25-06-2026, 11:34 PM
La sutil tensión que se generó tras sus palabras no pasó desapercibida para el pelinegro. Aunque Miyori se esforzaba por mantener aquella sonrisa perenne en su rostro, la agudeza mental del erudito detectó el instante preciso en que el compás de la música dejó de importarle a la joven. Sus orbes esmeralda, gélidos y analíticos, captaron la cautela en su voz y cómo desvió la mirada hacia la hilera de puestos comerciales, buscando un refugio visual en la cotidianidad del mercado. Ella buscaba una lógica pacífica en un mar que carecía de ella; un rasgo de nobleza absurda que a Dharma le causaba una mezcla entre desdén y una fría fascinación científica.
— Hmmm... — El murmullo gravoso del oriundo de Wano vibró con parsimonia mientras mantenía los brazos cruzados, deteniendo su andar justo a la par de los quioscos dedicados a remedios e ingredientes exóticos. Como médico, sus ojos esmeralda identificaron al instante un par de raíces de jengibre marino y hojas de té sedante sobre los mostradores, pero no se distrajo. El debate moral que Miyori sostenía consigo misma era mucho más interesante.
— ¿Destruir lo que estorba? — repitió Dharma en un tono neutro, repitiendo la duda de la pelinaranja sin un ápice de alteración en su postura. — Significa eficiencia, Miyori.— Pausaba unos instantes, mientras su mirada se ajustaba hacia los ojos de la chica, no ha manera de intimidarla, mas bien intentándole mostrar la realidad de algo, una verdad. — El mar es un cuerpo vivo, y cuando una extremidad se pudre por la codicia o la malicia, el diálogo no la cura. Se extirpa. —
El pirata avanzó un paso más, permitiendo que la luz dorada del atardecer dibujara las sombras de su imponente figura sobre el suelo. Escuchó con total serenidad la propuesta de la joven sobre el diálogo y los acuerdos mutuos, observando de reojo a la anciana y a los niños que jugaban con cintas a pocos metros. Escenas idílicas, pacíficas... e increíblemente frágiles.— Y Bro... el diálogo solo suele funcionar entre iguales — continuó el espadachín, soltando un suspiro tenue mientras su voz se revestía de esa superioridad aplastante y filosófica que lo caracterizaba —. Intentar dialogar con un monstruo o con un Marine corrupto como el que mencionaste, además de inútil es demasiado soñador.— Suspiro levemente, su tono de voz se mantenía invariable, seguro y sin titubeo alguno. — La paz que tú sugieres es un lujo de los fuertes; los débiles solo obtienen sumisión disfrazada de acuerdo. —
Antes de que la discusión filosófica pudiera extenderse, el giro del camino hacia la derecha los obligó a encarar el verdadero bullicio del puerto. Un grupo de isleños y artistas callejeros bloqueaba por completo la avenida principal con un despliegue de tambores, flautines y telas de colores que giraban en el aire. La música se volvió envolvente, contagiosa para la multitud, y Dharma observó con un desapego absoluto cómo Miyori comenzaba a aplaudir suavemente al ritmo de la percusión, mimetizándose con la calidez del festival. El contraste entre ambos volvía a ser absoluto: ella era la luz del atardecer; él, la sombra persistente del callejón. Cuando la joven se detuvo ante el paso cerrado y giró el rostro para preguntarle si debían regresar, Dharma descruzó los brazos con total naturalidad. Sus manos descendieron de forma instintiva hacia los costados de su torso, rozando las sujeciones de cuero donde descansaban sus espadas gemelas, no en actitud de amenaza, sino como el recordatorio perenne de su propia seguridad. Evaluó el tumulto, las salidas laterales y la vibración de los tambores que tanto parecían fascinar a su acompañante.
— Esperar, a veces es lo ideal — contestó Dharma, su voz grave abriéndose paso con tranquilidad por encima del tintineo de los platillos. — Pareces disfrutar bastante de este alboroto... aunque parece cotidiano para ellos. — El pelinegro se mantuvo estático a su lado, con sus expresiones frígidas y distantes, pero con los sentidos completamente agudizados. Aunque el ambiente desbordaba festividad y alegría, en el Grand Line los tumultos eran el escenario perfecto para los carteristas, los cazarrecompensas o las sorpresas desagradables. Y Dharma no pensaba parpadear. Si bien no estaba enojado ni a disgusto, tampoco parecía sentir una alegría genuina, pero algo en ese ambiente reflejaba una paz que parecía idílica, algo de cuentos e historias. Lo que decía el pirata, era a su manera algo amable, aceptando que podía participar de observar dicha situación, que no era algo usual para él, pero siempre alerta.
— Hmmm... — El murmullo gravoso del oriundo de Wano vibró con parsimonia mientras mantenía los brazos cruzados, deteniendo su andar justo a la par de los quioscos dedicados a remedios e ingredientes exóticos. Como médico, sus ojos esmeralda identificaron al instante un par de raíces de jengibre marino y hojas de té sedante sobre los mostradores, pero no se distrajo. El debate moral que Miyori sostenía consigo misma era mucho más interesante.
— ¿Destruir lo que estorba? — repitió Dharma en un tono neutro, repitiendo la duda de la pelinaranja sin un ápice de alteración en su postura. — Significa eficiencia, Miyori.— Pausaba unos instantes, mientras su mirada se ajustaba hacia los ojos de la chica, no ha manera de intimidarla, mas bien intentándole mostrar la realidad de algo, una verdad. — El mar es un cuerpo vivo, y cuando una extremidad se pudre por la codicia o la malicia, el diálogo no la cura. Se extirpa. —
El pirata avanzó un paso más, permitiendo que la luz dorada del atardecer dibujara las sombras de su imponente figura sobre el suelo. Escuchó con total serenidad la propuesta de la joven sobre el diálogo y los acuerdos mutuos, observando de reojo a la anciana y a los niños que jugaban con cintas a pocos metros. Escenas idílicas, pacíficas... e increíblemente frágiles.— Y Bro... el diálogo solo suele funcionar entre iguales — continuó el espadachín, soltando un suspiro tenue mientras su voz se revestía de esa superioridad aplastante y filosófica que lo caracterizaba —. Intentar dialogar con un monstruo o con un Marine corrupto como el que mencionaste, además de inútil es demasiado soñador.— Suspiro levemente, su tono de voz se mantenía invariable, seguro y sin titubeo alguno. — La paz que tú sugieres es un lujo de los fuertes; los débiles solo obtienen sumisión disfrazada de acuerdo. —
Antes de que la discusión filosófica pudiera extenderse, el giro del camino hacia la derecha los obligó a encarar el verdadero bullicio del puerto. Un grupo de isleños y artistas callejeros bloqueaba por completo la avenida principal con un despliegue de tambores, flautines y telas de colores que giraban en el aire. La música se volvió envolvente, contagiosa para la multitud, y Dharma observó con un desapego absoluto cómo Miyori comenzaba a aplaudir suavemente al ritmo de la percusión, mimetizándose con la calidez del festival. El contraste entre ambos volvía a ser absoluto: ella era la luz del atardecer; él, la sombra persistente del callejón. Cuando la joven se detuvo ante el paso cerrado y giró el rostro para preguntarle si debían regresar, Dharma descruzó los brazos con total naturalidad. Sus manos descendieron de forma instintiva hacia los costados de su torso, rozando las sujeciones de cuero donde descansaban sus espadas gemelas, no en actitud de amenaza, sino como el recordatorio perenne de su propia seguridad. Evaluó el tumulto, las salidas laterales y la vibración de los tambores que tanto parecían fascinar a su acompañante.
— Esperar, a veces es lo ideal — contestó Dharma, su voz grave abriéndose paso con tranquilidad por encima del tintineo de los platillos. — Pareces disfrutar bastante de este alboroto... aunque parece cotidiano para ellos. — El pelinegro se mantuvo estático a su lado, con sus expresiones frígidas y distantes, pero con los sentidos completamente agudizados. Aunque el ambiente desbordaba festividad y alegría, en el Grand Line los tumultos eran el escenario perfecto para los carteristas, los cazarrecompensas o las sorpresas desagradables. Y Dharma no pensaba parpadear. Si bien no estaba enojado ni a disgusto, tampoco parecía sentir una alegría genuina, pero algo en ese ambiente reflejaba una paz que parecía idílica, algo de cuentos e historias. Lo que decía el pirata, era a su manera algo amable, aceptando que podía participar de observar dicha situación, que no era algo usual para él, pero siempre alerta.
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