De manera solemne, aparecí ante los viajeros que venían desde el mundo inferior con el fin de participar - de manera directa o indirecta - en los juegos de nuestro soberano. Mi aparición, si bien era normal y habitual en los residentes de la inmortal ciudad de Shandora, pareció pillar absolutamente desprevenido al numeroso grupo de visitantes. Me mantuve en calma, esperando a que todos y cada uno de ellos se presentaran como era debido. Cuando terminó de hablar el último de ellos - intentando entender aún las palabras que había pronunciado la pirata llamada María Merlot -, dirigí mi mirada hacia el objetivamente divino Hyakinthos. — Desconozco si está intentando seducirme con su innegable belleza, habitante del mar azul. — declaré, alzando mi cetro a pocos centímetros del suelo para, seguidamente, hacerlo descender abruptamente contra la superficie, golpeando esta con el extremo inferior de mi bastón, a modo de toque de atención.— Pero más le vale comportarse o serás juzgado y enviado a Los Lamentos por intento de seducción a la autoridad. — sentencié, firmemente, mostrándome completamente impasible ante los encantos de aquel hombre esculpido por los mismísimos Mords.
Ahora sí, mi mirada se dirigió hacia la mujer de pelo bicolor, que se debatía entre la cabellera castaña y albina, con sus alas blancas de ese mismo color inmaculado. Una mujer que, otrora, sería catalogada como una “Scrum”, término usado para tachar y recluir a la lacra social que suponía nacer como un birkaniano. Un término que tan sólo un servidor junto a mis hermanos, los primarcas, y el propio consejero de nuestro magnánimo emperador éramos capaces de evitar a pesar de compartir ese mismo linaje por nuestras venas. Todo por nuestro estatus, y por la posición social que tenían nuestras familias. Pero cada vez quedaban más lejanos aquellos días de desigualdad social. Y todo gracias a él. Lamentablemente, no pude ser capaz de entender nada de lo que podía decir, ¿era incapaz de hablar nuestro mismo idioma? Sólo pude entender, por sus gestos e hincapié en sus palabras, que la mujer debía llamarse Bai.— Bai proveniente de la raza de Birka — asentí con la cabeza gentilmente, llamándola de esa manera al no tener, aún, un título con el que distinguir a los de nuestra raza. — Es un honor recibirle, mi nombre es Navor, de los Custodios del Emperador — añadí volviendo a erguirme y llevándome la diestra hacia la sien en un gesto discreto, tocando mi casco. Entonces apunté mi mirada - oculta por mi casco - hacia el resto de visitantes.— Suponemos que estos habitantes del mar azul son sus invitados... — y me aparté un paso lateralmente ofreciendo con mi mano el paso de aquel variopinto grupo— Por favor, pasen y únanse a la celebración. El Emperador estará complacido de ver nuevos participantes de tierras lejanas y a aquellos quienes vuelven a sus orígenes — dije señalando hacia las gradas — Pónganse cómodos en las gradas y aguarden por el comienzo — finalicé, y permanecí allí, firme e impertérrito, como una máquina.
Una vez pasaran el extenso grupo a través de mi inflanqueable guardia, se encontrarían con unas enormes gradas en las que poder guarecerse y establecerse para contemplar y disfrutar de los juegos. El ambiente era animado, de celebración, y quienes prestasen más atención podrían ver cómo los Lunarian del lugar vestían con adornos dorados y telas finas y claras, de un sólo color, mientras que los Skypianos vestían con varias telas y retales diferentes, sin joyería ni adornos opulentos. Del mismo modo, y al contrario que en tiempos pasados, los birkanianos también gozaban de los derechos que un ser humano debía tener, estando mezclados y conviviendo con el resto de razas que vivían en la isla celestial, con felicidad en sus rostros o no.
No mucho después, sacudiendo la tierra como un coloso, apareció ante mi un Mord que medía más de la decena de metros, un tamaño absurdamente alto incluso para los que compartían raza con nuestro emperador. Me mantuve firme y estoico ante él, esperando a que él mismo se presentara tal y como había hecho el resto. Sin embargo, al escuchar su presentación, pude sentir como en sus palabras había un atisbo de mentira. No obstante, debido a su alto estatus social, no podía reprenderle como podría hacer con el resto.— Mord Heras. — pronuncié su nombre, con esperanza de captar su atención.— Con todo su debido respeto, ¿está usted engañando a un custodio? — cuestioné, extendiendo mi brazo derecho hacia él, con la palma de esta respectiva mano abierta, quedando esta a escasos centímetros de distancia del lunarian.— Le ruego que sea sincero con su presentación, Heras, ¿es Bel-Nadin su apellido real? — volví a preguntar, por el que pensé que debía ser el motivo de su argucia, impidiéndole el paso así hasta que no fuese completamente sincero conmigo.
Ahora sí, mi mirada se dirigió hacia la mujer de pelo bicolor, que se debatía entre la cabellera castaña y albina, con sus alas blancas de ese mismo color inmaculado. Una mujer que, otrora, sería catalogada como una “Scrum”, término usado para tachar y recluir a la lacra social que suponía nacer como un birkaniano. Un término que tan sólo un servidor junto a mis hermanos, los primarcas, y el propio consejero de nuestro magnánimo emperador éramos capaces de evitar a pesar de compartir ese mismo linaje por nuestras venas. Todo por nuestro estatus, y por la posición social que tenían nuestras familias. Pero cada vez quedaban más lejanos aquellos días de desigualdad social. Y todo gracias a él. Lamentablemente, no pude ser capaz de entender nada de lo que podía decir, ¿era incapaz de hablar nuestro mismo idioma? Sólo pude entender, por sus gestos e hincapié en sus palabras, que la mujer debía llamarse Bai.— Bai proveniente de la raza de Birka — asentí con la cabeza gentilmente, llamándola de esa manera al no tener, aún, un título con el que distinguir a los de nuestra raza. — Es un honor recibirle, mi nombre es Navor, de los Custodios del Emperador — añadí volviendo a erguirme y llevándome la diestra hacia la sien en un gesto discreto, tocando mi casco. Entonces apunté mi mirada - oculta por mi casco - hacia el resto de visitantes.— Suponemos que estos habitantes del mar azul son sus invitados... — y me aparté un paso lateralmente ofreciendo con mi mano el paso de aquel variopinto grupo— Por favor, pasen y únanse a la celebración. El Emperador estará complacido de ver nuevos participantes de tierras lejanas y a aquellos quienes vuelven a sus orígenes — dije señalando hacia las gradas — Pónganse cómodos en las gradas y aguarden por el comienzo — finalicé, y permanecí allí, firme e impertérrito, como una máquina.
Una vez pasaran el extenso grupo a través de mi inflanqueable guardia, se encontrarían con unas enormes gradas en las que poder guarecerse y establecerse para contemplar y disfrutar de los juegos. El ambiente era animado, de celebración, y quienes prestasen más atención podrían ver cómo los Lunarian del lugar vestían con adornos dorados y telas finas y claras, de un sólo color, mientras que los Skypianos vestían con varias telas y retales diferentes, sin joyería ni adornos opulentos. Del mismo modo, y al contrario que en tiempos pasados, los birkanianos también gozaban de los derechos que un ser humano debía tener, estando mezclados y conviviendo con el resto de razas que vivían en la isla celestial, con felicidad en sus rostros o no.
No mucho después, sacudiendo la tierra como un coloso, apareció ante mi un Mord que medía más de la decena de metros, un tamaño absurdamente alto incluso para los que compartían raza con nuestro emperador. Me mantuve firme y estoico ante él, esperando a que él mismo se presentara tal y como había hecho el resto. Sin embargo, al escuchar su presentación, pude sentir como en sus palabras había un atisbo de mentira. No obstante, debido a su alto estatus social, no podía reprenderle como podría hacer con el resto.— Mord Heras. — pronuncié su nombre, con esperanza de captar su atención.— Con todo su debido respeto, ¿está usted engañando a un custodio? — cuestioné, extendiendo mi brazo derecho hacia él, con la palma de esta respectiva mano abierta, quedando esta a escasos centímetros de distancia del lunarian.— Le ruego que sea sincero con su presentación, Heras, ¿es Bel-Nadin su apellido real? — volví a preguntar, por el que pensé que debía ser el motivo de su argucia, impidiéndole el paso así hasta que no fuese completamente sincero conmigo.
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