20-07-2026, 02:08 AM
(Última modificación: 20-07-2026, 02:27 AM por Stroud Nanashi.)
[personajeinvalido=3991]
El público bramaba. Stroud caminó con pesadez hasta el cubículo mientras El Dirigente anunciaba, entre el estruendo de la grada, los resultados de la dichosa prueba del coloso. El joven comandante solía mostrarse, por costumbre y por honra, impasible, ante lo bueno y ante lo malo. Sin embargo, resultaba evidente que volvía de un humor de perros. Sus ojos grises, tan serios como de costumbre, eran solo el capitel sobre una boca a medio torcer, en lo que podría considerarse el máximo gesto de desagrado y decepción para el Marine. Caminaba, sin embargo, tan firme como siempre lo había hecho: manos tras la espalda, entrelazadas, a paso lento y firme, y con la espalda tan recta y erguida, con el mentón tan adecuadamente levantado, como si se encontrase en una revisión de filas en el cuartel. Mientras el público aún bullía, alzó un puño cerrado con únicamente el dedo pulgar levantado, en escaso ánimo de buen perdedor.
Aquellos ojos se clavaron, en primer lugar, en Nyra, que había estado coreando el nombre de quien se había alzado con la victoria en aquella jornada, y que se giró rápidamente para felicitarlo. Cortés y formal ante todo, asintió con la cabeza a medida que sus labios volvían a un dibujo más neutral, alejándose, ni que fuera un poco, de aquella expresión de mal perdedor que había exhibido por unos instantes. "Gracias, soldado Kuroshiro," agradeció, si bien luego entornó los ojos cuando mencionó los guantes que habían empleado sus competidores. Quiso dar por hecho que aquello se debía a participar junto con Marines. Juan Sebastián celebró su actuación como solo un carismático Comandante Cangrejo Tortuga podía, con todo su ahínco. Los movimientos del crustáceo arrancaron una fugaz sonrisa del joven Nanashi, que había vuelto a extraer su pipa de su bolsillo y había comenzado a prensar tabaco en el interior de su cazoleta, una vez más. "Gracias, comandante Juan Sebastián," dijo, colocando su pipa Saltfin entre sus dientes y acercando una cerilla al extremo de la misma con meticulosidad. Alzó una ceja, contemplando al cangrejo. "No sabía que fumase. Mal vicio ese, comandante," comentó, sin reparar en las pequeñas volutas de humo que él mismo había empezado a exhalar en sucesión, mientras la brasa prendía en el interior de la pipa, sujetándola justo bajo la cazoleta en forma de orca.
A continuación, Jin lo felicitó con aquella frialdad profesional que lo caracterizaba. Le hubiese recordado a sí mismo, en cierto modo, si no hubiera estado más enfocado en la repugnancia que le producía aquel gamberrillo con ínfulas. No pudo evitar que su expresión se volviese a agriar ligeramente. Tomó la pipa con la mano derecha, alejándola de su boca por un instante, y asintió con la cabeza, dirigiendo su mirada hacia El Dirigente, que explicaba la prueba que estaba por venir. "Gracias, Jin," se limitó a decir, cuando sus ojos ya estaban lejos del yakuza, centrados aparentemente en El Dirigente. En realidad, su mente estaba lejos de allí. Le frustraba lo pobre de su actuación, especialmente mientras vestía aquel uniforme. Si bien era cierto que su desempeño no había quedado demasiado lejos del de los adversarios que lo habían superado, había sido a duras penas suficiente para no irse descalificado. Inconscientemente, volvió a llevar la cánula de la pipa a sus labios, y, tras unos instantes, exhaló una densa nube de humo que revoloteó frente a sí antes de dispersarse en la brisa. "Suerte," musitó entre la humareda cuando su compañero se pronunciaba como competidor en la que habían bautizado como prueba del céfiro, fuese lo que fuese un céfiro.
Sus competidores habían sido de una ferocidad inusitada; no esperaba que se lo pusieran fácil, pero tampoco esperaba tal despliegue de potencia física. Y todos habían tenido, hasta cierto punto, buen ganar o buen perder. Todos, menos aquel memo del mechón plateado, que, tras una paupérrima actuación, se había quedado a escasa distancia de solicitar un biberón y su libro de cuentos favorito. Por un momento, ante lo pueril de su comportamiento, contempló la posibilidad de responderle. Acabar, por qué no, lo que había comenzado en Little Garden. Pero no tardó en comprender que, por desagradable que fuese su actitud, era consigo mismo con quién estaba decepcionado. Stroud inspiró: debía ser mejor que aquello. En la derrota, continuaba portando el uniforme de la Marina, tal y como lo había hecho durante la prueba. Respiró hondo y volvió a alzar la vista, enfocándose, entonces sí, en la arena, dando otra calada de su pipa, y observó con atención.
El público bramaba. Stroud caminó con pesadez hasta el cubículo mientras El Dirigente anunciaba, entre el estruendo de la grada, los resultados de la dichosa prueba del coloso. El joven comandante solía mostrarse, por costumbre y por honra, impasible, ante lo bueno y ante lo malo. Sin embargo, resultaba evidente que volvía de un humor de perros. Sus ojos grises, tan serios como de costumbre, eran solo el capitel sobre una boca a medio torcer, en lo que podría considerarse el máximo gesto de desagrado y decepción para el Marine. Caminaba, sin embargo, tan firme como siempre lo había hecho: manos tras la espalda, entrelazadas, a paso lento y firme, y con la espalda tan recta y erguida, con el mentón tan adecuadamente levantado, como si se encontrase en una revisión de filas en el cuartel. Mientras el público aún bullía, alzó un puño cerrado con únicamente el dedo pulgar levantado, en escaso ánimo de buen perdedor.
Aquellos ojos se clavaron, en primer lugar, en Nyra, que había estado coreando el nombre de quien se había alzado con la victoria en aquella jornada, y que se giró rápidamente para felicitarlo. Cortés y formal ante todo, asintió con la cabeza a medida que sus labios volvían a un dibujo más neutral, alejándose, ni que fuera un poco, de aquella expresión de mal perdedor que había exhibido por unos instantes. "Gracias, soldado Kuroshiro," agradeció, si bien luego entornó los ojos cuando mencionó los guantes que habían empleado sus competidores. Quiso dar por hecho que aquello se debía a participar junto con Marines. Juan Sebastián celebró su actuación como solo un carismático Comandante Cangrejo Tortuga podía, con todo su ahínco. Los movimientos del crustáceo arrancaron una fugaz sonrisa del joven Nanashi, que había vuelto a extraer su pipa de su bolsillo y había comenzado a prensar tabaco en el interior de su cazoleta, una vez más. "Gracias, comandante Juan Sebastián," dijo, colocando su pipa Saltfin entre sus dientes y acercando una cerilla al extremo de la misma con meticulosidad. Alzó una ceja, contemplando al cangrejo. "No sabía que fumase. Mal vicio ese, comandante," comentó, sin reparar en las pequeñas volutas de humo que él mismo había empezado a exhalar en sucesión, mientras la brasa prendía en el interior de la pipa, sujetándola justo bajo la cazoleta en forma de orca.
A continuación, Jin lo felicitó con aquella frialdad profesional que lo caracterizaba. Le hubiese recordado a sí mismo, en cierto modo, si no hubiera estado más enfocado en la repugnancia que le producía aquel gamberrillo con ínfulas. No pudo evitar que su expresión se volviese a agriar ligeramente. Tomó la pipa con la mano derecha, alejándola de su boca por un instante, y asintió con la cabeza, dirigiendo su mirada hacia El Dirigente, que explicaba la prueba que estaba por venir. "Gracias, Jin," se limitó a decir, cuando sus ojos ya estaban lejos del yakuza, centrados aparentemente en El Dirigente. En realidad, su mente estaba lejos de allí. Le frustraba lo pobre de su actuación, especialmente mientras vestía aquel uniforme. Si bien era cierto que su desempeño no había quedado demasiado lejos del de los adversarios que lo habían superado, había sido a duras penas suficiente para no irse descalificado. Inconscientemente, volvió a llevar la cánula de la pipa a sus labios, y, tras unos instantes, exhaló una densa nube de humo que revoloteó frente a sí antes de dispersarse en la brisa. "Suerte," musitó entre la humareda cuando su compañero se pronunciaba como competidor en la que habían bautizado como prueba del céfiro, fuese lo que fuese un céfiro.
Sus competidores habían sido de una ferocidad inusitada; no esperaba que se lo pusieran fácil, pero tampoco esperaba tal despliegue de potencia física. Y todos habían tenido, hasta cierto punto, buen ganar o buen perder. Todos, menos aquel memo del mechón plateado, que, tras una paupérrima actuación, se había quedado a escasa distancia de solicitar un biberón y su libro de cuentos favorito. Por un momento, ante lo pueril de su comportamiento, contempló la posibilidad de responderle. Acabar, por qué no, lo que había comenzado en Little Garden. Pero no tardó en comprender que, por desagradable que fuese su actitud, era consigo mismo con quién estaba decepcionado. Stroud inspiró: debía ser mejor que aquello. En la derrota, continuaba portando el uniforme de la Marina, tal y como lo había hecho durante la prueba. Respiró hondo y volvió a alzar la vista, enfocándose, entonces sí, en la arena, dando otra calada de su pipa, y observó con atención.
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