06-07-2026, 08:49 PM
Dejé escapar una suave risita mientras lavaba los utensilios. ¡La manera de equivocarse con el nombre del postre era tan adorableeee! ¡¿Es normal querer tenerla abrazada como un peluchito todo el tiempo?!
Y aún me gustaron más sus ojitos de ilusión cuando le había dicho que era la que se había portado mejor que nadie. ¡No era ninguna mentira! ¡Era absolutamente mérito suyo! Seguía frotando una de las sartenes cuando tuve que contenerme una risita cuando insultó a los otros niños. No quería que se me notara mucho, ya que no era un comportamiento que quisiera propiciar, y de hecho Uker lo hizo muy bien al llamarle la atención en ese momento.
Cuando la pregunta se volvió una más apropiada, me dispuse a responder, aunque esa vez sí se me escapó una pequeña risita al pillarme con la guardia baja. ¡Sin duda, era una chica de voluntad firme!
―¡Para nada! ―respondí alegremente al tiempo que enjabonaba rápida y eficazmente uno de los platos―. Es verdad que antes me abrumaron un poquito, pero eso es porque eran demasiadas preguntas a la vez y no estaba preparada ―expliqué un poco mejor, mirándola unos segundos de poco en poco, sin desatender mis tareas―. Pero, de hecho, a mí me gusta que me pregunten cosas. Si me preguntan es porque tienen curiosidad, y mostrar y recibir curiosidad es una muy buena forma de hacer amigos, siempre que se respeten las respuestas. Además, cuando dos personas saben mucho la una de la otra, ambas se vuelven más difíciles de olvidar. ¿No sería muy bonito que haya alguien que tenga recuerdos bonitos contigo allá donde vayas, Akura~?
La frase que había iniciado con la ilusión de un deseo, terminó con una mirada sobre los platos. La sonrisa no desapareció en ningún momento, pero sin darme cuenta había revelado un poquito más de lo que solía hacer. Después de todo, a veces los niños pueden hacerte bajar la guardia.
Por suerte, Uker no tardó en captar su atención para ponerse a amasar, por lo que no hubo peligro de que la chica notara algo extraño accidentalmente. Esa separación y la sensación del agua, la espuma y la vajilla me sirvieron para volver a centrarme en el presente mientras escuchaba la elección de colores tras de mí, en un intercambio tan hogareño como el que podría haber en cualquier familia.
―Sí, ¡me encanta lo dulce! ―confirmé moviendo alegremente la cola ante la pregunta con la que me hicieron partícipe―. No debo comerlo mucho, así que cuando puedo tengo que pensar muy, muy bien lo que quiero probar… ¡y como me gustan todos los postres, me es muy difícil elegir! ―compartí riendo de nuevo.
Para cuando terminaron de preparar la masa, ya había avanzado bastante el trabajo, aunque aún quedaba. Aun así, no dudé en acercarme cuando me invitaron a participar en una de las partes más divertidas de la preparación.
―¡A ver, a ver! ―exclamé al acercarme mientras me secaba las manos en un paño limpio que no tardé en guardar en el bolsillo del delantal―. ¡Qué bonito ha quedado el color! ¡Ha sido una gran elección, Akura~! ―la elogié mientras tomaba la manga pastelera que quedaba.
¡Fue muy divertido! Uker, como haría todo un hermano mayor, le fue explicando cómo usarla y la animó a seguir practicando, a lo que yo misma me sumé. Una vez estuvo lista la bandeja, asentí ante la indicación de Uker sobre la temperatura del horno.
―¡Sí, chef! ―acepté enseguida con el cuerpo muy recto y mi mano en horizontal sobre mi frente, como si fuera un saludo militar. Acto seguido, riendo, me dirigí hacia el horno para cumplir mi misión antes de girarme hacia mis compañeros de cocina y chocar con ellos las palmas de las manos.
¡Qué gran equipoooo!
―¡Oye, Uker! ¡Hagamos una competición! ―lo reté con una sonrisa y el desafío en mi brillo aguamarina―. Vamos a ver quién limpia más cosas mejor y más rápido hasta que suene el horno. ¡Venga, Akura! ¡Tú eres el árbitro y tienes que vigilar quién lleva más! ¡Tú das la señal y luego nos dices quién ha ganado!
¡Era un juego que me gustaba hacer con mi maestro para hacer las tareas de la casa lo más rápido posible! ¡Se terminaba antes y era muy divertido! Además, hacer que la albina se encargara de arbitrar era una buena forma de darle una tarea importante sin arriesgarnos a que se le pudiera caer algo por accidente o hacerse daño. ¡Eran todo ventajas!
Si ambos aceptaban, la alarma del horno sonaría como una especie de alarma que simbolizaría el final del juego, por lo que enseguida preguntaría a la chica por quién se había llevado la victoria.
Fuera cual fuese el resultado, el hecho es que terminaríamos con una bandeja de maravillosos y casi perfectos macarrones ante todos, y yo no podría evitar reír de nuevo ante la velocidad de la menor al tomar uno de ellos.
―¿Qué tal? ¿Está rico? ―inquirí mientras yo misma tomaba otro y pasaba a darle un mordisco. ¡Enseguida, mi cola se agitó como loca!―. ¡Mmmmm! ¡Está riquísimo! ¡Tienes que probarlo, Uker! ¡Prueba, prueba, prueba! ―lo animé con emocionados saltitos.
Y aún me gustaron más sus ojitos de ilusión cuando le había dicho que era la que se había portado mejor que nadie. ¡No era ninguna mentira! ¡Era absolutamente mérito suyo! Seguía frotando una de las sartenes cuando tuve que contenerme una risita cuando insultó a los otros niños. No quería que se me notara mucho, ya que no era un comportamiento que quisiera propiciar, y de hecho Uker lo hizo muy bien al llamarle la atención en ese momento.
Cuando la pregunta se volvió una más apropiada, me dispuse a responder, aunque esa vez sí se me escapó una pequeña risita al pillarme con la guardia baja. ¡Sin duda, era una chica de voluntad firme!
―¡Para nada! ―respondí alegremente al tiempo que enjabonaba rápida y eficazmente uno de los platos―. Es verdad que antes me abrumaron un poquito, pero eso es porque eran demasiadas preguntas a la vez y no estaba preparada ―expliqué un poco mejor, mirándola unos segundos de poco en poco, sin desatender mis tareas―. Pero, de hecho, a mí me gusta que me pregunten cosas. Si me preguntan es porque tienen curiosidad, y mostrar y recibir curiosidad es una muy buena forma de hacer amigos, siempre que se respeten las respuestas. Además, cuando dos personas saben mucho la una de la otra, ambas se vuelven más difíciles de olvidar. ¿No sería muy bonito que haya alguien que tenga recuerdos bonitos contigo allá donde vayas, Akura~?
La frase que había iniciado con la ilusión de un deseo, terminó con una mirada sobre los platos. La sonrisa no desapareció en ningún momento, pero sin darme cuenta había revelado un poquito más de lo que solía hacer. Después de todo, a veces los niños pueden hacerte bajar la guardia.
Por suerte, Uker no tardó en captar su atención para ponerse a amasar, por lo que no hubo peligro de que la chica notara algo extraño accidentalmente. Esa separación y la sensación del agua, la espuma y la vajilla me sirvieron para volver a centrarme en el presente mientras escuchaba la elección de colores tras de mí, en un intercambio tan hogareño como el que podría haber en cualquier familia.
―Sí, ¡me encanta lo dulce! ―confirmé moviendo alegremente la cola ante la pregunta con la que me hicieron partícipe―. No debo comerlo mucho, así que cuando puedo tengo que pensar muy, muy bien lo que quiero probar… ¡y como me gustan todos los postres, me es muy difícil elegir! ―compartí riendo de nuevo.
Para cuando terminaron de preparar la masa, ya había avanzado bastante el trabajo, aunque aún quedaba. Aun así, no dudé en acercarme cuando me invitaron a participar en una de las partes más divertidas de la preparación.
―¡A ver, a ver! ―exclamé al acercarme mientras me secaba las manos en un paño limpio que no tardé en guardar en el bolsillo del delantal―. ¡Qué bonito ha quedado el color! ¡Ha sido una gran elección, Akura~! ―la elogié mientras tomaba la manga pastelera que quedaba.
¡Fue muy divertido! Uker, como haría todo un hermano mayor, le fue explicando cómo usarla y la animó a seguir practicando, a lo que yo misma me sumé. Una vez estuvo lista la bandeja, asentí ante la indicación de Uker sobre la temperatura del horno.
―¡Sí, chef! ―acepté enseguida con el cuerpo muy recto y mi mano en horizontal sobre mi frente, como si fuera un saludo militar. Acto seguido, riendo, me dirigí hacia el horno para cumplir mi misión antes de girarme hacia mis compañeros de cocina y chocar con ellos las palmas de las manos.
¡Qué gran equipoooo!
―¡Oye, Uker! ¡Hagamos una competición! ―lo reté con una sonrisa y el desafío en mi brillo aguamarina―. Vamos a ver quién limpia más cosas mejor y más rápido hasta que suene el horno. ¡Venga, Akura! ¡Tú eres el árbitro y tienes que vigilar quién lleva más! ¡Tú das la señal y luego nos dices quién ha ganado!
¡Era un juego que me gustaba hacer con mi maestro para hacer las tareas de la casa lo más rápido posible! ¡Se terminaba antes y era muy divertido! Además, hacer que la albina se encargara de arbitrar era una buena forma de darle una tarea importante sin arriesgarnos a que se le pudiera caer algo por accidente o hacerse daño. ¡Eran todo ventajas!
Si ambos aceptaban, la alarma del horno sonaría como una especie de alarma que simbolizaría el final del juego, por lo que enseguida preguntaría a la chica por quién se había llevado la victoria.
Fuera cual fuese el resultado, el hecho es que terminaríamos con una bandeja de maravillosos y casi perfectos macarrones ante todos, y yo no podría evitar reír de nuevo ante la velocidad de la menor al tomar uno de ellos.
―¿Qué tal? ¿Está rico? ―inquirí mientras yo misma tomaba otro y pasaba a darle un mordisco. ¡Enseguida, mi cola se agitó como loca!―. ¡Mmmmm! ¡Está riquísimo! ¡Tienes que probarlo, Uker! ¡Prueba, prueba, prueba! ―lo animé con emocionados saltitos.
