11-06-2026, 10:41 PM
Día 27 de Invierno, Año 17
23:47
23:47
La fortaleza revolucionaria de Báltigo enmudecía paulatinamente según la medianoche se acercaba. La luna, casi llena en todo su esplendor, iluminaba a través de los ventanales el pabellón de entrenamiento número 8, donde a estas avanzadas horas de la noche no había nadie. Nadie, claro, excepto una persona.
Don Bambú no era un mink trasnochador, pero de un tiempo a esta parte le había estado agobiando el bullicio de la fortaleza. Había mucha gente, demasiada, y aunque todos ellos eran revolucionarios de buen corazón uno necesitaba su propio espacio. O por lo menos su propia cama. Los catres estaban a rebosar aquella noche y aunque el mariscal podría tirar fácilmente de galones para hacerse con una cama para él solo, no le parecía justo privar a un pobre recluta de su sueño reparador en propio beneficio. Tampoco tenía sueño. La cercanía de una luna llena se lo arrancaba despiadadamente, dejándole una sensación de intranquilidad sobrenatural. El sulong le llamaba, pero no era el momento ni el lugar de dejarse llevar por sus instintos más salvajes. Debía guardar las formas y la compostura si no quería dejar en mal lugar al Ejército. Había, además, otras formas más productivas de liberar el estrés. En aquellos momentos Don Bambú se encontraba entrenando. Era tarde, sí, y los pabellones estarían normalmente cerrados, pero hacer uso de su elevado rango en aquella ocasión no podía causarle daño a nadie, ¿verdad?
El sonido del hierro contra el hierro inundaba la extensa sala. En cada brazo, Bambú portaba enormes barras de metal rebosantes de discos de hierro con cifras absurdas escritas donde debía indicarse el peso. El sufrido metal se combaba al soportar la pesada carga de 800 kilogramos que llevaba cada una. Dejar caer una de aquellas barras causaría tal estruendo que despertaría a media base revolucionaria sin lugar a dudas. Pero el panda no las iba a dejar caer. Las levantaba con ligereza, a penas estresando los músculos de sus brazos y sin resollar siquiera ante la falta de esfuerzo por su parte. Aquello era más bien un calentamiento, si era digno de tal nombre. —Podría ir al pabellón de al lado a por otro juego de discos... —Se lo planteaba, de verdad que sí. Sin embargo, no quería importunar una segunda vez al mozo de las llaves. —Bueno, mejor no, me apañaré con esto. —Cerró los ojos suspirando, llevando su mente por otros derroteros para no pensar en el ejercicio que estaba haciendo con el fin de no aburrirse.
Don Bambú no era un mink trasnochador, pero de un tiempo a esta parte le había estado agobiando el bullicio de la fortaleza. Había mucha gente, demasiada, y aunque todos ellos eran revolucionarios de buen corazón uno necesitaba su propio espacio. O por lo menos su propia cama. Los catres estaban a rebosar aquella noche y aunque el mariscal podría tirar fácilmente de galones para hacerse con una cama para él solo, no le parecía justo privar a un pobre recluta de su sueño reparador en propio beneficio. Tampoco tenía sueño. La cercanía de una luna llena se lo arrancaba despiadadamente, dejándole una sensación de intranquilidad sobrenatural. El sulong le llamaba, pero no era el momento ni el lugar de dejarse llevar por sus instintos más salvajes. Debía guardar las formas y la compostura si no quería dejar en mal lugar al Ejército. Había, además, otras formas más productivas de liberar el estrés. En aquellos momentos Don Bambú se encontraba entrenando. Era tarde, sí, y los pabellones estarían normalmente cerrados, pero hacer uso de su elevado rango en aquella ocasión no podía causarle daño a nadie, ¿verdad?
El sonido del hierro contra el hierro inundaba la extensa sala. En cada brazo, Bambú portaba enormes barras de metal rebosantes de discos de hierro con cifras absurdas escritas donde debía indicarse el peso. El sufrido metal se combaba al soportar la pesada carga de 800 kilogramos que llevaba cada una. Dejar caer una de aquellas barras causaría tal estruendo que despertaría a media base revolucionaria sin lugar a dudas. Pero el panda no las iba a dejar caer. Las levantaba con ligereza, a penas estresando los músculos de sus brazos y sin resollar siquiera ante la falta de esfuerzo por su parte. Aquello era más bien un calentamiento, si era digno de tal nombre. —Podría ir al pabellón de al lado a por otro juego de discos... —Se lo planteaba, de verdad que sí. Sin embargo, no quería importunar una segunda vez al mozo de las llaves. —Bueno, mejor no, me apañaré con esto. —Cerró los ojos suspirando, llevando su mente por otros derroteros para no pensar en el ejercicio que estaba haciendo con el fin de no aburrirse.
Datos
