05-07-2026, 09:53 PM
Un pasaje directo al cielo.
La idea sonaba tan irreal que podía pensarse como una metáfora o el sueño loco de alguien que se ha dormido fantaseando con imposibles, de hecho, eso último fue lo que el médico de los Valar creyó estar experimentando: un sueño.
Fue gracias a la fuerza del viento impulsando al Royal Flush por la corriente vertical, lo que lo hizo darse cuenta de la realidad, cuando sus manos tuvieron que aferrarse con tanta fuerza a las drizas que el ardor en sus palmas le recordó que no solo estaba vivo, si no que también estaba despierto, bien despierto.
Las nubes de tormenta impedían su correcta visión de la travesía, es más, en más de una ocasión tuvo que cerrar sus ojos o, al menos, entrecerrarlos, para evitar que gotas de agua de la corriente o de la tormenta terminaran irritándolos, además, su boca, aunque en varias ocasiones deseó gritar todos los insultos marineros que hubiera aprendido a lo largo de su vida como pirata, tuvo que permanecer cerrada, algo que logró a punta de morderse la piel interna de su boca, más tarde lo lamentaría, pero ahora era una forma de distraerse de aquella travesía suicida en la que estaba embarcado.
Además de todo, como cereza sobre el pastel, los coros celestiales solo hacían que, mezclados con el rugido de la tormenta, aquel viaje se sintiera, de alguna manera u otra, tan escalofriante como emocionante. Una escena que desearía no poder olvidar; sin embargo, si algo le preocupaba al médico era que, en medio de ese caos, si alguna de sus compañeras decía algo, sería imposible escucharlas con tanto ruido a su alrededor.
Intentó abrir sus ojos, pero en el momento en que lo hizo lo único que consiguió ver fue el mástil de un navío pasando justo al lado del Royal Flush y con ello, las partes restantes del desafortunado barco: piezas de madera, cajas y provisiones que nunca llegarían al cielo.
Tuvo que mirar hacia otro lado y cerrar sus ojos de nuevo justo antes de que las nubes empezaban a tornarse más claras. Si hubiera mantenido los ojos abiertos por más tiempo se habría dado cuenta que estaban a punto de pasar de la tormenta a la tranquilidad.
De un momento a otro, en una cantidad de tiempo que ni siquiera pudo calcular, sintió un cambio abrupto en el ambiente y en ese instante, los ojos del médico volvieron a abrirse para encontrarse con el majestuoso sol que tuvo el gusto de recibirlo en la entrada a aquella isla. Le hubiera gustado contemplar el cielo despejado por más tiempo, pero el cambio de la oscuridad de la tormenta a la claridad del día, lo hicieron parpadear varias veces para acostumbrarse al nuevo paisaje que se levantaba ante él.
El mar no era mar, eran nubles…nubes tan blancas como el más puro de los algodones.
Lo único que dañaba aquella celestial visión eran los restos de barcos destrozados que aparecieron a su lado casi al mismo tiempo que su propia embarcación se estabilizó sobre aquel esponjoso mar.
—¿Creen que se pueda nadar aquí? —Sus primeras palabras, nada más salir de la tormenta y darse cuenta de que Maki y Merlot estaban con vida y en buenas condiciones, fueron todo menos lo esperado, ni siquiera por él mismo, pero ¿Cómo culparlo? Eran solo parte de aquel asombro que hizo que el médico, cuyo corazón latía acelerado por la adrenalina y la emoción de aquella subida vertiginosa, olvidara casi de inmediato el mal rato con solo mirar a su alrededor; sin embargo, con solo sentir el sabor metálico en su boca, producto de todo el tiempo que estuvo mordiendo su interior, fue suficiente para regresarlo a la realidad y hacerle entender lo que acababa de ocurrir.
—¡Agh! ¡Maldita sea, mis manos! Como arde esto —. Como si las cuerdas estuvieran demasiado calientes, el médico apartó sus manos rojizas solo para examinar, aun con sus ojos resentidos por el viaje, el viento y el agua, que sus palmas estuvieran bien. Lucían rojas, algo raspadas, pero nada que no se pudiera solucionar con una pomada o con simple agua fría, una idea que lo hizo tomar aire y darse cuenta de que agua es lo que menos necesitaba ahora. Su ropa estaba mojada por culpa de la tormenta y eso… ¡Eso no podía permitirlo! Estaba en el cielo, no podía presentarse con esas fachas, debía lucirse.
Miró hacia el horizonte, notó la arena blanca, el abundante bosque y, cuando se acercaron más a la costa, cortesía de los recién adquiridos dotes de navegación de Merlot, observó las enormes caracolas dispuestas a lo largo y, al mirar hacia arriba, se dio cuenta del resto. Sus ojos brillaban, había tanto interés como curiosidad impresos en ellos. Ese sitio era un mundo completamente distinto. Aún sentía que estaba soñando.
—Así que esos eran los “ángeles” —. Su voz, esta vez, se escuchó más curiosa que molesta. Intentaba descifrar la tecnología detrás de esas cosas que seguían emitiendo sonidos. —Quiero uno… ¿Ustedes no? —Les preguntó a las chicas directamente, esta vez acercándose a ellas para comprobar mejor si es que su capitana guardaespaldas y su ingreso de emergencia de verdad estaban tan bien como el creía.
—¿Se lastimaron? Espero que no, porque hay mucho que explorar y…
El Royal Flush se ancló en una costa de arenas blancas que estaba en medio de varios árboles enormes que servían para cubrir bien el barco, de hecho, el médico sintió cuando llegaron a su destino porque el barco se detuvo, pero no fue eso lo que lo hizo dejar de hablar, si no la repentina falta de la melodía que los había acompañado durante todo el trayecto y que ahora era reemplazada por la voz nerviosa de alguien.
El pelirrosa miró hacia todas partes, pero no tardó en darse cuenta de que la comedida voz venía de las mismas caracolas que vio antes. Alzó una ceja y se cruzó de brazos, lo que lo hizo sentir el contraste frío de su ropa mojada, lo que lo desconcentró por un segundo en el que terminó respondiendo un “se escucha” a la grabación, para luego sonrojarse al escuchar que la voz aclaraba, precisamente, que no pertenecía a nadie que estuviera cerca.
Escuchó el mensaje con atención… ¿Así que ese era el evento del que les habló Mara? Para eso disponían todos esos vestidos y decoraciones que traían en su barco ahora como camuflaje para poder llegar hasta donde estaban…Pues bien, era mejor dejar lo que era de ellos en ese lugar. No quería problemas en un sitio cuyas reglas desconocía, aunque, eso sí, se aprovecharía una vez más de los vestuarios que les encargó Mara, pues no se bajaría del barco estando con la ropa empapada de agua.
—Jmmm…Maki, Merlot —. Llamó la atención de ambas mujeres. —Bajaré los suministros luego de cambiarme, no pienso presentarme vestido así ante un emperador…porque… ¿Entendí mal o el emperador de esta isla será nuestro anfitrión? Je, cuanta elegancia, ustedes deberían hacer lo mismo y ponerse más decentes —. Sin decir nada más, el médico dio media vuelta, lo que hizo que su cabello trenzado se moviera con gracia, justo antes de perderse en la habitación de su barco.
Cuando salió, había reemplazado las joyas por otras y la túnica roja la cambió por una blanca con rosa y bordados dorados, además, solo para sentirse algo misterioso, porque no sabía si tenía que seguir oculto o no, se colocó sobre su rostro un velo de tela traslúcida que estaba decorado con cadenas doradas, además, se había encargado de secarse su cabello y peinarlo apropiadamente, lo único que discordaba un poco con su apariencia eran unos guantes que ahora cubrían sus manos, pero además de eso…Ninguna tormenta le iba a arrebatar su estilo.
Ahora, sintiéndose como nuevo, aprovechó de aspirar un poco más de esencia de menta, antes de colocársela como perfume en sus muñecas y cuello, justo antes de empezar a bajar los suministros que se supone que habían llevado a la isla, aunque al empezar, se dio cuenta de que alguien, quizá Maki, ya había descargado un par de cajas de suministros.
No eran más que unas diez cajas grandes que dispusieron con rapidez y sin problema justo en la costa, tal como la voz nerviosa de la grabación lo había indicado, luego se sentó sobre una de estas cajas para esperar en su sitio, luciendo como un miembro de la realeza fuera de su palacio, a que Maki y Merlot lo alcanzaran.
—¿Listas? —Preguntó cuando las vio acercarse, Maki luciendo tan agresiva como siempre, pero intimidante, le agradaba su porte, a pesar de su calvicie y Merlot, bueno…ni la peor de las tormentas podría arruinar su divina apariencia, aunque hoy, especialmente, lucía no solo hermosa, si no seductora. —Estuve viendo el sitio y hay unas antorchas por allá, parecen guiar a distintos caminos…deberíamos tomar la antorcha cuatro… ¿Qué dicen? Parece un buen número.
Se levantó sin esperar respuesta y tomó a Merlot del brazo, con Maki simplemente esperó que lo siguiera, para empezar a caminar hacia la antorcha que llevaba al camino número “4”.
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