10-07-2026, 04:11 PM
El crujir de los huesos rotos y los cadáveres apilándose unos encima de otros sacó a Stroud de su ensimismamiento ante la belleza de Shandora. Sus ojos giraron inmediatamente hacia su izquierda, hacia el risco que se situaba a no mucha distancia del bosque del que ellos mismos habían emergido instantes atrás. Instantes atrás, uno de ellos había estado exclamando paparruchas. Poco después de que uno de los buccaneers, que habían encabezado aquella expedición por la vía rápida a la zona inferior del acantilado, dijese algo de vivir para seguir luchando, toda una masa de hombres se había lanzado con el pecho por delante, dejándoselo en el mismo suelo con el que se habían encontrado al llegar al final de su destino. Los crujidos resultaron espantosos incluso a los oídos de Stroud, quien estaba relativamente familiarizado con los sonidos agónicos de un cuerpo. Alzó una ceja, entornando los ojos a medida que uno de ellos se cerraba un poco más que el otro, en un estado de lo que solo se habría podido definir como completa perplejidad. "¿Es alguna clase de ritual? ¿Un sacrificio al risco? ¿Han deificado ese risco con la entrega de todas esas almas?," se preguntó, sin imaginarse lo profundamente estúpida que era la auténtica respuesta al enigma que acababa de contemplar. No parecían ser Skypieans, ni habitantes originales de aquel lugar en general, daba igual cómo se mirase, dado que no tenían aquellas alas que tan bien les hubieran venido. ¿Era aquello algo que debiesen hacer?
Miró con cautela el río que acababa de dejar a sus espaldas y se llevó una mano al mentón, reflexionando por un instante, llegando a una aterradora conclusión. ¿Había que pagar un precio de sangre? ¿Exigían los famosos Juegos un sacrificio a un accidente geográfico? ¿Se vería obligado a lanzar a alguno de sus compañeros al río, sacrificándolo como precio para tener una oportunidad de participar? Tal vez el cangrejo supiese nadar. Tragó saliva audiblemente. La travesía hasta aquel lugar había sido extraña, sin duda, pese a lo distendida, pero había que considerar quiénes entregarían sus vidas para mayor gloria de la Justicia.
Sus pensamientos, que empezaban a tomar un peligroso camino que acababa en decimar parte del grupo en el río, se vieron interrumpidos una vez más, en esta ocasión un sonido que irrumpió en el ambiente, profundo y vibrante, que erizó el vello en la nuca de Stroud, como si hubiese despertado un instinto primario de amenaza. Se giró con rapidez, encarándose a la dirección de la que proviniese aquel inquietante sonido, poniéndose en guardia. Miró hacia todas partes, buscando por instinto de dónde pudiese venir la amenaza, e hizo un ademán al resto de miembros de la 60, asegurándose de que estuviesen listos para el combate. Quedó inmóvil, en guardia, esperando a que la amenaza se manifestase, mientras su cabeza comenzaba a planear cómo salir de un posible embrollo de la mejor manera posible. Sin embargo, el tiempo pasó, y, al cabo de un minuto, cuando la adrenalina había descendido y el sentido de amenaza parecía haber disminuido, e incluso se hubo cruzado de brazos, el sonido cesó, ante el atónito Stroud. Sus ojos se cerraron casi por completo en el momento en que una potente luz se materializó frente a sí, y su mano derecha, que hasta entonces había estado reposando sobre su bíceps izquierdo, ascendió hasta situarse delante de su propia cara, tapándolo del resplandor. ¿Se trataba de alguna clase de retribución por no haber sacrificado a los Marines al dios río, de la misma manera que aquellos tipos habían sacrificado a los suyos al dios peñasco? ¿Era aquel el final?
Lo que vio frente a sí, sin embargo, no hizo más que confirmar sus suspicacias de que aún debía de estar en Arabasta, seguramente imaginándose todo aquello ante un golpe de calor en el desierto, tirado entre las dunas, con los buitres sobrevolando su cuerpo en círculos. No había forma de que un ángel se hubiese materializado frente a ellos. La enorme entidad, de la que, según supuso Stroud, aquel sonido de cuerno había sido únicamente un heraldo, se situó frente a ellos, con aquellas majestuosas alas, aquella melena cobriza, aquel casco, aquel cetro dorado y toda clase de extrañas piezas de bisutería, además de aquellas cinco especies de esferas de metal distribuidas a lo largo de su torso, que captaron la atención del Marine momentáneamente. De alguna forma, emanaba una belleza que solo podía ser descrita como divina, y que hizo refrenar sus instintos previos. Stroud permaneció inmóvil, aún cruzado de brazos frente a la criatura. No desafiante, sino a la espera de poder determinar si se trataba de una amenaza. Frente a todas las expectativas del joven, el ente les dio la bienvenida, y les exigió identificarse. Stroud entrecerró los ojos con suspicacia, mientras algunos de sus compañeros se apresuraban a presentarse ante él. ¿Solicitaba aquella identificación bajo la autoridad del gobernante de aquel lugar? De refilón, pudo ver cómo todo el mundo en Skypiea continuaba con sus quehaceres, lo cual pronosticaba que aquella no era una ocurrencia fuera de lo común, lo cual le daba menos motivos de preocupación.
El Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián fue el primero en presentarse ante la criatura, y luego lo siguió el tal Shin, que se aseguró de pelotear a la criatura debidamente. También se presentaron un tipo extraño, un insufrible birkaniano al que llamaron Masami y en el que Stroud no había reparado con anterioridad, y el capitán Enji, antes de despelotarse del todo, para mayor perplejidad de Stroud, así como Moja y Akira. La perplejidad del Nanashi no hacía sino ir en aumento, y la montaña rusa de horrores a la que lo estaba sometiendo su encuentro con sus colegas de la Marina no daba visos de ir a terminar pronto. Aún cruzado de brazos, absteniéndose de cuadrarse, Stroud decidió dar un paso al frente. "Stroud...," vaciló un momento, absteniéndose de dar el apellido equivocado, "Nanashi. Comandante de la División 60 de la Marina," se limitó a decir con sobriedad, clavando sus ojos donde suponía que debían encontrarse los del ángel, tras aquella especie de casco. Dirigió una mirada a Kibai, alzando una ceja, y dando a entender que tenía algunas preguntas. ¿Quién narices era realmente ese Zarutsuki del que todo el mundo hablaba?
Miró con cautela el río que acababa de dejar a sus espaldas y se llevó una mano al mentón, reflexionando por un instante, llegando a una aterradora conclusión. ¿Había que pagar un precio de sangre? ¿Exigían los famosos Juegos un sacrificio a un accidente geográfico? ¿Se vería obligado a lanzar a alguno de sus compañeros al río, sacrificándolo como precio para tener una oportunidad de participar? Tal vez el cangrejo supiese nadar. Tragó saliva audiblemente. La travesía hasta aquel lugar había sido extraña, sin duda, pese a lo distendida, pero había que considerar quiénes entregarían sus vidas para mayor gloria de la Justicia.
Sus pensamientos, que empezaban a tomar un peligroso camino que acababa en decimar parte del grupo en el río, se vieron interrumpidos una vez más, en esta ocasión un sonido que irrumpió en el ambiente, profundo y vibrante, que erizó el vello en la nuca de Stroud, como si hubiese despertado un instinto primario de amenaza. Se giró con rapidez, encarándose a la dirección de la que proviniese aquel inquietante sonido, poniéndose en guardia. Miró hacia todas partes, buscando por instinto de dónde pudiese venir la amenaza, e hizo un ademán al resto de miembros de la 60, asegurándose de que estuviesen listos para el combate. Quedó inmóvil, en guardia, esperando a que la amenaza se manifestase, mientras su cabeza comenzaba a planear cómo salir de un posible embrollo de la mejor manera posible. Sin embargo, el tiempo pasó, y, al cabo de un minuto, cuando la adrenalina había descendido y el sentido de amenaza parecía haber disminuido, e incluso se hubo cruzado de brazos, el sonido cesó, ante el atónito Stroud. Sus ojos se cerraron casi por completo en el momento en que una potente luz se materializó frente a sí, y su mano derecha, que hasta entonces había estado reposando sobre su bíceps izquierdo, ascendió hasta situarse delante de su propia cara, tapándolo del resplandor. ¿Se trataba de alguna clase de retribución por no haber sacrificado a los Marines al dios río, de la misma manera que aquellos tipos habían sacrificado a los suyos al dios peñasco? ¿Era aquel el final?
Lo que vio frente a sí, sin embargo, no hizo más que confirmar sus suspicacias de que aún debía de estar en Arabasta, seguramente imaginándose todo aquello ante un golpe de calor en el desierto, tirado entre las dunas, con los buitres sobrevolando su cuerpo en círculos. No había forma de que un ángel se hubiese materializado frente a ellos. La enorme entidad, de la que, según supuso Stroud, aquel sonido de cuerno había sido únicamente un heraldo, se situó frente a ellos, con aquellas majestuosas alas, aquella melena cobriza, aquel casco, aquel cetro dorado y toda clase de extrañas piezas de bisutería, además de aquellas cinco especies de esferas de metal distribuidas a lo largo de su torso, que captaron la atención del Marine momentáneamente. De alguna forma, emanaba una belleza que solo podía ser descrita como divina, y que hizo refrenar sus instintos previos. Stroud permaneció inmóvil, aún cruzado de brazos frente a la criatura. No desafiante, sino a la espera de poder determinar si se trataba de una amenaza. Frente a todas las expectativas del joven, el ente les dio la bienvenida, y les exigió identificarse. Stroud entrecerró los ojos con suspicacia, mientras algunos de sus compañeros se apresuraban a presentarse ante él. ¿Solicitaba aquella identificación bajo la autoridad del gobernante de aquel lugar? De refilón, pudo ver cómo todo el mundo en Skypiea continuaba con sus quehaceres, lo cual pronosticaba que aquella no era una ocurrencia fuera de lo común, lo cual le daba menos motivos de preocupación.
El Comandante Cangrejo Tortuga Juan Sebastián fue el primero en presentarse ante la criatura, y luego lo siguió el tal Shin, que se aseguró de pelotear a la criatura debidamente. También se presentaron un tipo extraño, un insufrible birkaniano al que llamaron Masami y en el que Stroud no había reparado con anterioridad, y el capitán Enji, antes de despelotarse del todo, para mayor perplejidad de Stroud, así como Moja y Akira. La perplejidad del Nanashi no hacía sino ir en aumento, y la montaña rusa de horrores a la que lo estaba sometiendo su encuentro con sus colegas de la Marina no daba visos de ir a terminar pronto. Aún cruzado de brazos, absteniéndose de cuadrarse, Stroud decidió dar un paso al frente. "Stroud...," vaciló un momento, absteniéndose de dar el apellido equivocado, "Nanashi. Comandante de la División 60 de la Marina," se limitó a decir con sobriedad, clavando sus ojos donde suponía que debían encontrarse los del ángel, tras aquella especie de casco. Dirigió una mirada a Kibai, alzando una ceja, y dando a entender que tenía algunas preguntas. ¿Quién narices era realmente ese Zarutsuki del que todo el mundo hablaba?
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