T8-P.A. ¿Adónde van los desaparecidos?
#8
Kisuke intentó sonsacarle algo más de información sobre aquel misterioso sujeto al niño, pero por más que este se estrujaba los sesos para intentar recordar algo, pero no lo lograba. Quizás hubiera sido un detalle decisivo a la hora de deducir de quién o de qué se trataba esa criatura. De todas formas no pasaba nada, porque cuando Kisuke y Bambú se juntaban podían lograr cualquier cosa. Mientras el panda todavía estaba navegando por sus pensamientos tratando de darle un sentido a todo aquello, su comandante ordenó darle comida, aseo y ropa nueva a Gregory. ¡Cómo no se le había ocurrido! El pobre niño estaba ahí, delante de ellos, vestido con poco más que trapos y sin duda hambriento tras una vida de infinitas penurias y Bambú tratando de buscarle la lógica a un hombre reloj. Pero no su comandante, su gallardo y gentil líder, que siempre pensaba primero en los más desfavorecidos. Casi podría ponerse a llorar allí mismo ante el hombre que mejor representaba los valores del Ejército en aquella habitación. Casi, pero no lo hizo, porque no era el momento de sentimentalismos revolucionarios. Era el momento de ayudar a un niño que necesitaba su ayuda.

Cuando los soldados se llevaron a Gregory para cumplir con las órdenes de Kisuke, Bambú activó su Kenbunshoku en un radio de diez metros para asegurarse de que el niño ya no podía escucharles y podía hablar con libertad y franqueza. —La situación pinta mal. ¿Un mes perdida en una mina? Si tenemos suerte la han hecho prisionera sin más y la han mantenido con vida... —Se rascó la cabezal, claramente preocupado por la situación. Aun así no había nada más que hacer que ir a buscar a la niña con todos los medios de los que disponían. ¿Sería conveniente llamar a sus discípulos para ayudarles? —No... no están preparados. —Puede que Mogaro hubiera sido liberada de la opresión de su rey, pero eso no quitaba que todavía pudiera haber personajes poderosos escondidos, esperando para actuar en cualquier momento desde la sombra y poner en riesgo todo lo que el Ejército Revolucionario había construido. Ni Berry, ni Kelvin, ni Shirohime estaban listas para afrontar a un posible Nottingham y bastaría con que Bambú y Kisuke estuvieran ocupados para que se llevaran un hostión letal que obligase a Bambú a coger la pala de nuevo. —Al menos esto nos ha pillado a punto de actuar. Esa mina debe de estar cerca de donde encontré a la niña inconsciente de Koma. Me atrevería a aventurar que ambos incidentes están estrechamente relacionados. —Concluyó, mirando a su comandante con gesto serio. Como Gregory iba a tardar todavía un rato, se sentó en una silla secundaria de madera y le dejó a Kisuke, en calidad de comandante aunque sin decir nada, la silla más cómoda del despacho por si quería reposar.

Cuando los soldados regresaron con Gregory el chaval estaba irreconocible. Vestía ropajes clásicos de algunas zonas frías del North Blue y que habitualmente se relacionaban con el Ejército Revolucionario. Estaba completamente aseado y parecía muy emocionado por haber comido un buen plato de carne y sopa roja, la especialidad de Mogaro. El pequeño soldado revolucionario anunció que los tres partirían a la mina de inmediato. —A sus órdenes, recluta, honhonhon, pero espera un momento. —Antes de partir a ningún sitio bajo las órdenes del pequeño dictador, Bambú se acercó a los dos soldados que lo trajeron de vuelta y ordenó traer cuatro antorchas, dos para cada revolucionario, ya que no contaba con que el niño fuera a acompañarlos al interior de la mina. —Por si acaso, que las minas no suelen ser muy luminosas que digamos. —Esto era algo que sabía de sobra, ya que no sería la primera ni la última vez que Bambú tenía que orientarse en la completa oscuridad del subsuelo.

El camino hacia las montañas del sur lo conocía de sobre. Salieron del edificio que utilizaban como cuartel y después abandonaron Ciudad Kamome para emprender el viaje por los campos de siembra de Mogaro. A la derecha del trío, es decir, al oeste, podía apreciarse con claridad el linde del bosque de la isla según lo rodeaban para acercarse al perímetro de Koma. Según se acercaban poco a poco a su destino, una casa de aspecto pobre pero limpio se materializó en el horizonte. Resultó ser la casa de los hermanos. Anotó mentalmente su localización por si algún día tenían la suerte de poder volver con ayuda para estos chicos que tan precariamente estaban viviendo. —Tu hermana tiene razón, joven Gregorovich. Hay que mantener la vivienda lustrosa como nuestros ideales, honhonhon. —Ya le gustaría a Bambú ser tan ordenado y limpio como ellos. Lo intentaba, pero por algún motivo sus cosas siempre acababan desperdigadas por la mesa, por el suelo o perdidas entre estanterías. Parecía ser físicamente incapaz de organizar una mochila de viaje para llevar todo bien colocado y ordenado, lo cual provocaba que, generalmente, no le cupiesen todas sus posesiones en el mismo saco.

Media hora más de camino llevó al dúo revolucionario al inicio de la mina. Se trataba de una oquedad en medio de la nada. Nunca lo hubieran visto si no hubiera un modesto camino que llevase directamente a ella. Gregory propuso algo que no podía ser de ninguna manera. —Me temo que a partir de aquí es peligroso, joven recluta. Te recomiendo que nos dejes el resto a nosotros y aguardes en tu casa hasta que regresemos. —Buscó la aprobación de Kisuke en aquel razonamiento, aunque sabía de sobra que estaba en lo cierto. Meter a un niño con ellos en un espacio oscuro como aquel podría suponer su muerte, y eso era algo que no podían arriesgar. Una vez despachado aquel asunto, sólo restaba entrar en la mina. Como decía Gregory, había cinco caminos que podían seguir en su interior. La luz de la entrada iluminaba escasamente cada uno de ellos, pero cuando Bambú encendió su propia antorcha con su mechero, los caminos se volvieron más aparentes. —El camino de enfrente era el que más usaban... —Pensó en voz alta mientras le tendía el fuego de su antorcha a Kisuke, por si quería encender su propia antorcha con él. —Probablemente no nos lleve a ningún sitio, ya que parece que la aparición de este "DonDinDinDin" fue una sorpresa. Quizás él viniera de otro camino... Sin embargo, no sé si alguno debería revisarlo por si acaso. —Continuaba divagando, casi hablando más consigo mismo que con Kisuke. —Creo... —Esta vez sí le miró a los ojos. —...que lo mejor es que nos separemos y cubramos más terreno, pero eso no implica que vayamos a estar incomunicados, ¿verdad? Honhonhon. —Su comandante gozaba de extraordinarias habilidades para la comunicación a distancia. No sabía si la mina interferiría con las señales que empleasen los den den mushis, pero Kisuke tenía un as bajo la manga para este tipo de situaciones. —Yo escogeré este camino. —Dijo señalando aquel que se encontraba inmediatamente a la derecha del camino central. —También extenderé mi Kenbunshoku en un radio amplio, por si tengo que cavar un túnel directamente hacia donde sea para asistir. —Dicho todo aquello y trazado el plan, se colocó delante de la entrada del camino número tres, aunque en realidad no tenía número en ningún sitio, y empezó a recorrerlo.

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RE: T8-P.A. ¿Adónde van los desaparecidos? - por Max D. Bambú - 22-07-2026, 11:57 AM

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