03-07-2026, 10:17 AM
Salir de Arabasta fue un puto infierno para el pelaje de Moja. El viento del desierto todavía soplaba con fuerza cuando soltaron las amarras del Royal Quiver, dejando una costra de polvo rojizo pegada a la resina fresca que el mink había usado para sellar las grietas del mástil mayor. No tuvo tiempo ni de limpiarse bien las garras; el Comandante Stroud ya tenía la vista puesta en las cartas náuticas y en ese maldito recorte de periódico arrugado que hablaba de un juego en los cielos. ¿Islas flotantes? Para un tipo que se guiaba por la escuadra, el cartabón y la lógica marcial de la academia, aquello sonaba a delirio de piratas borrachos. Pero Stroud mandaba, y la División 60 obedecía.
Los días de navegación hacia el punto de confluencia se convirtieron en una rutina de preparación silenciosa en las entrañas de la goleta. Mientras el timonel mantenía el rumbo con esa parsimonia suya tan desquiciante, Moja bajó a la bodega. Había que estibar la carga para lo que venía. Se pasó horas encajonando las herramientas de carpintería, asegurando los barriles de agua —esta vez revisando los cierres tres veces para no repetir lo del viaje anterior— y vigilando que el dichoso walkie blanco de Bertram estuviera en un rincón seguro. El bicho lo miraba con ojos saltones entre la penumbra de las cuadernas. Moja ni le habló, solo le palmeó el lomo con brusquedad antes de tensar las cuerdas que sujetaban las redes de contención. Si el barco iba a bailar, nada podía quedar suelto.
Y vaya si bailó.
Cuando llegaron a las coordenadas, el cielo ya no era cielo; era una losa de plomo que escupía un diluvio torrencial. El agua fría le empapó el pelaje negro en un segundo, apelmazándolo y haciéndole pesar el doble. Moja subió a cubierta justo cuando el mar empezaba a hacer cosas raras. No era oleaje normal. El agua borboteaba desde el fondo, caliente, soltando un vaho espeso que se mezclaba con la lluvia. Parecía una olla exprés a punto de reventar bajo la quilla vieja del Royal.
Entonces el Comandante dio el grito. «¡Asegurad cabos! ¡Desplegad velas!»
Moja no esperó a que Bertram terminara su discursito poético sobre las flechas y el destino. No había tiempo para literatura. Se lanzó hacia las cornamusas de babor, con las manos resbalando por la soga empapada que quemaba la piel al tensarse. El viento arreció de golpe, un aullido ensordecedor que casi tapa esa extraña música celestial que bajaba de las nubes. Justo cuando encajaba el cabo con un nudo marinero, el océano estalló.
Un monstruo de agua blanca se alzó hacia el infinito. La Knock Up Stream.
El impacto lateral casi lo manda de cabeza contra el trancanil. La goleta se inclinó hacia arriba en un ángulo absurdo, vertical, desafiando cualquier ley física que Moja hubiera estudiado. La madera del Royal Quiver protestó con un crujido seco, un gemido agudo que a Moja le dolió en el alma; sabía perfectamente qué cuadernas estaban sufriendo más por la presión. Con las uñas hincadas en la madera de la regala para no deslizarse hacia la popa, que ahora era el abismo, Moja usó toda la fuerza de sus piernas de mink para mantenerse pegado a la estructura. El agua le entraba a cubos por los ojos, cegándolo, pero a través de la cortina de espuma vio un barril salir despedido hacia la nada.
Sintió un nudo de pura rabia en el estómago. Agarró la base del mástil reparado con el brazo derecho, rodeándolo como si fuera su propia vida, mientras con la otra mano intentaba alcanzar una de las trincas que amenazaba con soltarse. Si el mástil cedía ahora, la División 60 no llegaría al cielo; se desintegraría en mil pedazos de madera astillada antes de tocar las nubes.
Los días de navegación hacia el punto de confluencia se convirtieron en una rutina de preparación silenciosa en las entrañas de la goleta. Mientras el timonel mantenía el rumbo con esa parsimonia suya tan desquiciante, Moja bajó a la bodega. Había que estibar la carga para lo que venía. Se pasó horas encajonando las herramientas de carpintería, asegurando los barriles de agua —esta vez revisando los cierres tres veces para no repetir lo del viaje anterior— y vigilando que el dichoso walkie blanco de Bertram estuviera en un rincón seguro. El bicho lo miraba con ojos saltones entre la penumbra de las cuadernas. Moja ni le habló, solo le palmeó el lomo con brusquedad antes de tensar las cuerdas que sujetaban las redes de contención. Si el barco iba a bailar, nada podía quedar suelto.
Y vaya si bailó.
Cuando llegaron a las coordenadas, el cielo ya no era cielo; era una losa de plomo que escupía un diluvio torrencial. El agua fría le empapó el pelaje negro en un segundo, apelmazándolo y haciéndole pesar el doble. Moja subió a cubierta justo cuando el mar empezaba a hacer cosas raras. No era oleaje normal. El agua borboteaba desde el fondo, caliente, soltando un vaho espeso que se mezclaba con la lluvia. Parecía una olla exprés a punto de reventar bajo la quilla vieja del Royal.
Entonces el Comandante dio el grito. «¡Asegurad cabos! ¡Desplegad velas!»
Moja no esperó a que Bertram terminara su discursito poético sobre las flechas y el destino. No había tiempo para literatura. Se lanzó hacia las cornamusas de babor, con las manos resbalando por la soga empapada que quemaba la piel al tensarse. El viento arreció de golpe, un aullido ensordecedor que casi tapa esa extraña música celestial que bajaba de las nubes. Justo cuando encajaba el cabo con un nudo marinero, el océano estalló.
Un monstruo de agua blanca se alzó hacia el infinito. La Knock Up Stream.
El impacto lateral casi lo manda de cabeza contra el trancanil. La goleta se inclinó hacia arriba en un ángulo absurdo, vertical, desafiando cualquier ley física que Moja hubiera estudiado. La madera del Royal Quiver protestó con un crujido seco, un gemido agudo que a Moja le dolió en el alma; sabía perfectamente qué cuadernas estaban sufriendo más por la presión. Con las uñas hincadas en la madera de la regala para no deslizarse hacia la popa, que ahora era el abismo, Moja usó toda la fuerza de sus piernas de mink para mantenerse pegado a la estructura. El agua le entraba a cubos por los ojos, cegándolo, pero a través de la cortina de espuma vio un barril salir despedido hacia la nada.
Sintió un nudo de pura rabia en el estómago. Agarró la base del mástil reparado con el brazo derecho, rodeándolo como si fuera su propia vida, mientras con la otra mano intentaba alcanzar una de las trincas que amenazaba con soltarse. Si el mástil cedía ahora, la División 60 no llegaría al cielo; se desintegraría en mil pedazos de madera astillada antes de tocar las nubes.
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*Pienso* -Hablo- Narro
![[Imagen: 5IZMHzN.jpeg]](https://i.imgur.com/5IZMHzN.jpeg)
