13-07-2026, 08:46 PM
El habitante del mar azul aleccionado por su falta de educación, tras recibir su merecido toque de atención, cuestionó el estado higiénico de mi bastón. ¿Qué si estaba desinfectado? Por supuesto que sí. Nacidos bajo el seno de la familia Adeptum, desde muy jóvenes se nos ha inculcado con la práctica de la disciplina y el orden. Mantener nuestro alma limpia y purificada… Así como todos nuestros bienes más preciados… Era nuestro día a día. Aquello nos facilitaba considerablemente el poder mantener el orden de esta legendaria ciudad y, así mismo, dejar más tranquilos a todos los residentes que vivían y convivían en ella. Pero todo esto era algo que no necesitaba conocer un oriundo del mundo inferior.
Me limité a asentir ante su pregunta, observando como, seguidamente Focalor - aquel que se había presentado como su capitán -, recriminó, con educación aunque de forma amenazante que no le volviera a tocar el pelo a uno de los suyos. No era mi idea formar un escándalo en la tierra sagrada de Shandora. Agarré mi vara con las dos manos, extendiendo mis brazos al frente y dejando que, mi arma contundente, quedara paralelo al suelo.— Su tripulante no sufrirá ninguna otra reprimenda si se comporta correctamente, habitante del mar azul. — expresé, girando mis dos brazos de forma que ahora, mi bastón, quedaría perpendicular a la superficie, aporreando seguidamente uno de sus extremo, nuevamente, contra el suelo.— Nuestro trabajo es garantizar la seguridad de nuestra nación, así como de la propia vuestra. Así que mientras no se os ocurra cometer ninguna locura, estaréis a salvo. — añadí, solemnemente.
Y tal parecía que, conforme advertía sobre que nadie cometiera ninguna estupidez, fue que uno de ellos decidió que era hora de iniciar un conflicto sin justificación alguna. El humano que se hizo llamar como Barald, tras aproximarse hacia mi y pedirme que me agachara bajo el pretexto de que tenía algo en la cara, una explosión de energía vital comenzó a surgir a través de él, causando que mi espíritu de momentánea de viera afligido hacia su voluntad. — ¿El mismo poder que posee nuestro Emperador? — fue lo primero que pensé.— No… Es mucho más débil que el suyo, más bruto y sin pulir. Pero una cosa está clara. — rectifiqué, dibujándose una mueca de desagrado en mi rostro, que sólo sería apreciable en la parte de mi boca.— Pero este condenado está iniciando hostilidades contra un guardia. Maldito iluso. — no podía dejar que un acto de rebelión como aquel, en un territorio ajeno al suyo, quedara impune.
— Bien. — pronuncié, sin gracia, llevando mi diestra hacia mi cintura, agarrando de allí un dial de rechazo perfectamente cargado.— Que el juicio divino recaiga sobre ti. — declaré, añadiéndole dramatismo a la escena, momento en el que, el que parecía ser el cabecilla y líder de aquel descerebrado, hizo acto de escena, parando el descenso de mi mano en seco, mientras él capitán le detenía y la agarraba hasta el punto de que ambos realizaron una reverencia hacia mi persona, intentando justificar su acción en base a la bella y despampanante fémina que había intentado seducirme segundos atrás. Si bien era peligroso dejar a alguien como él suelto en Shandora, ver que tenía a alguien que podía pararle los pies, podía hacer que me tranquilizara. Además, en caso de dejar inconsciente o muerte a aquel habitante del mar azul, estaba seguro de que sus compañeros buscarían tomar represalias, haciendo que el conflicto escalara hasta niveles insospechados y haciendo que, en el mejor de los casos, los juegos de nuestro soberano terminaran cancelados, al haber aniquilado a todos sus participantes por la revuelta. Y es que a veces, la más sabia y eficiente forma de protección era, justamente, no actuar. Era algo que nuestro soberano, con su infinita sabiduría, nos había enseñado todo este tiempo.
— No hay mayor mal que un rey inepto. — espeté, dirigiendo mi mirada hacia el humano llamado Barald.— Agradécele a tu líder de que pueda vivir un día más, habitante del mar azul. Pero la próxima vez que presente alguna clase de hostilidad hacia algún habitante de Shandora, será sentenciado por los cielos. — añadí, pasando a anclar mis ojos - ocultos tras mi casco - hacia el hombre llamado Ryota.— En cuanto a su acción, estoy eternamente agradecido por ella. — incliné ligeramente mi cabeza hacia el hombre de pelo castaño.— Probablemente, con ella, ha salvado la integridad de estos juegos. — volví a erguir mi cuello, desplazando mi bastón hasta apuntar con él hacia el lugar de las gradas.— Por favor, pasen hacia las gradas y pónganse cómodos. — insistí, abriéndoles paso y rezando porque aquella fuera mi última advertencia.
Me limité a asentir ante su pregunta, observando como, seguidamente Focalor - aquel que se había presentado como su capitán -, recriminó, con educación aunque de forma amenazante que no le volviera a tocar el pelo a uno de los suyos. No era mi idea formar un escándalo en la tierra sagrada de Shandora. Agarré mi vara con las dos manos, extendiendo mis brazos al frente y dejando que, mi arma contundente, quedara paralelo al suelo.— Su tripulante no sufrirá ninguna otra reprimenda si se comporta correctamente, habitante del mar azul. — expresé, girando mis dos brazos de forma que ahora, mi bastón, quedaría perpendicular a la superficie, aporreando seguidamente uno de sus extremo, nuevamente, contra el suelo.— Nuestro trabajo es garantizar la seguridad de nuestra nación, así como de la propia vuestra. Así que mientras no se os ocurra cometer ninguna locura, estaréis a salvo. — añadí, solemnemente.
Y tal parecía que, conforme advertía sobre que nadie cometiera ninguna estupidez, fue que uno de ellos decidió que era hora de iniciar un conflicto sin justificación alguna. El humano que se hizo llamar como Barald, tras aproximarse hacia mi y pedirme que me agachara bajo el pretexto de que tenía algo en la cara, una explosión de energía vital comenzó a surgir a través de él, causando que mi espíritu de momentánea de viera afligido hacia su voluntad. — ¿El mismo poder que posee nuestro Emperador? — fue lo primero que pensé.— No… Es mucho más débil que el suyo, más bruto y sin pulir. Pero una cosa está clara. — rectifiqué, dibujándose una mueca de desagrado en mi rostro, que sólo sería apreciable en la parte de mi boca.— Pero este condenado está iniciando hostilidades contra un guardia. Maldito iluso. — no podía dejar que un acto de rebelión como aquel, en un territorio ajeno al suyo, quedara impune.
— Bien. — pronuncié, sin gracia, llevando mi diestra hacia mi cintura, agarrando de allí un dial de rechazo perfectamente cargado.— Que el juicio divino recaiga sobre ti. — declaré, añadiéndole dramatismo a la escena, momento en el que, el que parecía ser el cabecilla y líder de aquel descerebrado, hizo acto de escena, parando el descenso de mi mano en seco, mientras él capitán le detenía y la agarraba hasta el punto de que ambos realizaron una reverencia hacia mi persona, intentando justificar su acción en base a la bella y despampanante fémina que había intentado seducirme segundos atrás. Si bien era peligroso dejar a alguien como él suelto en Shandora, ver que tenía a alguien que podía pararle los pies, podía hacer que me tranquilizara. Además, en caso de dejar inconsciente o muerte a aquel habitante del mar azul, estaba seguro de que sus compañeros buscarían tomar represalias, haciendo que el conflicto escalara hasta niveles insospechados y haciendo que, en el mejor de los casos, los juegos de nuestro soberano terminaran cancelados, al haber aniquilado a todos sus participantes por la revuelta. Y es que a veces, la más sabia y eficiente forma de protección era, justamente, no actuar. Era algo que nuestro soberano, con su infinita sabiduría, nos había enseñado todo este tiempo.
— No hay mayor mal que un rey inepto. — espeté, dirigiendo mi mirada hacia el humano llamado Barald.— Agradécele a tu líder de que pueda vivir un día más, habitante del mar azul. Pero la próxima vez que presente alguna clase de hostilidad hacia algún habitante de Shandora, será sentenciado por los cielos. — añadí, pasando a anclar mis ojos - ocultos tras mi casco - hacia el hombre llamado Ryota.— En cuanto a su acción, estoy eternamente agradecido por ella. — incliné ligeramente mi cabeza hacia el hombre de pelo castaño.— Probablemente, con ella, ha salvado la integridad de estos juegos. — volví a erguir mi cuello, desplazando mi bastón hasta apuntar con él hacia el lugar de las gradas.— Por favor, pasen hacia las gradas y pónganse cómodos. — insistí, abriéndoles paso y rezando porque aquella fuera mi última advertencia.
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