[EVENTO FASE] Los Juegos del Soberano
#87
Se dio dos sacudidas, que no tres —eso ya se consideraba exceso de amor propio–, y regresó con el grupo antes de que lo dejasen atrás. Una miríada de marines había tomado ese sector de la playa, atraídos, quizá, por un simple capricho del destino, y, entre tanto uniforme, no quería perder de vista a su división. Aunque, siendo sinceros, era difícil dejar de ver al enorme gyojin rojo de tres metros; Akira tampoco hacía mucho por pasar desapercibido con esos lentes de sol; y Masami… ¿desde cuando llevaba un arco?

Enji suspiró y cerró los ojos por un segundo, la sonrisa amplia. Cuán orgulloso estaba de ese bizarro, irreverente e impredecible grupo de inadaptados, que incluso sumergido en un mar de chalecos blancos y pañuelos podía destacar.

Zip, zap, una luz apareció en escena. Veloz como nadie, el comandante y líder de la división 75, Shin Hasegawa, se presentó delante de su grupo y lo saludó particularmente. Se conocían. En una ocasión, mucho tiempo atrás, él y Shin habían tenido un pequeño enfrentamiento de prueba para testear las capacidades de su fruta del diablo. Después de eso, no volvió a saber de él hasta el incidente de Kutsukku y su posterior mención en el periódico mundial.

—Tú siempre con hormigas en el culo, eh, Shinchan. ¡Shihahaha! —Del mínimo espacio entre el elástico de sus boxers y su cintura, Enji sacó un cigarrillo rubio y lo sostuvo entre sus dedos al caminar—. ¡Espero que no seas tan veloz para todo!

Alcanzó a meter la puya poco después de que la atención de Shin volviera a virar en otra dirección, y su cuerpo, convertido en volutas de luz, desapareciera. Todo era muy fugaz siempre que se trataba de Shin.

Hechas las presentaciones, el grupo se enfiló al ancho sendero que aguardaba detrás de la antorcha. La formación militar que compartían se notó en el órden del avance, cada grupo encabezado por su capitán en una formación laxa y que propiciaba, en su solapamiento unas con otras, la mezcolanza de uniformados. Conversaciones triviales nacieron espontáneamente a lo largo del camino, curiosos todos de saber qué era de la vida de cada uno, cómo llevaban su estadía en la Grand Line, como se organizaban y hasta qué comían. Por primera vez en muchísimo tiempo, estaban rodeados de camaradas. Personas que compartían, en mayor o menor medida, su forma de vida, deberes y responsabilidades, así como una proyección dentro del brazo armado del Gobierno Mundial.

—¡No te quejes, Juancho! Hay familiares tuyos que no han conocido más que la playa de Baterilla.

Enji caminaba al frente y ligeramente a la izquierda de Juan. En su espalda, la palabra “Justicia” yacía tallada en el chaquetón de capitán. Después de una hora de caminata finalmente se había dignado a encender el cigarrillo que traía encima y paladear un poco de humo, pero seguía sin hablar demasiado. Cosa rara, claro, cuando tenías en cuenta su naturaleza parlanchina y ruidosa. ¿Estaría un poco agobiado, acaso? Demasiadas personas, demasiadas voces a las que prestar atención y dar una importancia que francamente no le apetecía. Observar en silencio también podía ser muy divertido.

—¿Ah? ¿Qué mierda habláis de Masami? ¿No ven que está ahí?

Señaló al muchacho de cabello largo y pelirrojo, perteneciente a la División 60. Enji lo miró fijamente durante unos segundos mientras tres puntos ( … ), hipotéticos, aparecían sobre su cabeza, y guardaba el más sepulcral de los silencios.

— (...)

Silencio.

—Ah… Ehm…

Se rascó el cuello, aguantó la mirada, meditó. ¿Masami tenía todo el cabello rojo o solamente las puntas? Hizo memoria, puso a trabajar su cerebro, y la respuesta se volvió clara después de un instante sumamente incómodo e interminable.

—¡SU PUTA MADRE! —Descubrimiento y frustración le siguieron, marcadas ambas en la vena inflada de su frente—. ¡Cinco minutos lo perdí de vista! —bufó—. ¡Llámale, Rubiales! Como no conteste tendremos que volver por él.

La oscuridad terminó de envolverlos poco después. El follaje del bosque, espeso como era, ahogó los rayos del sol hasta suprimirlos y entregar a la procesión marine un momento de nocturnidad. La penumbra los había abrazado por completo. Sentían los sonidos del bosque, la melodía de lo salvaje, acompañar su paso y acecharles. Curiosos, quizá, por estos nuevos visitantes que llegaban a la isla de los cielos. La cuestión estaba en cuánta de esa curiosidad iba conducida por su hambre.

Por lo que fuera a pasar, ya tenía sus guantes, los Jarngreipr, puestos y bien ajustados.

—¡El veneno me vale mieeeerda! Pero qué bien nos cuidas, Minino Número Uno —respondió a Kibai, sin voltear a verlo, mientras avanzaban en plena oscuridad—. Me siento bastante a salvo teniendo a dos gatos enormes cubriéndome la espalda. Un día tengo que presentarles a Ford. Él se quedó en el barco para que estos juegos tengan algo de misterio. Ya saben, darle dramatismo.

Extendió la mano derecha a un costado y la agitó, imitando un movimiento de jazz. Después, esa misma mano se apropió del cigarrillo que llevaba largo rato degustando, lo apartó de su boca, le dio dos toques precisos al filtro y se deshizo de la ceniza vieja. Ceniza que cayó sobre el camino, sobre tierra virgen.

—A todo esto: ¿alguno tiene la más pálida idea de en qué consisten estos “Juegos” de los que habla el periódico? ¿A qué juega la gente aquí arriba? ¿Escupir y atinarle a un pájaro que cruce por debajo de la isla? Shihaha… —Imaginarlo despertó su rotísimo sentido del humor—. Seguro que tú ganabas en eso, Rubiales. Aunque, Juancho, tú también te defiendes escupiendo. Mañana haremos una competencia para saber cuál de los tres puede llegar más lejos.

El capitán había hablado y la sentencia estaba hecha. Al caer la noche y desplegarse un nuevo amanecer, la GLORIOSA División 80 descubriría cuál de sus miembros podía proyectar una bala de saliva más lejos. Pero esa pequeña competencia improvisada se vio de pronto eclipsada cuando, mientras retaba a sus compañeros, el largo y oscuro pasillo se abrió de nuevo a la luz. El follaje llegaba a su fin y el sol volvía a brillar, alto e imponente desde su nueva perspectiva considerablemente más cercana. Frente a ellos, después de tres largas horas de caminata, se presentó un escenario de ensueño, una fotografía de ficción, más propia de la loca imaginación de algún cuentista vagabundo que de la vida real.

Frente a ellos estaba Shandora.

El palacio de oro le arrancó el aliento por un segundo. Enorme, pero ENORME en letras mayúsculas. Gigantesco. Su altura debía rivalizar con algunas montañas y, al erigirse en una isla que flotaba en el cielo, probablemente estaban parados frente a la estructura humana que más cerca se encontraba del sol. Un verdadero nido de dioses, una tierra de leyenda.

—Mierda…

Incluso un charlatán como él se quedó sin palabras ante el brillo dorado de Shandora.

—¡¿TODO ESO ES PUTÍSIMO ORO?!

Las pupilas se le llenaron del mismo brillo, y Enji, sobrecogido, sintió la emoción correr por todo su cuerpo. Tierras de leyenda, palacios dorados, escenarios enormes frente a multitudes aladas que ocuparían las gradas. ¿Eran eso los Juegos del Cielo? La adrenalina lo invadió, lo desbordó. Hervía dentro suyo con la intensidad del más letal de los ácidos.
Contenido Oculto

Enji empezó a correr.

—¡Shihahahaha! ¡El último en llegar al centro es un Comuna!

No preguntó, tampoco pidió permiso. Corrió hasta alcanzar el cauce del río y saltó, imprimiendo tanta fuerza en su despegue que la huella de sus botas quedó marcada en la tierra. Se convirtió en una saeta, en una flecha que cruzó a un lado de Juan, por encima de la cabeza de Akira, y siguió de largo en dirección al escenario que parecían haber montado en el epicentro de la civilización. Aterrizó, cayó, rodó por el suelo y se incorporó para seguir corriendo en dirección a lo que parecía ser la entrada de la arena. Su sonrisa, plena, reflejaba una ilusión particular, una que no había sentido en muchísimo tiempo. La ilusión que siente un artista cuando tiene frente a él un escenario único.

—¡Shihahaha!

Enji rió y disfrutó de la libertad de correr en el cielo.

off


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