07-07-2026, 05:42 PM
(Última modificación: 07-07-2026, 05:47 PM por Voz Seductora.)
Habiendo escogido cada uno de los protagonistas, que componían esta intrincada historia, su sendero a caminar, la suerte ya estaba echada, sin saber que sería lo que les deparaba más adelante.
En primer lugar, la banda Pirata de los Sepultura, junto a la banda de los Hanu Mahana al completo, se adentraron por la ruta de más a la izquierda, dando lugar a una unión de lo más pintoresca entre dos bandas piratas que, perfectamente podrían ser como la noche y el día. Conforme las dos tripulaciones se adentraron en aquel sendero, podrían apreciar como, a cada paso que daban en aquella aparente selva, la vegetación que les rodeaba se iba hacia más grande, alta y densa, hasta el punto de enmarañarse sobre sus cabezas, a más de diez metros de altura. La abundancia de dicha vegetación era suficiente como para probar de la luz solar de aquel frondoso camino, ocultando en sus malezas colindantes a varios depredadores y criaturas que, lejos de asaltaros, quedaban simplemente al acecho debido a la cantidad de miembros que transitaban por aquel camino. Durante las eternas tres horas que duró el trayecto de a pie, toda clase de insectos, sonidos misteriosos y extraños invadían la escena. En cierto punto del recorrido - ya cuando llevabais cerca de dos horas caminando -, el apuesto y sexy Tezca Norova, quién empezaba a jadear del cansancio, comenzó a refunfuñar.—Yo no quiero hacer running ni a la orilla del río ni al lado del barranco de al lado de mi casa. Por dios, quiero volver a casa. — Dijo con su característica voz gangosa, y con una fatiga tan grande que sólo una pequeña parte de lo que decía podía ser entendido. Una vez llegaran al final de dicho camino, podrían observar la civilización perdida de Shandora, un dato sólo al alcance de los estudiosos.
Por su parte, el fan número una de la actividad conocida como “realizar el fuelle”, Onizuka Jin, se encontraría con, prácticamente, una cita romántica en sus manos pues, junto a él, comenzaría a caminar un desperdigado Tezca Norova que… ¡Un momento! ¿Tezca Norova? ¿El mismo que se mencionó en el párrafo anterior?...... Que más da, como iba explicando este narrador omnisciente - dejando de lado este hecho sin precedentes -, Onizuka Jin se encontraría paseando junto a Tezca Norova por el segundo sendero de la izquierda, siendo este uno amplio, de 10 metros de ancho. Un camino apacible, silencioso e íntimo, dónde la vegetación era lo suficientemente frondosa como para tapar los rayos solares para que no resultaran calurosos o dañinos, pero sin oscurecer completamente el trayecto, dotando a aquella improvisada pareja de un trayecto que podría ser catalogado como un auténtico paraíso. O así habría sido por lo general.
Al mismo tiempo que se les proyectaba una sombra desde sus espaldas, desde esa misma dirección, sonó un gruñido, un sonido similar al agua fluyendo sin control alguno. Para cuando se dieran la vuelta el yakuza y el hombre de cabellos dorados, se toparían con una enorme bola de plumas, de unos cinco metros de alto por cinco metros de ancho. Era una ave del tamaño de rocas de montaña siendo, esta en concreto, algo menor que el resto de su especia. Era gorda, fea y parecía tener una cara de pocos amigos. Miraba fijamente a los dos hombres, quedando completamente pendiente y expectante, como si no quisiera que fueran a hacer nada imprudente. Cualquier afán de los libros, pergaminos o cualquier tipo de escritura, podría ser capaz de identificar sin dudas a aquellas aves dada su complexión, gesto, color y sonido, como un tipo de ave especial autóctona de Skypiea: Los Ñordikis. Tras tres horas de marcha de Onizuka Jin y Tezca Norova - seguido bajo la atenta mirada del pájaro peculiar -, la pareja conseguiría llegar hasta la linde opuesta del bosque en la que se encontrarían de bruces con una legendaria civilización perdida de oro. La ciudad de Shandora, para quien hubiese leído e investigado lo suficiente.
Por su parte, tras un problema inicial de discusión, el capitán y vicecapitán de una tripulación sin nombre, en compañía del ahora sargento de la revolución, Kiba Naruza, se adentraron en la ruta central un sendero que, al contrario que los dos anteriores, sustituiría su vegetación por un paisaje lleno de piedras y rocas, ascendiendo en forma de ladera hacia el astro rey. Este camino que ponía a prueba la resistencia de todo aquel que lo cruzara, sería recorrido por Sigurd, Ubbe y Mizuki al transcurso de las tres horas, culminando con una de las vistas más maravillosas e imponentes que, no sólo la isla del cielo podría ofrecer, sino todo el mundo. A sus pies, podrían observar la mística ciudad de oro, protagonista de historias y leyendas: Shandora. Además, si los tres miraban hacia cada uno de sus lados, podrían atisbar, a la izquierda, una ruta que surgía a duras de una enmarañada vegetación. A su lado a unos pocos metros, un gran camino mejor preparado y acondicionado. A la derecha un camino flanqueaba un río que ascendía hacia el norte, y más a la derecha una ruta que parecía un término medio entre las dos de la izquierda.
La improvisada coalición entre los piratas Mano Vacía, las piratas Valar, junto a Dharma, Bartolomeow y una Miyori que dejaba atrás - de momento - a los integrantes de la banda que irían a tocar en algún momento del festival, se adentraría por la ruta a la derecha de la ruta central. Junto a este alborotado grupo, le acompañaría un río que de pronto desaparecía bajo tierra, como entrando en un túnel natural - y por eso no lo veían en la costa - pero que parecía provenir de mucho más al interior de aquel bosque. Si lo seguían, tendrían un recorrido tranquilo, pudiendo apreciar los colores y la variedad de la flora, lo cristalino de las aguas del río y la multitud de peces de colores y tamaños diversos que había en su cauce, como si las musas estuvieran danzando a través de aquel sendero idílico. Tres horas de marcha los llevarían a aparecer en la linde opuesta del bosque, frente a unas construcciones doradas coronadas por un inmenso palacio de oro al fondo. Puede que lo supieran, o puede que no, pero estaban frente a la legendaria ciudad de oro, Shandora.
En cuanto a los marines que se adentrarían hacia la ruta ubicada en el extremo derecho de la costa, encontrarían un sendero, lo suficientemente ancho, de 10 metros de ancho, como para que pudieran transitar todos y cada uno de los distintos miembros de la división sin problemas. El paisaje y escenario que rodeaba al bosque era parecido que el de la primera ruta. Un camino rodeado por todas partes de vegetación enorme, hasta el punto de tapar al mismísimo sol, dejando un camino en penumbra, y en el cuál sólo era posible escuchar los distintos sonidos que emitía la fauna del lugar. Tras tres horas caminando por aquel trayecto, la agrupación de marines poder observar una civilización completamente de oro, antigua y perdida en el paso del tiempo. No obstante, entre el final de su sendero y la legendaria ciudad de Shandora, cruzaría un río de unos 10 metros de ancho, separando este accidente geográfico a las fuerzas de la ley de la población celestial.
La civilización estaba dispuesta en forma de óvalo, coronado por un palacio que ocupaba cien metros de lado a lado. Hacia el fondo, podía cubrir más de cincuenta metros, y se alzaba hacia el cielo por quinientos metros majestuosos, brillando con más intensidad que el resto de las casas doradas. Un poco antes de la cumbre, brotaba un balcón con un gran trono, también de oro, y en la base del palacio, una gran puerta de doble hoja de cuarenta metros de alto indicaba el punto de entrada en el mismo. Dicho palacio estaba a más de cien metros de distancia del otro extremo del ovalado límite de la ciudad dorada.
Prácticamente en el centro de esta, y flanqueado por una inmensidad de casas doradas, había un recinto de tierra batida y dispuesta, que estaba a su vez contenido por palcos y gradas de madera antiquísima y resistente. Una estructura de cinco metros de alto, con cinco niveles de asientos, repartidos a uno por metro de altura.
En la parte perfectamente opuesta al palacio, fuera de esta pista de arena, había nueve parcelas de arena separadas entre si, y que ocupaban un espacio de seis por seis.
Tanto en el pueblo como en las gradas, había ciudadanos con una peculiaridad: Todos tenían alas.
Skypieanos, Birkanianos y Lunarias por igual - pero ninguna otra raza más - interactuaban alegremente y se preparaban para asistir al evento que tanto les llenaba de orgullo y que tan emocionados les tenía: Los Juegos de Zarutsuki.
En primer lugar, la banda Pirata de los Sepultura, junto a la banda de los Hanu Mahana al completo, se adentraron por la ruta de más a la izquierda, dando lugar a una unión de lo más pintoresca entre dos bandas piratas que, perfectamente podrían ser como la noche y el día. Conforme las dos tripulaciones se adentraron en aquel sendero, podrían apreciar como, a cada paso que daban en aquella aparente selva, la vegetación que les rodeaba se iba hacia más grande, alta y densa, hasta el punto de enmarañarse sobre sus cabezas, a más de diez metros de altura. La abundancia de dicha vegetación era suficiente como para probar de la luz solar de aquel frondoso camino, ocultando en sus malezas colindantes a varios depredadores y criaturas que, lejos de asaltaros, quedaban simplemente al acecho debido a la cantidad de miembros que transitaban por aquel camino. Durante las eternas tres horas que duró el trayecto de a pie, toda clase de insectos, sonidos misteriosos y extraños invadían la escena. En cierto punto del recorrido - ya cuando llevabais cerca de dos horas caminando -, el apuesto y sexy Tezca Norova, quién empezaba a jadear del cansancio, comenzó a refunfuñar.—Yo no quiero hacer running ni a la orilla del río ni al lado del barranco de al lado de mi casa. Por dios, quiero volver a casa. — Dijo con su característica voz gangosa, y con una fatiga tan grande que sólo una pequeña parte de lo que decía podía ser entendido. Una vez llegaran al final de dicho camino, podrían observar la civilización perdida de Shandora, un dato sólo al alcance de los estudiosos.
Por su parte, el fan número una de la actividad conocida como “realizar el fuelle”, Onizuka Jin, se encontraría con, prácticamente, una cita romántica en sus manos pues, junto a él, comenzaría a caminar un desperdigado Tezca Norova que… ¡Un momento! ¿Tezca Norova? ¿El mismo que se mencionó en el párrafo anterior?...... Que más da, como iba explicando este narrador omnisciente - dejando de lado este hecho sin precedentes -, Onizuka Jin se encontraría paseando junto a Tezca Norova por el segundo sendero de la izquierda, siendo este uno amplio, de 10 metros de ancho. Un camino apacible, silencioso e íntimo, dónde la vegetación era lo suficientemente frondosa como para tapar los rayos solares para que no resultaran calurosos o dañinos, pero sin oscurecer completamente el trayecto, dotando a aquella improvisada pareja de un trayecto que podría ser catalogado como un auténtico paraíso. O así habría sido por lo general.
Al mismo tiempo que se les proyectaba una sombra desde sus espaldas, desde esa misma dirección, sonó un gruñido, un sonido similar al agua fluyendo sin control alguno. Para cuando se dieran la vuelta el yakuza y el hombre de cabellos dorados, se toparían con una enorme bola de plumas, de unos cinco metros de alto por cinco metros de ancho. Era una ave del tamaño de rocas de montaña siendo, esta en concreto, algo menor que el resto de su especia. Era gorda, fea y parecía tener una cara de pocos amigos. Miraba fijamente a los dos hombres, quedando completamente pendiente y expectante, como si no quisiera que fueran a hacer nada imprudente. Cualquier afán de los libros, pergaminos o cualquier tipo de escritura, podría ser capaz de identificar sin dudas a aquellas aves dada su complexión, gesto, color y sonido, como un tipo de ave especial autóctona de Skypiea: Los Ñordikis. Tras tres horas de marcha de Onizuka Jin y Tezca Norova - seguido bajo la atenta mirada del pájaro peculiar -, la pareja conseguiría llegar hasta la linde opuesta del bosque en la que se encontrarían de bruces con una legendaria civilización perdida de oro. La ciudad de Shandora, para quien hubiese leído e investigado lo suficiente.
Por su parte, tras un problema inicial de discusión, el capitán y vicecapitán de una tripulación sin nombre, en compañía del ahora sargento de la revolución, Kiba Naruza, se adentraron en la ruta central un sendero que, al contrario que los dos anteriores, sustituiría su vegetación por un paisaje lleno de piedras y rocas, ascendiendo en forma de ladera hacia el astro rey. Este camino que ponía a prueba la resistencia de todo aquel que lo cruzara, sería recorrido por Sigurd, Ubbe y Mizuki al transcurso de las tres horas, culminando con una de las vistas más maravillosas e imponentes que, no sólo la isla del cielo podría ofrecer, sino todo el mundo. A sus pies, podrían observar la mística ciudad de oro, protagonista de historias y leyendas: Shandora. Además, si los tres miraban hacia cada uno de sus lados, podrían atisbar, a la izquierda, una ruta que surgía a duras de una enmarañada vegetación. A su lado a unos pocos metros, un gran camino mejor preparado y acondicionado. A la derecha un camino flanqueaba un río que ascendía hacia el norte, y más a la derecha una ruta que parecía un término medio entre las dos de la izquierda.
La improvisada coalición entre los piratas Mano Vacía, las piratas Valar, junto a Dharma, Bartolomeow y una Miyori que dejaba atrás - de momento - a los integrantes de la banda que irían a tocar en algún momento del festival, se adentraría por la ruta a la derecha de la ruta central. Junto a este alborotado grupo, le acompañaría un río que de pronto desaparecía bajo tierra, como entrando en un túnel natural - y por eso no lo veían en la costa - pero que parecía provenir de mucho más al interior de aquel bosque. Si lo seguían, tendrían un recorrido tranquilo, pudiendo apreciar los colores y la variedad de la flora, lo cristalino de las aguas del río y la multitud de peces de colores y tamaños diversos que había en su cauce, como si las musas estuvieran danzando a través de aquel sendero idílico. Tres horas de marcha los llevarían a aparecer en la linde opuesta del bosque, frente a unas construcciones doradas coronadas por un inmenso palacio de oro al fondo. Puede que lo supieran, o puede que no, pero estaban frente a la legendaria ciudad de oro, Shandora.
En cuanto a los marines que se adentrarían hacia la ruta ubicada en el extremo derecho de la costa, encontrarían un sendero, lo suficientemente ancho, de 10 metros de ancho, como para que pudieran transitar todos y cada uno de los distintos miembros de la división sin problemas. El paisaje y escenario que rodeaba al bosque era parecido que el de la primera ruta. Un camino rodeado por todas partes de vegetación enorme, hasta el punto de tapar al mismísimo sol, dejando un camino en penumbra, y en el cuál sólo era posible escuchar los distintos sonidos que emitía la fauna del lugar. Tras tres horas caminando por aquel trayecto, la agrupación de marines poder observar una civilización completamente de oro, antigua y perdida en el paso del tiempo. No obstante, entre el final de su sendero y la legendaria ciudad de Shandora, cruzaría un río de unos 10 metros de ancho, separando este accidente geográfico a las fuerzas de la ley de la población celestial.
La civilización estaba dispuesta en forma de óvalo, coronado por un palacio que ocupaba cien metros de lado a lado. Hacia el fondo, podía cubrir más de cincuenta metros, y se alzaba hacia el cielo por quinientos metros majestuosos, brillando con más intensidad que el resto de las casas doradas. Un poco antes de la cumbre, brotaba un balcón con un gran trono, también de oro, y en la base del palacio, una gran puerta de doble hoja de cuarenta metros de alto indicaba el punto de entrada en el mismo. Dicho palacio estaba a más de cien metros de distancia del otro extremo del ovalado límite de la ciudad dorada.
Prácticamente en el centro de esta, y flanqueado por una inmensidad de casas doradas, había un recinto de tierra batida y dispuesta, que estaba a su vez contenido por palcos y gradas de madera antiquísima y resistente. Una estructura de cinco metros de alto, con cinco niveles de asientos, repartidos a uno por metro de altura.
En la parte perfectamente opuesta al palacio, fuera de esta pista de arena, había nueve parcelas de arena separadas entre si, y que ocupaban un espacio de seis por seis.
Tanto en el pueblo como en las gradas, había ciudadanos con una peculiaridad: Todos tenían alas.
Skypieanos, Birkanianos y Lunarias por igual - pero ninguna otra raza más - interactuaban alegremente y se preparaban para asistir al evento que tanto les llenaba de orgullo y que tan emocionados les tenía: Los Juegos de Zarutsuki.
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![[Imagen: EuxvYZz.png]](https://i.imgur.com/EuxvYZz.png)