21-06-2026, 10:58 PM
El viaje había durado algo más de un mes, pero fue un mes relativamente tranquilo. Como carpintero, poco trabajo tuvo en aquel barco. Los galeones eran muy resistentes y Kisuke un navegante excelente, después de todo. Además, como no era le barco propio del escuadrón, las reparaciones de los pequeños desperfectos provocados por cualquier causa durante el viaje las efectuarían los operarios del astillero de la Revolución, no él. En el poco tiempo que duró el viaje, Bambú aprovechó para ir conociendo algo mejor a sus compañeros. Dean era, tal y como parecía desde el primer momento, el más normal de los cuatro. El resto estaban como cabras. Ninguno se acordaba nunca del panda cuando se los cruzaba por el galeón, y eso que era el único mink en el barco a parte de Berry. Kelvin repetía su muletilla a cada rato y Shirohime y Berry... Tuvo que reducir el radio de su kenbunshoku para mantenerlo fuera de los camarotes que habitualmente compartían. Empezaba a ser incómodo percibirlas juntas tan a menudo. Quitando sus evidentes extravagancias, eran buena gente. Estaba deseando pisar tierra firme y ponerse a trabajar con ellos, ya que no podría entrenarlos cómodamente en aquel galeón. No si quería preservar su estructura intacta, claro.
Hacía frío. El invierno era más crudo cuando se encontraba cerca de su mitad y hacía poco que la habían abandonado. Bambú tenía que vestir gruesas ropas para no helarse de frío, ya que su pelaje funcionaba mejor como aislante térmico para el calor que para el frío. Aquel día, más o menos a las 12, Bambú estaba en una de las estancias del galeón que actuaba como despensa recogiendo los ingredientes necesarios para preparar la comida del día. No es que la fuera a cocinar él, pero le gustaba echar un cable en la cocina para matar el rato. Hacía una sopa pasable y un estofado que se podía comer. Mientras dejaba tres sacos de patatas sobre la encimera del sufrido mozo de cocinas, el llamado del deber le llegó a través de uno de los reclutas de turno, que le avisó de que el comandante le necesitaba en la cubierta.
Rápidamente, Bambú se personó allí donde debía ser comandando y, como siempre, se le asignó la labor del ancla. Era lo habitual, porque el mink era una mole de puro músculo y no le importaba hacerse cargo de las tareas más toscas en las que no hubiera que saber mucho de navegación. Sin darle muchas vueltas, se posicionó en la parte trasera del barco con el ancla apoyada en su hombro y sujeta por su mano derecha. Según el galeón disminuía en velocidad, Bambú tiró el ancla para que la enorme estructura metálica se enganchase con el fondo y detuviese el navío al lado del embarcadero. —¡Todo listo comandante! Dense vida camaradas, ¡hemos llegado a casa! —Pregonó bastante animado, dirigiéndose a paso ligero hacia la zona donde la pasarela conectaría el galeón con el embarcadero. Tomó aire, hinchándose los pulmones del fresco aire de Mogaro, admirando su libertario paisaje.
Hacía frío. El invierno era más crudo cuando se encontraba cerca de su mitad y hacía poco que la habían abandonado. Bambú tenía que vestir gruesas ropas para no helarse de frío, ya que su pelaje funcionaba mejor como aislante térmico para el calor que para el frío. Aquel día, más o menos a las 12, Bambú estaba en una de las estancias del galeón que actuaba como despensa recogiendo los ingredientes necesarios para preparar la comida del día. No es que la fuera a cocinar él, pero le gustaba echar un cable en la cocina para matar el rato. Hacía una sopa pasable y un estofado que se podía comer. Mientras dejaba tres sacos de patatas sobre la encimera del sufrido mozo de cocinas, el llamado del deber le llegó a través de uno de los reclutas de turno, que le avisó de que el comandante le necesitaba en la cubierta.
Rápidamente, Bambú se personó allí donde debía ser comandando y, como siempre, se le asignó la labor del ancla. Era lo habitual, porque el mink era una mole de puro músculo y no le importaba hacerse cargo de las tareas más toscas en las que no hubiera que saber mucho de navegación. Sin darle muchas vueltas, se posicionó en la parte trasera del barco con el ancla apoyada en su hombro y sujeta por su mano derecha. Según el galeón disminuía en velocidad, Bambú tiró el ancla para que la enorme estructura metálica se enganchase con el fondo y detuviese el navío al lado del embarcadero. —¡Todo listo comandante! Dense vida camaradas, ¡hemos llegado a casa! —Pregonó bastante animado, dirigiéndose a paso ligero hacia la zona donde la pasarela conectaría el galeón con el embarcadero. Tomó aire, hinchándose los pulmones del fresco aire de Mogaro, admirando su libertario paisaje.
