[Auto T7] Una fecha largamente esperada
#1
Primavera del 33 año 18
9:00 am

Poco a poco, según pasabas los días en la tranquilísima isla de Mogaro, se iba acercando una fecha particularmente especial para el panda. Una fecha que requería una serie de preparativos pertinentes que no podían faltar. Llevaba planeándolo en secreto meses y meses desde que tuvo la oportunidad de curiosear los expedientes del escuadrón una mañana de invierno, poco después de volver de Báltigo. No se esperaba encontrarse con un dato de tal calibre, pero cuando apartó el informe que tenía guardado sobre Shirohime y sus modestas actividades en el South Blue no pudo evitar fijarse en la relevante circunstancia que protagonizaría esta modesta aventura. Para cumplir su ambicioso objetivo necesitaba la ayuda de alguien experto, pues él sería completamente incapaz de llevar a cabo una hazaña de tal calibre. Su primera parada sería, pues, la Aldea de Bayo en la costa oeste de isla. Tenía conocimiento de que allí vivía una anciana extremadamente hábil en su arte y que seguro que le ayudaría por una módica suma monetaria.

Bambú salió aquella mañana de su pequeña casa en Ciudad Kamome en dirección a la costa oeste de Mogaro. Adoptó un ritmo de paso ligero, sin pretender perder demasiado tiempo en largos paseos ni en pequeñas paradas para apreciar la naturaleza. No pudo evitar, eso sí, curvar ligeramente su trayecto para pasar una vez más por el pequeño parque se que había montado en un claro del bosque central que poblaba la isla, cerca de Kara. Nueve estatuas de madera bien mantenidas le recibían siempre que pasaba por allí, dulces recuerdos de sus viejos amigos y camaradas que perecieron en acto de servicio como lo que eran, héroes de la Revolución. Saludó con un mero gesto de asentimiento según pasaba ante el recuerdo de sus viejos amigos y continuó su trayecto hacia Bayo sin desviarse en ninguna otra ocasión. Bayo era una aldea muy bonita. Costera como era, tenía un puerto relativamente grande donde atracaban todos los pequeños navíos pesqueros que se encargaban de proveer de sustento al asentamiento y que comerciaban con los excedentes que enviaban a Ciudad Kamome. A pesar de la prominencia de la pesca, Bayo no se dedicaba solamente a eso, sino que tenía una considerable variedad de establecimientos que cumplían las funciones necesarias para hacer de la pequeña aldea un lugar próspero. No sólo tenían pescaderas, sino también agricultoras, pescaderas, panaderas, pasteleras, leñadoras y herreras. Los fondos obtenidos por la venta de excedentes de pescado servían para sustentar todos estos otros negocios formando una economía próspera y saludable. El establecimiento que buscaba se encontraba más bien alejado de la zona costera. Era una de las primeras casas uno veía al acercarse desde el este a Bayo. Su chimenea siempre humeaba por el potente horno que empleaba en el negocio, y aunque el olor de la madera ardiendo era potente, más potente era la fragancia de los productos que tenía a la venta. Bambú se acercó a la puerta sin dilación y llamó con dos sonoros golpes secos sobre su madera antes de entrar. No necesitaba llamar, pero sentía un inmeso respeto por esta artesana de la cual había disfrutado tanto sus productos y necesitaba su ayuda fuera como fuese. —Buenos días, doña Visitación. —Saludó el mink con cortesía. Sobre el mostrador del establecimiento había una señora, pero era una señora extremadamente pequeña. Su herencia racial era evidente a ojos de todo el mundo, pues ella era una Tontatton, y era una especialmente pequeña para lo que era habitual en su raza. Estaba sentada en una minúscula silla al lado de una caja registradora que cuadruplicaba su tamaño con facilidad. Sus ojos se entreabieron cuando el panda entró en el local con las manos entrecruzadas por delante, aguardando con educación una respuesta antes de acercarse. —Keekikikikiki… ¡pero si es el jovenzuelo tan educado de la Revolución! ¿Qué te trae por aquí bonito? No te quedes ahí hombre, ¡pasa pasa! —Tan amable como siempre, pensaba Bambú. Le sorprendía que su avanzada edad le permitiese llevar el negocio familiar con tanto entusiasmo. Tenía ayuda, claro, pero aún así… —Hay que ver cómo se conserva doña, honhonhon. —Respondió el mink mientras se acercaba a la señora tranquilamente. Una vez estuvo delante de ella cuan grande era en comparación con la minúscula señora de 45 centímetros de altura, su medio hermana Alegrías, algo más joven pero también anciana, salió de la trastienda medio renqueando y sonriente al saber quién venía a visitarlas. —Satootootootoo, vaya pero si es el Mariscal Bambú… ¿Qué necesitas joven? —Ella era una humana de metro cincuenta, no muy grande para los de su especie, pero de un tamaño más comodo para manejar la caja registradora. Ambas llevaban el negocio familiar con gran soltura y desde que estaban al mando nunca habían tenido el menor problema económico. Mucho menos, claro, desde que la Gloriosa Revolución le arrebató el control de la isla al abusivo ex-monarca de Mogaro. —Me alegro de verlas tan joviales, hoy necesitaba algo particularmente difícil de vosotras… —Apoyó su mano derecha sobre el mostrador, al lado de doña Visitación y dejó una nota cuando la apartó. Ambas señoras la leyeron al mismo tiempo y miraron con una mezcla de sorpresa y alegría al panda. —¿En serio? —Dijo Alegrías. —Sí, sé que es difícil, pero… —Inmediatamente Visitación se levantó de su minúscula silla y recogió el papel con ambas manos, lo cual hacía que tuviera los brazos completamente extendidos de una forma bastante cómica. —Bueno bueno bueno… Vas a tener que ir a por ingredientes para nosotras, pandita. —Bambú sonrió abiertamente al escuchar aquello, porque significaba que el encargo había sido aceptado. —Haré lo que sea necesario, lo necesito cuant… —Fue inmediatamente interrumpido por Visitación, la más pequeña de las hermanas, que estaba empezando a dar vueltas por el mostrador mientras levantaba cada vez más la nota escrita por el panda para leer hasta la última línea. —Vamos a necesitar… Bueno mira son unas cuantas cosas, mejor te hace una lista Alegrías y vas a por todo. ¿Tienes el lápiz a mano querida? Ah, sí, ya lo veo, fantástico. —Con sorprendente agilidad para su edad, la tontatton saltó sobre el hombro de su hermana y se apoyó en su oreja izquierda mientras  miraba qué escribía su hermana. —¿Crees que todavía venderán esto en el colmado de Kamome? —Preguntó Alegrías, aunque la pregunta parecía retórica, porque siguió anotando sin esperar respuesta de su hermana, que miraba y susurraba cosas que no le llegaban al panda como algo inteligible. Cuando terminó de anotar toda la información pertinente, le pasó la nota al panda. —Cuanto antes traigas todo esto antes estará lo que quieres. Tienes anotado dónde podrías encontrar todas las cosas, aunque ya sabes que es difícil encontrarlo todo… —Recogió la nota y la leyó atentamente. La caligrafía era algo temblorosa, pero todo se entendía perfectamente. —Puedo hacerlo, contad conmigo. ¡Muchas gracias! —Y con las mismas salió de la tienda con una tarea entre sus manos. O mejor dicho, cuatro tareas diferentes.

Dejaría lo más fácil para el final, aunque no creía que fuera a costarle mucho realizar la tarea más difícil. Aun así, para ir calentando, optó por lo que le parecía una tarea compleja, pero manejable. Su objetivo era el bosque de Mogaro, extenso como era, en el cual habitaban unas criaturas fascinantes. Su aspecto era fácilmente reconocible por el brillante azul que coloreaba sus plumas. Eran endiabladamente rápidos y asustadizos, por lo que capturar uno con vida resultaba excepcionalmente complicado, pero Bambú era una persona extremadamente rápida cuando se lo proponía. La cuestión sería localizar a la criatura en cuestión, pero tenía un as en la manga para lograrlo. El animal emitía un canto muy particular, similar al de un saxofón por el que sonaba una melodía rítmica que evocaba la más profunda tristeza. Una vez escuchase el canto propio del ave que estaba buscando, extendería su haki de observación a más de trescientos metros de radio empleando todo su poder espiritual y empezaría la persecución.

La búsqueda se prolongó dos horas. El bosque era extenso y no todos los pájaros cantaban todo el tiempo, después de todo. Aún así fue una batida rápida, ya que Bambú no descansó ni un minuto en su búsqueda y la misma dio frutos cuando el sol asomaba por encima de las copas de los árboles que medio tapaban el cielo azul del mediodía.

Canto del Blues C

—Ese sonido… —Bambú no esperó ni un instante para activar su percepción extrasensorial para localizar las diversas auras de la minúscula fauna del bosque de Mogaro. El sonido venía del este, así que se centró en las auras que en esa dirección se encontraban. Caminó lentamente, apartando los arbustos con cuidado para no provocar demasiado ruido. Allí en la distancia, a unos veinte metros, había un par de seres excepcionales. Eran pequeños como sus hermanas de plumaje blanco, y a parte de la circunstancia del color de su plumaje eran muy parecidos a ellas. Sus ojos saltones no denotaban la menor percepción de su entorno inmediato, pero Bambú sabía que eran unos animales mucho más perspicaces de lo que pareciera.

Aspecto de las bestias

Una ligera brisa movió las copas de los árboles. El bosque susurraba cosas que Bambú era incapaz de comprender. Uno de los dos animales giró la cabeza de repente en dirección al panda y abrió el pico por completo para emitir un sonido de saxofón desafinado. Aquella era la señal de salida. El electro recubrió el cuerpo del panda justo antes de que este se lanzase a por la primera gallina azul, que ya había empezado a correr a una velocidad inimaginable, pero antes de perderse en la espesura del bosque hizo un quiebro y se desvió hacia el segundo animal, que había reaccionado al mink una décima de segundo más tarde que su ágil compañero. El panda agarró a la bestia por el cuerpo, usando para ello ambas manos, pero aquel era un animal extremadamente escurridizo. Sin que Bambú pudiera entender cómo había sucedido, la bestia se liberó del agarre y se apoyó en las manos de Bambú justo antes de pegar un salto considerable, desplegar sus alas y empezar a volar. Bambú se quedó quieto en su sitio mirando al sufrido animal alejarse. No sabía casi nada de aquella especie más allá de su canto, porque ya lo había escuchado más veces, que su plumaje era azul y que corrían muy rápido. No se esperaba que además supieran volar… sin embargo, no todo estaba perdido. En sus manos abiertas, allí donde el animal se había apoyado para desplegar el vuelo, había dos huevos grandes. Tal vez necesitaban soltar lastre antes de empezar a volar. —Ha sido un poco raro, pero tengo lo que he venido a buscar, honhonhon. —No podía ir por ahí a por el resto de ingredientes con esos frágiles huevos en su mochila. Eran demasiado propensos a la rotura, de modo que regresó rápidamente al negocio de las dos hermanas y los dejó a buen recaudo antes de iniciar su segunda travesía, la que probablemente sería la más compleja de todas. —No tardaré en traer el ingrediente de las montañas, señoras, ¡honhonhonhon! —Tan pronto como llegó se fue, dejando a doña Alegrías y doña Visitación allí plantadas con aquellos huevos de gallina azul en las manos.

El camino a las regiones montañosas del sur no le llevó demasiado. Su objetivo era sencillo. Había un tipo de flor muy particular que crecía en la zona, aunque no sabía muy bien si a nivel de la falda de la montaña o a nivel de cúspide. Sus conocimientos de la flora de Mogaro eran todavía más escuetos que los de la fauna, pero tenía la descripción de la planta bien definida en su cabeza, por lo que estaba seguro de que podría identificarla si la veía con claridad. Cuando llegó a los inicios montañosos del sur de Mogaro, sin embargo, antes de empezar siquiera a ascender en altitud por el sendero, una figura humanoide tirada en el suelo hizo que saltaran todas sus alarmas. Se trataba de una muchacha relativamente joven, humana. Bambú se acercó a toda velocidad hacia ella, agachándose a su lado y dándole la vuelta con delicadeza. Parecía estar viva, sólo que inconsciente. A simple vista no veía el menor rastro de sangre, pero su expresión, aún dormida, denotaba un estrés considerable. Tenía el ceño fruncido y la frente llena de sudor sucio por la tierra. Bambú sacudió su cuerpo un par de veces. Como no respondía, se planteó la posibilidad de llevársela corriendo a Koma, que estaba relativamente cerca de allí, pero antes de levantarla del suelo, la muchacha abrió los ojos de repente y pegó un grito de auxilio. —¡Oh! ¡Estás viva, menos mal! —Exclamó el mink con cierta preocupación. —¿Qué ha sucedido? —La muchacha estaba muy intranquila. Primero se asustó al ver al panda, pero rápidamente lo reconoció como uno de los encargados de proteger aquella isla en nombre de la Revolución. Una vez se dio cuenta de que el mink no le haría daño, empezó a mirar a su alrededor con expresión de absoluto terror, como si algún tipo de bestia fuera a hacerle daño. —¡L-la montaña! —Balbuceó. —¿Qué tiene? ¿Hay algo allí? ¿Te atacó algún animal? —Trató de sacar más información, pero la muchacha sólo negó con la cabeza y echó la mano inconscientemente hacia una cesta de flores que tenía a su derecha. Ni siquiera se había fijado en ella. —F-fui a por flores… Pero e-en l-la montaña… en e-en la m-montaña... —Estaba demasiado alterada como para decir cosas con sentido, de modo que Bambú se propuso posponer su búsqueda y acompañarla hacia Koma, con suerte donde debía de vivir la muchacha. —Venga, ven conmigo, vamos a casa. —Le sonrió, aunque su sonrisa era todo dientes afilados en una cara cicatrizada que no debía de reconfortar mucho con su aspecto. A pesar de todo, la niña le dio la mano y se levantó con algo de dificultad. Ahora que se fijaba en ella, tenía unas flores en la cesta que se parecían mucho a lo que él buscaba. —Oye, eso no será… —La niña siguió la mirada del mink hasta las flores. Tenían los pétalos de un dorado brillante muy bonito, aunque Bambú lo veía más bien apagado y cercano al marrón. —Vainilla de montaña, ¿quieres un poco? S-si me acompañas a casa te las puedes q-quedar. —No quería cobrarle por acompañarla a casa, pobre chavala, pero necesitaba la vainilla de todas formas. —Te pagaré, ¿qué te parece eso? Acompañarte es gratis, honhonhon. —La muchacha asintió, esbozando lo que pudo ser una sonrisa. Bambú pensó que la estaba distrayendo de aquello que tanto terror le estaba provocando. Según los dos empezaron a dirigirse algo más al norte, donde la Aldea Koma estaba situada, Bambú echó una mirada atrás hacia las montañas. Quizás tendría que ir a echarle un vistazo en algún momento. No podía permitir que hubiera cosas raras en aquella isla…

Llegó con la niña a Koma y no le costó demasiado encontrar a alguien que la conociera. Un hombre que estaba sentado en la entrada de su casa, reposando la comida del mediodía, se levantó inmediatamente y se acercó al dúo para comprobar qué demonios había pasado. Cuando Bambú le explicó que había encontrado a aquella niña inconsciente a la entrada de la región montañosa del sur, el señor regañó a la chavalita con severidad. —¡Te tienen dicho que nada de ir por allí, Bienvenida! —Bambú se rascó la nuca, incómodo ante la situación. La pobre niña sólo quería unas flores y menuda se había llevado. —Bueno, todo está bien por suerte. ¿La acompaña usted a su casa? —El señor asintió, mirando con curiosidad al mink panda revolucionario. —Usted es Max D. Bambú, ¿no? Gracias por todo lo que habéis hecho por esta isla… —Bambú asintió sorprendido, no se esperaba que aquel individuo se supiera su nombre completo. —No hay nada que agradecer, es el deber de un miembro del Ejército luchar por los derechos de los demás. —Inclinó su cabeza ligeramente. —¿Qué sucede por las montañas? —Esto lo dijo susurrando, tratando de que la niña no lo escuchase para que no se alterase. El señor entendió el mensaje y también bajó la voz. —Nadie que vuelve quiere hablar de ello, vuelven aterrados… —Bambú asintió con seriedad. Echaría un ojo al asunto con Kisuke en el futuro cercano. Sin embargo, ahora mismo tenía una tarea entre manos. —Nos encargaremos de ello, no se preocupe. Antes de nada, eso sí… —Se agachó para acercarse a la altura de la muchacha y sacó unos cuantos billetes. —Quiero comprarte unas cuantas de esas flores. Vainilla de montaña la llamaste. Las necesito… —La muchacha negó con la cabeza casi al instante y le tendió toda la cesta de flores al panda. —Lléveselas, le debo la vida señor Bambú. —Quizás eso fuera cierto, aunque otra persona podría haberla encontrado igualmente. Decidió no discutir y aceptar el regalo de la niña. —Gracias. Cuídate, Bienvenida. —Recogió la cesta de mimbre que le tendía la niña, donde había un ramo entero de vainilla de montaña lista para extraer por las manos expertas de Alegrías y Visitación. Sólo necesitaba dos ingredientes más, pero daba la casualidad de que ambos se podían comprar en Kamome, que tenía ambos ingredientes disponibles en uno de los colmados del extrarradio.

No hubo contratiempo alguno en el viaje de regreso hacia Kamome. Los contratiempos acaecidos en la región montañosa no se repitieron ni en el bosque que el panda cruzó en su camino, aunque sí que llegó a escuchar el lastimero sonido de un saxofón en la distancia, ni en las praderas que rodeaban la ciudad y su castillo. Las calles estaban abarrotadas, siendo como era una tarde primaveral, pero tuvo suerte y el colmado que iba a visitar no tenía mucha clientela dentro. Pudo adquirir sin problema los dos ingredientes que buscaba: harina de trigo mogariense y dos botellas de cerveza Guin Ness. Con aquellas tres cosas en su haber mas los huevos que ya había dejado en el negocio de Alegrías y Visitación, tenía todo lo necesario para que las ancianas hicieran lo que él quería.

Regresó rápidamente a Bayo, donde estaba la pastelería de las señoras, y entró. Eran ya las seis de la tarde. —Parece que ya ha vuelto el señor Bambú, keekikikikiki. —Comentó la anciana. —Así es señora, traigo todo lo que me pedisteis, honhohnon. ¿Creéis que podréis hacerla para dentro de cinco días? —Preguntaba el panda mientras dejaba las cosas en el mostrador y dejaba que Visitación las inspeccionase con ojo clínico. —¿Cinco días? De sobra, no se tarda más que seis horas en extraer la vainilla de las flores, y el resto es puro ingrediente. Los huevos son de excelente calidad, ¿te soltaron el lastre encima? Tuviste suerte de que no se cayeran al suelo y se rompieran, kekikikiki. —Bambú asintió. —Pues sí, tuve suerte, la verdad. —Alegrías apareció de nuevo de la parte de atrás de la tienda. —Iré guardando las cosas entonces, ¿la recoges el 38 a primera hora? —Preguntó. Bambú sonrió animado. —Sí señora, ¿podrían escribir algo en la parte de arriba? —Visitación tumbó una libreta abierta y empuñó un lápiz con ambos brazos. Apoyó la punta sobre el papel antes de mirar atentamente al panda. —Lo que quieras, cielo. —Bambú apoyó sus manos sobre sus caderas, poniendo los brazos en como si fueran jarras. —Quiero que ponga “¡Feliz cumpleaños, comandante!”. —

Qué sorpresa se llevaría Kisuke. Con lo que le gustaba la cerveza no podría resistirse a un pastel de cerveza de primerísima calidad. Qué suerte tuvo Bambú de ver que su cumpleaños era el 38 de primavera en su expediente del Ejército Revolucionario.

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[Auto T7] Una fecha largamente esperada - por Max D. Bambú - 17-07-2026, 02:41 AM

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