27-07-2026, 01:37 AM
Mis grandes ojos oscuros recorrieron la colosal bodega, observando la marea de obreros transportando carretillas, las hileras de botellas minuciosamente etiquetadas y el ruidoso horno de hierro al fondo. Sin embargo, la atención general seguía clavada sobre mi pequeña figura. Estaba nervioso que tantos me miraran fijamente pero trate de respirar y relajarme.
Pero un hombre gordo, muy gordo, de esos que se tienen que poner desodorante debajo de los rollos, se me acerco de forma altanera. Sus palabras cargadas de desprecio y superioridad llegaron hasta mi, intenté erguirme para imponer mi autoridad de soldado. Me llevé la mano enguantada a la cabeza para ajustarme la gorra de la Marina, pero mi timidez extrema me jugó una pésima pasada. La vergüenza y la bronca me tiñeron el rostro de un rojo intenso; empecé a tartamudear torpemente mientras sentía que me hacía cada vez más chiquito ante la mirada del encargado.
—P-p-p-p-perdóneme. no me t-t-t-trate asi, señor.... yo solo vengo a ayudar....—
Por suerte, la voz tajante de una mujer resonó desde la barandilla del piso superior. Era la jefa del lugar, una mujer de tez morena y presencia imponente que le exigía a Renato los permisos de exportación de la semana pasada. Al posar su mirada sobre mí, parpadeó sorprendida y exclamó a viva voz lo adorable y divino que le parecía. Por lo general, odio profundamente que se burlen de mi tamaño o me traten con delicadeza, pero la deslumbrante belleza de aquella mujer me encandiló por completo. Que puedo decir... esta rata tenia su corazoncito.
El ardor en mis mejillas se duplicó y sentí cómo el corazón me daba un vuelco. Intenté disimular la tontería agarrándome las manos enguantadas por delante, mientras me tambaleaba de forma juguetona sobre los talones de mis botas para evitar que se me escapara una sonrisa de satisfacción. Pero si alguien se fijaba bien podría verme rojo como un tomate y un atisbo de sonrisa picara.
—¡O-oi!— Exclamé, intentando sonar firme aunque mi voz salió en un murmullo tímido, apenas audible y cargado de una risita avergonzada mientras sonreía y bailaba halagado. —¿A quién le dices lindo, idiota? Yo no soy lindo... pipipipipipi...—
La mujer le ordenó al gordo que me hiciera subir y cerró la puerta de su despacho con un seco portazo. Renato, visiblemente molesto, levantó la mano y señaló la robusta escalera de hierro que conectaba la planta baja con el único pasillo del nivel superior. Trate de relajarme y exhalé aire frío para recuperar mi color normal de piel.
—Le agradezco las indicaciones, señor Renato, disculpe las molestias— Dije con educación, asegurando la correa de mi rifle en la espalda.
Giré sobre mis botas y marché con paso decidido hacia la estructura metálica. Subí los peldaños de la escalera de hierro y recorrí el único pasillo del nivel superior hasta quedar parado justo frente a la imponente puerta de madera del despacho. Dado mi tamaño, apenas llegaba a la parte inferior del marco, por lo que cerré la mano y di tres golpes secos con los nudillos de mi guante marrón de tirador contra la superficie limpia.
—P-p-permiso...— Anuncié con el tono más claro y profesional que pude proyectar hacia el interior.
Tras escuchar la confirmación de la mujer permitiéndome el paso, me posicioné en la esquina inferior de la puerta. Apoyé ambas manos sobre la madera y, haciendo fuerza con todo mi cuerpo y mis cortas piernas, empujé la pesada puerta desde abajo hasta abrir un espacio lo suficientemente amplio como para deslizarme adentro. Aterricé sobre la alfombra del despacho con paso firme, me detuve a una distancia prudencial del escritorio y me llevé la mano a la cabeza con el respectivo saludo militar. Finalmente, incliné mi torso hacia adelante en una reverencia impecable de noventa grados, manteniendo los brazos pegados a los costados, sin contemplar que el gorrito de se callo de la cabeza y rodo unos centímetros hacia adelante..
—Soldado Pizz Kiita, a su servicio, señora. Soy el encargado de investigar el cargamento desaparecido.... si no es molestia claro....—
Pero un hombre gordo, muy gordo, de esos que se tienen que poner desodorante debajo de los rollos, se me acerco de forma altanera. Sus palabras cargadas de desprecio y superioridad llegaron hasta mi, intenté erguirme para imponer mi autoridad de soldado. Me llevé la mano enguantada a la cabeza para ajustarme la gorra de la Marina, pero mi timidez extrema me jugó una pésima pasada. La vergüenza y la bronca me tiñeron el rostro de un rojo intenso; empecé a tartamudear torpemente mientras sentía que me hacía cada vez más chiquito ante la mirada del encargado.
—P-p-p-p-perdóneme. no me t-t-t-trate asi, señor.... yo solo vengo a ayudar....—
Por suerte, la voz tajante de una mujer resonó desde la barandilla del piso superior. Era la jefa del lugar, una mujer de tez morena y presencia imponente que le exigía a Renato los permisos de exportación de la semana pasada. Al posar su mirada sobre mí, parpadeó sorprendida y exclamó a viva voz lo adorable y divino que le parecía. Por lo general, odio profundamente que se burlen de mi tamaño o me traten con delicadeza, pero la deslumbrante belleza de aquella mujer me encandiló por completo. Que puedo decir... esta rata tenia su corazoncito.
El ardor en mis mejillas se duplicó y sentí cómo el corazón me daba un vuelco. Intenté disimular la tontería agarrándome las manos enguantadas por delante, mientras me tambaleaba de forma juguetona sobre los talones de mis botas para evitar que se me escapara una sonrisa de satisfacción. Pero si alguien se fijaba bien podría verme rojo como un tomate y un atisbo de sonrisa picara.
—¡O-oi!— Exclamé, intentando sonar firme aunque mi voz salió en un murmullo tímido, apenas audible y cargado de una risita avergonzada mientras sonreía y bailaba halagado. —¿A quién le dices lindo, idiota? Yo no soy lindo... pipipipipipi...—
La mujer le ordenó al gordo que me hiciera subir y cerró la puerta de su despacho con un seco portazo. Renato, visiblemente molesto, levantó la mano y señaló la robusta escalera de hierro que conectaba la planta baja con el único pasillo del nivel superior. Trate de relajarme y exhalé aire frío para recuperar mi color normal de piel.
—Le agradezco las indicaciones, señor Renato, disculpe las molestias— Dije con educación, asegurando la correa de mi rifle en la espalda.
Giré sobre mis botas y marché con paso decidido hacia la estructura metálica. Subí los peldaños de la escalera de hierro y recorrí el único pasillo del nivel superior hasta quedar parado justo frente a la imponente puerta de madera del despacho. Dado mi tamaño, apenas llegaba a la parte inferior del marco, por lo que cerré la mano y di tres golpes secos con los nudillos de mi guante marrón de tirador contra la superficie limpia.
—P-p-permiso...— Anuncié con el tono más claro y profesional que pude proyectar hacia el interior.
Tras escuchar la confirmación de la mujer permitiéndome el paso, me posicioné en la esquina inferior de la puerta. Apoyé ambas manos sobre la madera y, haciendo fuerza con todo mi cuerpo y mis cortas piernas, empujé la pesada puerta desde abajo hasta abrir un espacio lo suficientemente amplio como para deslizarme adentro. Aterricé sobre la alfombra del despacho con paso firme, me detuve a una distancia prudencial del escritorio y me llevé la mano a la cabeza con el respectivo saludo militar. Finalmente, incliné mi torso hacia adelante en una reverencia impecable de noventa grados, manteniendo los brazos pegados a los costados, sin contemplar que el gorrito de se callo de la cabeza y rodo unos centímetros hacia adelante..
—Soldado Pizz Kiita, a su servicio, señora. Soy el encargado de investigar el cargamento desaparecido.... si no es molestia claro....—
Cajita Feliz
