13-07-2026, 05:58 PM
El bastón del custodio alado golpeó el suelo con firmeza y, aunque el gesto no parecía abiertamente peligroso, el sonido resonó como una clara advertencia en la mente del burro. Shandora, la majestuosa ciudad de oro, demostraba tener un régimen bastante autoritario. Zhang se limitó a acercarse a su capitana, Bai, luego de que ella le preguntara directamente qué estaba pasando.
—Hmmm... Este hombre es Navor, uno de los custodios del Emperador Zarutsuki, el Shichibukai. —le explicó Zhang en su idioma natal, intentando resumirle todo lo que había pasado hacía un momento para calmarla—. Nos da la bienvenida, y asumiendo que todos venimos junto a una Bikardiana, nos invita a pasar a las gradas para dar comienzo al torneo ese... Dice que están esperando ver a los nuevos participantes, y que está complacido por quienes vuelven a sus tierras.
Mientras caminaban hacia el interior de la ciudad, Zhang se despidió del variopinto grupo con el que habían viajado levantando la mano en un gesto perezoso; todos parecían fuertes guerreros, y en el fondo, su sangre de bestia estaba un poco emocionada por el inicio del torneo.
Al adentrarse y acercarse a los puestos de comida, Zhang pudo observar a diferentes grupos entrando también a la ciudad desde otras rutas. Al final, más embarcaciones habían logrado sobrevivir al ascenso, lo cual lo alentaba un poco, aunque, debido a su pobre visión, el viejo tuerto no pudo detallar mucho a aquellos grupos lejanos.
—Yo tengo mucha sed, me vendría bien un poco de té helado para refrescar este cuerpo viejo. —le respondió a Bai y a Mahou, mientras se acercaban a los tenderetes para comprar algo y recomponerse un poco del camino. —Mantèn los ojos abiertos Mahou, no conocemos a nadie.-
Fue entonces cuando Bai le hizo notar la gente a su alrededor. Zhang, que hasta ese momento no se había fijado en lo que su capitana le señalaba, sintió cómo un nudo se le formaba en la boca del estómago. Se obligó a tragar el té frío como pudo. Era cierto: las personas que ostentaban lujos, aquellos Lunarians de alas oscuras, vestían sedas y oro, mientras los demás vestían retales. Era tan evidente la desigualdad que aquello le asqueó un poco.
En Zou, su tierra natal, la tribu Mink compartía todo; la noción de dejar a un hermano en la miseria mientras otro se bañaba en oro era algo que el espíritu de Zhang simplemente repudiaba.
—Es el veneno del hombre, Bai... —murmuró Zhang, exhalando un poco de aire frío—. No importa si viven a diez mil metros en el cielo o en el Mar Azul. Donde hay oro, hay cadenas. Una jaula sigue siendo una jaula, por más que la pinten de dorado. —
El burro le dio otro sorbo a su bebida y le devolvió el envase al mercader, hasta ahora hablaba en el idioma de Bai. —Al parecer, este sitio dorado es más oscuro de lo que pensábamos. Si esos custodios dejaron pasar a los Marines tranquilos, significa que hasta en el cielo el Gobierno Mundial tiene sus garras. ¿Qué crees que sea bueno hacer? Te apoyamos. —le preguntó Zhang con calma, dejándole claro que seguiría.
—Vamos a demostrarles la fuerza de los birkanianos. —le susurró a modo de ánimo, mientras intentaban acomodarse en el mejor lugar. Zhang no lograba comprender del todo cuánto podría llegar a afectar esta vuelta a casa a su compañera... El peso de nuestra propia historia siempre puede llegar a hundirnos o anclarnos, pensó el anciano.
—Mahou, no te olvides de marcarnos, para mantenernos juntos por si pasa algo. —le advirtió a su nakama mientras terminaban de abrirse paso, hasta terminar en medio de un mar de alas blancas.
Zhang, hizo una pequeña venia para saludar a los locales que los rodeaban, e incluso le dio la mano a algunos niños pequeños que miraban fascinados a aquel curioso grupo de forasteros.
—Este sitio está perfecto, Bai. Nunca había estado en medio de tantos ángeles... creo que ya me morí y llegué al paraíso. —bromeó Zhang con una sonrisa pícara, haciendo ruborizar a un par de señoritas aladas que estaban sentadas cerca.
Por su parte, Silencio dio unos pequeños saltos de alegría, chillando desde el hombro del burro para que Mahou se sentara justo a su lado.
—Hmmm... Este hombre es Navor, uno de los custodios del Emperador Zarutsuki, el Shichibukai. —le explicó Zhang en su idioma natal, intentando resumirle todo lo que había pasado hacía un momento para calmarla—. Nos da la bienvenida, y asumiendo que todos venimos junto a una Bikardiana, nos invita a pasar a las gradas para dar comienzo al torneo ese... Dice que están esperando ver a los nuevos participantes, y que está complacido por quienes vuelven a sus tierras.
Mientras caminaban hacia el interior de la ciudad, Zhang se despidió del variopinto grupo con el que habían viajado levantando la mano en un gesto perezoso; todos parecían fuertes guerreros, y en el fondo, su sangre de bestia estaba un poco emocionada por el inicio del torneo.
Al adentrarse y acercarse a los puestos de comida, Zhang pudo observar a diferentes grupos entrando también a la ciudad desde otras rutas. Al final, más embarcaciones habían logrado sobrevivir al ascenso, lo cual lo alentaba un poco, aunque, debido a su pobre visión, el viejo tuerto no pudo detallar mucho a aquellos grupos lejanos.
—Yo tengo mucha sed, me vendría bien un poco de té helado para refrescar este cuerpo viejo. —le respondió a Bai y a Mahou, mientras se acercaban a los tenderetes para comprar algo y recomponerse un poco del camino. —Mantèn los ojos abiertos Mahou, no conocemos a nadie.-
Fue entonces cuando Bai le hizo notar la gente a su alrededor. Zhang, que hasta ese momento no se había fijado en lo que su capitana le señalaba, sintió cómo un nudo se le formaba en la boca del estómago. Se obligó a tragar el té frío como pudo. Era cierto: las personas que ostentaban lujos, aquellos Lunarians de alas oscuras, vestían sedas y oro, mientras los demás vestían retales. Era tan evidente la desigualdad que aquello le asqueó un poco.
En Zou, su tierra natal, la tribu Mink compartía todo; la noción de dejar a un hermano en la miseria mientras otro se bañaba en oro era algo que el espíritu de Zhang simplemente repudiaba.
—Es el veneno del hombre, Bai... —murmuró Zhang, exhalando un poco de aire frío—. No importa si viven a diez mil metros en el cielo o en el Mar Azul. Donde hay oro, hay cadenas. Una jaula sigue siendo una jaula, por más que la pinten de dorado. —
El burro le dio otro sorbo a su bebida y le devolvió el envase al mercader, hasta ahora hablaba en el idioma de Bai. —Al parecer, este sitio dorado es más oscuro de lo que pensábamos. Si esos custodios dejaron pasar a los Marines tranquilos, significa que hasta en el cielo el Gobierno Mundial tiene sus garras. ¿Qué crees que sea bueno hacer? Te apoyamos. —le preguntó Zhang con calma, dejándole claro que seguiría.
—Vamos a demostrarles la fuerza de los birkanianos. —le susurró a modo de ánimo, mientras intentaban acomodarse en el mejor lugar. Zhang no lograba comprender del todo cuánto podría llegar a afectar esta vuelta a casa a su compañera... El peso de nuestra propia historia siempre puede llegar a hundirnos o anclarnos, pensó el anciano.
—Mahou, no te olvides de marcarnos, para mantenernos juntos por si pasa algo. —le advirtió a su nakama mientras terminaban de abrirse paso, hasta terminar en medio de un mar de alas blancas.
Zhang, hizo una pequeña venia para saludar a los locales que los rodeaban, e incluso le dio la mano a algunos niños pequeños que miraban fascinados a aquel curioso grupo de forasteros.
—Este sitio está perfecto, Bai. Nunca había estado en medio de tantos ángeles... creo que ya me morí y llegué al paraíso. —bromeó Zhang con una sonrisa pícara, haciendo ruborizar a un par de señoritas aladas que estaban sentadas cerca.
Por su parte, Silencio dio unos pequeños saltos de alegría, chillando desde el hombro del burro para que Mahou se sentara justo a su lado.
La bitácora del burro
Zhang Guolao
"El vacío no se mueve, pero lo contiene todo"
❄ La Calma del Vacío
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?Nv.19 — Logia Yuki Yuki
