruos y nosotros no habíamos estado a la altura. Sin embargo, aquella vez no iba a regocijarme en nuestras heridas.
—Cierto. Tenemos con nosotros al mejor tirador, pero no solo eso. También al mejor capitán. Y al mejor cocinero, y probablemente uno de los mejores espadachines —mi dedo saltó de uno a otro de mis compañeros hasta llegar a mi—. Y el mejor... —metí la mano en la bolsa de botellas—. El mejor vino de Skypiea!
Tomé una de las botellas y la alcé al aire. En aquel instante, la voz de un hombre llamó nuestra atención. Se encontraba junto a los piratas que habían compartido con nosotros la ruta hasta Shandora. Nos invitaban a ir a por bebidas. Nosotros ya teníamos. No sé si fue el ambiente festivo de aquel lugar, o tal vez el haberme visto obligado a interactuar con más piratas aquel día, pero mis actos me sorprendieron a mí mismo.Agité la botella en dirección a aquel grupo.
—¿Qué tal un poco de vino de Skypiea? Tenemos más que de sobra.
¿Estaría sufriendo del mal de altura? ¿Sería aquella la fiebre del oro sobre la que había leído? ¿Cómo había acabado invitando a unos desconocidos a tomar vino con nosotros? Quizá, solo quería apartar de mi mente la decepción de aquellos juegos.
Antología
