27-06-2026, 12:31 AM
(Última modificación: 27-06-2026, 12:37 AM por Giogio Giant.)
Las alarmas comenzaron a sonar en el piso cinco de Impel Down. Aquel estridente sonido no tardó en propagarse por el Infierno Congelante. Las ondas de sonido reverberaban en los cristales de hielo que cubrían casi la totalidad del piso, en los barrotes de las celdas, e incluso en la vacía cabeza de The Giant. Las luces, aquel ensordecedor ruido y el caos que rápidamente había brotado en aquel lugar eran algo que aquel gargantuesco ser no había sentido en años, décadas, siglos... bah, daba completamente igual. La cantidad es sólo un número, y The Giant no sólo no sabe contar, si no que para saber cuánto tiempo llevaba sin sentir algo parecido, primero tendría que ser mínimamente consciente del paso del tiempo, y del concepto de sentir.
Aquel sobreestímulo hizo que los instintos primarios del gigante se activaran. El primitivo ser olfateaba, como un depredador olfatea para localizar a una presa. El suelo volvió a retumbar, los ladrillos de la pared crujieron nuevamente. Esta vez, una grieta apareció en la pared frontal, junto a la reja. Los ojos del coloso, aquellos ojos que habían estado cerrados por años, se abrieron y se mantuvieron fijos en aquella grieta, minúscula para quien la observaba. La voz del vicealcaide Vangeance comenzó a sonar por los intercomunicadores. Aquella voz no era sólo completamente desconocida para The Giant, si no también absolutamente insignificante. Toda la atención de aquel preso estaba puesta en aquella pequeña grieta. Como dirían algunos, esa grieta ocupaba todos sus pensamientos, si siquiera tuviera la capacidad de pensar. Tan pronto como el olor de QuimePengin se hizo más tenue, el cuerpo de The Giant se movió por cuenta propia. Estiró el brazo derecho, arrancando con aquel movimiento la parte de la pared que sujetaba las cadenas que trataban de inmovilizar a aquella bestia. Los robustos dedos de su enorme mano se clavaron en aquella grieta, ensanchándola hasta que introdujo la mano por completo. Un desgarrador chirrido acompañó a la deformación de la enorme reja de la celda. Con un brusco movimiento, aquella red de metal de más de veinte toneladas salió volando, arrasando con cuantos árboles, rocas, animales y personas encontrara por su camino, hasta tocar tierra a más de cien metros del lugar inicial.
The Giant emitió un soplido, el cual hizo volar los escombros de la celda y disipó el polvo de los alrededores, aniquilando a cualquier pequeño diablo que hubiera sobrevivido por gracia divina a la destrucción anterior. Una enorme mano se aferró al costado derecho de lo que hasta hacía unos instantes era la pared de la celda. A esta mano le siguió otra, en el lado opuesto. El colosal tamaño del ser que salió de aquel agujero era tal que la sombra que proyectaba a su alrededor impedía ver a cualquiera que allí se encontrara. El piso entero tembló, más incluso que con los impactos previos de El Puño. El piso volvió a temblar, y tembló otra vez. Un agujero se formó en el techo, y de él comenzó a caer sangre. El olor de aquel líquido hirviente atrajo al gigante, quien actuaba guiado únicamente por su instinto.
Con un poderoso rugido que quebró cualquier cristal de hielo que pudiera quedar en el llamado Infierno Congelante y tal y como había hecho anteriormente en la celda que lo había albergado durante un tiempo que transcendía generaciones, Giogio Giant se abrió paso, utilizando esta vez su mano izquierda en primer lugar, seguida de la mano derecha. El agujero se ensanchó de manera indescriptible con una suerte de agónicos crujidos metálicos. A las colosales manos les siguieron los brazos, y a estos una gargantuesca cabeza cornuda, la cual esta vez era perfectamente visible, por no decir inevitable. Aquel ser más cercano a un animal que a una persona se detuvo, con la mitad de su cuerpo a cada lado de aquel agujero. En completo silencio, dirigió su mirada a aquellos insignificantes seres que se habían congregado por azares del destino frente a él. Tal vez otro hubiera hecho algún comentario gracioso, o se hubiera burlado de alguno de los allí presentes, pero no The Giant. The Giant no participaba en conversaciones banales. De hecho, no participa en conversaciones de ningún tipo. Para eso, hay que conocer algun idioma en común con tu interlocutor y The Giant conoce un único idioma, el de la violencia.
Por eso mismo, el gargantuesco pirata se limitó a emitir un segundo rugido, más potente todavía que el anterior. Un poderoso rugido que hizo estremecerse las cabelleras y las camisas de los allí presentes salvo los de Bruno Calderón, quien no tenía ni lo uno ni lo otro.
Aquel sobreestímulo hizo que los instintos primarios del gigante se activaran. El primitivo ser olfateaba, como un depredador olfatea para localizar a una presa. El suelo volvió a retumbar, los ladrillos de la pared crujieron nuevamente. Esta vez, una grieta apareció en la pared frontal, junto a la reja. Los ojos del coloso, aquellos ojos que habían estado cerrados por años, se abrieron y se mantuvieron fijos en aquella grieta, minúscula para quien la observaba. La voz del vicealcaide Vangeance comenzó a sonar por los intercomunicadores. Aquella voz no era sólo completamente desconocida para The Giant, si no también absolutamente insignificante. Toda la atención de aquel preso estaba puesta en aquella pequeña grieta. Como dirían algunos, esa grieta ocupaba todos sus pensamientos, si siquiera tuviera la capacidad de pensar. Tan pronto como el olor de QuimePengin se hizo más tenue, el cuerpo de The Giant se movió por cuenta propia. Estiró el brazo derecho, arrancando con aquel movimiento la parte de la pared que sujetaba las cadenas que trataban de inmovilizar a aquella bestia. Los robustos dedos de su enorme mano se clavaron en aquella grieta, ensanchándola hasta que introdujo la mano por completo. Un desgarrador chirrido acompañó a la deformación de la enorme reja de la celda. Con un brusco movimiento, aquella red de metal de más de veinte toneladas salió volando, arrasando con cuantos árboles, rocas, animales y personas encontrara por su camino, hasta tocar tierra a más de cien metros del lugar inicial.
The Giant emitió un soplido, el cual hizo volar los escombros de la celda y disipó el polvo de los alrededores, aniquilando a cualquier pequeño diablo que hubiera sobrevivido por gracia divina a la destrucción anterior. Una enorme mano se aferró al costado derecho de lo que hasta hacía unos instantes era la pared de la celda. A esta mano le siguió otra, en el lado opuesto. El colosal tamaño del ser que salió de aquel agujero era tal que la sombra que proyectaba a su alrededor impedía ver a cualquiera que allí se encontrara. El piso entero tembló, más incluso que con los impactos previos de El Puño. El piso volvió a temblar, y tembló otra vez. Un agujero se formó en el techo, y de él comenzó a caer sangre. El olor de aquel líquido hirviente atrajo al gigante, quien actuaba guiado únicamente por su instinto.
Con un poderoso rugido que quebró cualquier cristal de hielo que pudiera quedar en el llamado Infierno Congelante y tal y como había hecho anteriormente en la celda que lo había albergado durante un tiempo que transcendía generaciones, Giogio Giant se abrió paso, utilizando esta vez su mano izquierda en primer lugar, seguida de la mano derecha. El agujero se ensanchó de manera indescriptible con una suerte de agónicos crujidos metálicos. A las colosales manos les siguieron los brazos, y a estos una gargantuesca cabeza cornuda, la cual esta vez era perfectamente visible, por no decir inevitable. Aquel ser más cercano a un animal que a una persona se detuvo, con la mitad de su cuerpo a cada lado de aquel agujero. En completo silencio, dirigió su mirada a aquellos insignificantes seres que se habían congregado por azares del destino frente a él. Tal vez otro hubiera hecho algún comentario gracioso, o se hubiera burlado de alguno de los allí presentes, pero no The Giant. The Giant no participaba en conversaciones banales. De hecho, no participa en conversaciones de ningún tipo. Para eso, hay que conocer algun idioma en común con tu interlocutor y The Giant conoce un único idioma, el de la violencia.
Por eso mismo, el gargantuesco pirata se limitó a emitir un segundo rugido, más potente todavía que el anterior. Un poderoso rugido que hizo estremecerse las cabelleras y las camisas de los allí presentes salvo los de Bruno Calderón, quien no tenía ni lo uno ni lo otro.
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