05-07-2026, 06:00 AM
Un vaho gélido se perdía entre los resquicios de brisa nocturna que llegaban hasta la piel de su rostro. Exhalaba algo parecido a la liberación, o quizás, la búsqueda de un nuevo aire que renovase sus cansadas energías, encontrándose al borde de lo humanamente admisible, incluso y si sus habilidades ya lo hacían sobresalir de entre la media.
A lo lejos, luz. Borrosa ante las profundas respiraciones que lo inundan, más oscura gracias a las gafas de sol negras que utiliza, en una pequeña ironía ya que habitualmente siempre ha odiado a quienes hacen uso de semejante accesorio cuando no habían rayos solares de los cuales protegerse. Pero esa noche no importaba, pues el objetivo del cristal opaco escondiendo sus orbes cerúleos era otro.
Incluso y si el faro resplandecía con una fuerza inusual a cada segundo que vivía en aquella velada.
A veces se repetía dudas alrededor de un único concepto, buscando el mismo brillo en los puntos más oscuros del mundo. Intentando, quizás, encontrarle un significado menos cruel a los hechos que aún torturaban su alma sin descanso aparente, de manera cíclica, tanto que hasta empalagaba al paladar el significado de lo visceral.
Ni siquiera las estrellas conseguían regalarle una respuesta que aliviase su corazón, porque lo que había más allá de la muerte trascendía conceptos como el cielo o el infierno. A veces se preguntaba qué ocurriría si lograba volar, atravesar esa línea difusa entre el suelo mortal al que está anclado, y los sueños lejanos, escondidos entre nubes, o iluminados por el tenue brillo de la luna.
Sonríe. Sabe que tiene trabajo por hacer, y por ello da un último sorbo al refresco de fresa que había comprado para seguir patrullando los alrededores e interiores de la base en Baterilla. Recientemente había sido reasignado a esas labores luego de una buena temporada llena de trabajo, combates y preparativos para lo que sería un operativo a gran escala, atravesando los Cabos Gemelos hasta llegar a un nuevo parque de atracciones. Pero el mundo no se detenía por ello, y aprovechando que prácticamente nunca duerme bien de noche, solicitó el turno de vigía nocturna.
Le tocaba dar un repaso por los pasillos de la estructura, y tras un rato caminando, se encontró de espaldas a una figura que no reconoció. Los pantalones cortos, su silueta femenina y el cabello negro anunciando en ese leve vaivén una serie de pasos que la alejaban consiguieron atraerlo, siguiéndola con lentitud, pues reconoció la dirección elegida.
Buscaba una altura con vistas agradables, ese buen gusto le hizo incrementar la curva en sus labios.
Durante algunos segundos, dejó de pensar en los momentos que casi arruinan su vida, guiado por la estela de la curiosidad. Algo en su pecho reclamaba el deseo por observarla de frente, ponerle cara a la dama errante entre los rincones de la noche, y quién sabe, hasta quizás encontrar una nueva víctima de sus payasadas para hacer más amena una guardia donde literalmente no estaba ocurriendo nada.
Y tras unos breves instantes donde la incertidumbre gobernaba, llegó hasta el final del camino.
Otra vez, ella de espaldas, sentada en el borde, con sus piernas entregándose al vacío. Shin, aún sin ser percibido, pensó alguna forma de sorprenderla, y tras calcularlo mucho poco menos de tres segundos decidió actuar, envolviéndose en el fulgor dorado de su fruta del diablo y avanzando con ímpetu hacia un costado del borde donde la pelinegra estaba ubicada. Esa pequeña estructura le llegaba por la cintura, lo cual era perfecto, porque de manera súbita, la chica desconocida escucharía un grito que la sacaría de sus casillas si estaba tranquila, añorando la soledad.
La exclamación fue acompañada de un choque espectacular contra la piedra, y Hasegawa aprovechó su habilidad para desprender ese elemento lumínico de su cuerpo hacia el vacío, simulando que se desintegró en partículas de, literalmente, luz. Se mantuvo deforme en el aire unos segundos, intentando desconcertarla, hasta recomponerse en sus narices y formar un cuerpo humano nuevamente.
Desde ahí, se pudo apreciar su uniforme oficial. La camisa abotonada blanca, con una chaqueta oversized adornada por los símbolos de la marina, su agraciado rostro, envuelto en el color nieve de sus hebras, tan puro como una noche helada en los hemisferios polares del mundo, y las gafas de sol que no se había quitado, ocultando una mirada cansada. La sonrisa de Hasegawa se mantiene igual que siempre, siendo socarrona y con retazos claros de narcisismo, hasta finalmente pronunciar algunas palabras que diesen sentido a la escenita que la pobre chica acababa de vivir.
—¡Es broma! —hizo el símbolo de la paz, acomodándose en el perfil de la mujer, donde finalmente pudo observarla, aunque su atención pasó del interés por su rostro a la piel expuesta de sus muslos, sintiendo una punzada en el pecho que le hizo tragar saliva, recorriendo la silueta de su cuerpo lentamente hasta dar con las hermosas facciones de su rostro, y perderse otro breve instante en aquellos orbes azules. Los labios de la mujer también se llevaron otro poco de su atención, finos, como si hubiesen sido diseñados con atención estética consciente, dejándolo muy cerca de quedarse sin palabras.
Sin embargo, era un maestro certificado de las habladurías por algo, y pudo recomponerse.
—Si eres un fantasma, dímelo antes de que me enamore de ti. —contrario a la forma en que su nueva compañía se acomodó, Hasegawa se mantuvo de pie, apoyándose con gestos medidos en la estructura de piedra, y de frente al perfil izquierdo de la pelinegra. —No te había visto antes. —entrecierra los ojos detrás de las gafas, acomodándoselas debido a ello, aunque aún sin revelar el tono de su mirada —Y lo sé porque de ser el caso, te recordaría bien. —las formas del albino son encantadoras, con una naturalidad que rozaba lo adictivo. Sabía lo que hacía, y en qué momentos aplicarlo, lo cual podía ser desconcertante con su presentación, porque en ningún momento se detuvo a explicar qué fue lo que hizo.
—Asumiré que eres marine, sino, tendré que invitarte a una cita en nuestros calabozos. —no estaba demasiado lejos de ella, aunque tampoco invadía su espacio personal. Aprovechándose de las gafas, volvió a mirar sus muslos —Quizás pueda ayudarte a no pasar frío. No es una muy buena elección de vestimenta para este tipo de noches. —su voz se hizo dulce, entre tonos algo más graves que los usuales.
Lo de no presentarse terminó siendo a consciencia, optando por el rol de chico misterioso a modo cómico en sus delirios internos. Por dentro sabía que su ego le haría gritar quién es a los cuatro vientos, más con una mujer así de atractiva frente a él.
A lo lejos, luz. Borrosa ante las profundas respiraciones que lo inundan, más oscura gracias a las gafas de sol negras que utiliza, en una pequeña ironía ya que habitualmente siempre ha odiado a quienes hacen uso de semejante accesorio cuando no habían rayos solares de los cuales protegerse. Pero esa noche no importaba, pues el objetivo del cristal opaco escondiendo sus orbes cerúleos era otro.
Incluso y si el faro resplandecía con una fuerza inusual a cada segundo que vivía en aquella velada.
A veces se repetía dudas alrededor de un único concepto, buscando el mismo brillo en los puntos más oscuros del mundo. Intentando, quizás, encontrarle un significado menos cruel a los hechos que aún torturaban su alma sin descanso aparente, de manera cíclica, tanto que hasta empalagaba al paladar el significado de lo visceral.
Ni siquiera las estrellas conseguían regalarle una respuesta que aliviase su corazón, porque lo que había más allá de la muerte trascendía conceptos como el cielo o el infierno. A veces se preguntaba qué ocurriría si lograba volar, atravesar esa línea difusa entre el suelo mortal al que está anclado, y los sueños lejanos, escondidos entre nubes, o iluminados por el tenue brillo de la luna.
Sonríe. Sabe que tiene trabajo por hacer, y por ello da un último sorbo al refresco de fresa que había comprado para seguir patrullando los alrededores e interiores de la base en Baterilla. Recientemente había sido reasignado a esas labores luego de una buena temporada llena de trabajo, combates y preparativos para lo que sería un operativo a gran escala, atravesando los Cabos Gemelos hasta llegar a un nuevo parque de atracciones. Pero el mundo no se detenía por ello, y aprovechando que prácticamente nunca duerme bien de noche, solicitó el turno de vigía nocturna.
Le tocaba dar un repaso por los pasillos de la estructura, y tras un rato caminando, se encontró de espaldas a una figura que no reconoció. Los pantalones cortos, su silueta femenina y el cabello negro anunciando en ese leve vaivén una serie de pasos que la alejaban consiguieron atraerlo, siguiéndola con lentitud, pues reconoció la dirección elegida.
Buscaba una altura con vistas agradables, ese buen gusto le hizo incrementar la curva en sus labios.
Durante algunos segundos, dejó de pensar en los momentos que casi arruinan su vida, guiado por la estela de la curiosidad. Algo en su pecho reclamaba el deseo por observarla de frente, ponerle cara a la dama errante entre los rincones de la noche, y quién sabe, hasta quizás encontrar una nueva víctima de sus payasadas para hacer más amena una guardia donde literalmente no estaba ocurriendo nada.
Y tras unos breves instantes donde la incertidumbre gobernaba, llegó hasta el final del camino.
Otra vez, ella de espaldas, sentada en el borde, con sus piernas entregándose al vacío. Shin, aún sin ser percibido, pensó alguna forma de sorprenderla, y tras calcularlo mucho poco menos de tres segundos decidió actuar, envolviéndose en el fulgor dorado de su fruta del diablo y avanzando con ímpetu hacia un costado del borde donde la pelinegra estaba ubicada. Esa pequeña estructura le llegaba por la cintura, lo cual era perfecto, porque de manera súbita, la chica desconocida escucharía un grito que la sacaría de sus casillas si estaba tranquila, añorando la soledad.
—¡Ooooe! ¡Estás detenida por circular sin permiso!
La exclamación fue acompañada de un choque espectacular contra la piedra, y Hasegawa aprovechó su habilidad para desprender ese elemento lumínico de su cuerpo hacia el vacío, simulando que se desintegró en partículas de, literalmente, luz. Se mantuvo deforme en el aire unos segundos, intentando desconcertarla, hasta recomponerse en sus narices y formar un cuerpo humano nuevamente.
Desde ahí, se pudo apreciar su uniforme oficial. La camisa abotonada blanca, con una chaqueta oversized adornada por los símbolos de la marina, su agraciado rostro, envuelto en el color nieve de sus hebras, tan puro como una noche helada en los hemisferios polares del mundo, y las gafas de sol que no se había quitado, ocultando una mirada cansada. La sonrisa de Hasegawa se mantiene igual que siempre, siendo socarrona y con retazos claros de narcisismo, hasta finalmente pronunciar algunas palabras que diesen sentido a la escenita que la pobre chica acababa de vivir.
—¡Es broma! —hizo el símbolo de la paz, acomodándose en el perfil de la mujer, donde finalmente pudo observarla, aunque su atención pasó del interés por su rostro a la piel expuesta de sus muslos, sintiendo una punzada en el pecho que le hizo tragar saliva, recorriendo la silueta de su cuerpo lentamente hasta dar con las hermosas facciones de su rostro, y perderse otro breve instante en aquellos orbes azules. Los labios de la mujer también se llevaron otro poco de su atención, finos, como si hubiesen sido diseñados con atención estética consciente, dejándolo muy cerca de quedarse sin palabras.
Sin embargo, era un maestro certificado de las habladurías por algo, y pudo recomponerse.
—Si eres un fantasma, dímelo antes de que me enamore de ti. —contrario a la forma en que su nueva compañía se acomodó, Hasegawa se mantuvo de pie, apoyándose con gestos medidos en la estructura de piedra, y de frente al perfil izquierdo de la pelinegra. —No te había visto antes. —entrecierra los ojos detrás de las gafas, acomodándoselas debido a ello, aunque aún sin revelar el tono de su mirada —Y lo sé porque de ser el caso, te recordaría bien. —las formas del albino son encantadoras, con una naturalidad que rozaba lo adictivo. Sabía lo que hacía, y en qué momentos aplicarlo, lo cual podía ser desconcertante con su presentación, porque en ningún momento se detuvo a explicar qué fue lo que hizo.
—Asumiré que eres marine, sino, tendré que invitarte a una cita en nuestros calabozos. —no estaba demasiado lejos de ella, aunque tampoco invadía su espacio personal. Aprovechándose de las gafas, volvió a mirar sus muslos —Quizás pueda ayudarte a no pasar frío. No es una muy buena elección de vestimenta para este tipo de noches. —su voz se hizo dulce, entre tonos algo más graves que los usuales.
Lo de no presentarse terminó siendo a consciencia, optando por el rol de chico misterioso a modo cómico en sus delirios internos. Por dentro sabía que su ego le haría gritar quién es a los cuatro vientos, más con una mujer así de atractiva frente a él.
Let there be light
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