11-06-2026, 03:11 PM
—¡Tonta! ¡Debiste irte!
—¡¿Porqué nos insultas de esta manera?! ¡Tenemos derecho a elegir cómo luchar!
Los dos miraron a Miyori con claro desagrado. Se sentían insultados más por las acciones de la pirata que por los enemigos que, claramente, los superaban en número. Podría ser alguna costumbre de la tierra de la que venían. O a lo mejor era la forma que tenían para declarar que no tenían nada que ver con ella para que los enemigos que estaban al frente no se desquitaran con la joven también. Estaban bastante molestos y Miyori notaría que Akane le dedicaba una mirada especial de odio, una que Miyori no habría notado sino en aquellos que se habían parado frente a ella con intenciones de dañarla.
Hiruzen, por su parte, la miraba con decepción y tristeza. Al notar que Akane ardía en rencor, trató de hacerla reaccionar, ya que parecía olvidar la amenaza que representaban aquellos espadachines también.
—Akane. No te distraigas. El enemigo real está en frente.
Esto hizo que la mujer de cabellos castaños volteara la cabeza con fiereza a los espadachines. El choque de voluntades era fuerte y se sentía que la tensión escalaba a niveles peligrosos. Y es que se podía prever que iban a combatir, eso era obvio; pero lo que no se podía prever era la magnitud de la batalla. Se sentía que tanto Hiruzen como Akane eran, individualmente, más fuertes que los espadachines. Pero en aquella ocnfiguración de pelea, cualquier cosa podría ocurrir. Y eso, precisamente, es lo que hacía que la escena fuera tan cortante como el acero que aquellos guerreros del país de Wa portaban.
Entonces, fue cuando uno de los espadachines habló. Y lo que dijo sería cruel.
—Podemos ignorar que los hemos visto. Pero van a tener que acabar con ella. —Dijo el hombre mientras apuntaba a Miyori con la punta de su espada—. Denme su cabeza y diremos que a ustedes se los tragó el mar luego de que esta mujer quisiera ayudarlos. Su cabeza será la evidencia para nuestro patrón. Nos iremos y los dejaremos en paz.
Uno de los espadachines quiso protestar, pues parecía que ese no era el trato original, pero los otros lo detuvieron y sileciaron. No hubo más que decir. El plan parecía estar bien. Bien que mal, había rumores sobre la pirata de cabellos anaranjados y podría creerse lo que se estaba contando.
Pero lo que estaban proponiendo también era una falta de honor terrible. Incluso para los mismos espadachines... se podía ver lo cruel y terrible que era el líder de aquél grupo de vigilantes. Hiruzen negaría con la cabeza hacia Akane, advirtiendo que era una mala idea. Pero Akane se sentía ofendida. Bastante. Y fue ésta la que se giró para quedar frente a la pirata. Sus ojos se llenaban de lágrimas, pues le dolía lo que estaba haciendo.
—Eres inocente en este incordio, Miyo-san. Pero tu no sabes lo que Hiruzen y yo hemos vivido. Tu no sabes lo que estos ojos, ya viejos, han visto. Y no sabes lo mucho que nos ha costado llegar hasta aquí. Hemos perdido mucho. Y solo tuvimos una gran victoria: Nuestra libertad. La libertad de vivir a nuestras anchas y sin deberle a nadie. Y ahora que esto ocurre, tu apareces y vienes a crearnos deuda... contigo, además. Nos has insultado. ¿Acaso somos tan miserables como para no defendernos por nuestra cuenta?
Parecía más bien querer justificarse y no sentir culpa por lo que iba a hacer. Pero asímismo hablaba con el corazón herido. Después de todo, Akane y Hiruzen eran guerreros consagrados. Sus batallas eran solo de ellos. Y que alguien más quisiera cambiar eso, aunque estuvieran fuera de su tierra, era una gran ofensa para aquella mujer que empuñabana las dagas.
—Tomaré tu cabeza.
Dijo entonces Akane y suspiró.
Hiruzen enredó su codo con el de Akane y la miró de manera severa, luego señaló a los espadachines con la mirada, suplicándole silenciosamente que considerara mejor a sus objetivos. Y aquél conflicto causó que los espadachines se soltaran a reír. Parecía que se divertían viendo aquella discordia en el improvisado grupo.
—¡¿Porqué nos insultas de esta manera?! ¡Tenemos derecho a elegir cómo luchar!
Los dos miraron a Miyori con claro desagrado. Se sentían insultados más por las acciones de la pirata que por los enemigos que, claramente, los superaban en número. Podría ser alguna costumbre de la tierra de la que venían. O a lo mejor era la forma que tenían para declarar que no tenían nada que ver con ella para que los enemigos que estaban al frente no se desquitaran con la joven también. Estaban bastante molestos y Miyori notaría que Akane le dedicaba una mirada especial de odio, una que Miyori no habría notado sino en aquellos que se habían parado frente a ella con intenciones de dañarla.
Hiruzen, por su parte, la miraba con decepción y tristeza. Al notar que Akane ardía en rencor, trató de hacerla reaccionar, ya que parecía olvidar la amenaza que representaban aquellos espadachines también.
—Akane. No te distraigas. El enemigo real está en frente.
Esto hizo que la mujer de cabellos castaños volteara la cabeza con fiereza a los espadachines. El choque de voluntades era fuerte y se sentía que la tensión escalaba a niveles peligrosos. Y es que se podía prever que iban a combatir, eso era obvio; pero lo que no se podía prever era la magnitud de la batalla. Se sentía que tanto Hiruzen como Akane eran, individualmente, más fuertes que los espadachines. Pero en aquella ocnfiguración de pelea, cualquier cosa podría ocurrir. Y eso, precisamente, es lo que hacía que la escena fuera tan cortante como el acero que aquellos guerreros del país de Wa portaban.
Entonces, fue cuando uno de los espadachines habló. Y lo que dijo sería cruel.
—Podemos ignorar que los hemos visto. Pero van a tener que acabar con ella. —Dijo el hombre mientras apuntaba a Miyori con la punta de su espada—. Denme su cabeza y diremos que a ustedes se los tragó el mar luego de que esta mujer quisiera ayudarlos. Su cabeza será la evidencia para nuestro patrón. Nos iremos y los dejaremos en paz.
Uno de los espadachines quiso protestar, pues parecía que ese no era el trato original, pero los otros lo detuvieron y sileciaron. No hubo más que decir. El plan parecía estar bien. Bien que mal, había rumores sobre la pirata de cabellos anaranjados y podría creerse lo que se estaba contando.
Pero lo que estaban proponiendo también era una falta de honor terrible. Incluso para los mismos espadachines... se podía ver lo cruel y terrible que era el líder de aquél grupo de vigilantes. Hiruzen negaría con la cabeza hacia Akane, advirtiendo que era una mala idea. Pero Akane se sentía ofendida. Bastante. Y fue ésta la que se giró para quedar frente a la pirata. Sus ojos se llenaban de lágrimas, pues le dolía lo que estaba haciendo.
—Eres inocente en este incordio, Miyo-san. Pero tu no sabes lo que Hiruzen y yo hemos vivido. Tu no sabes lo que estos ojos, ya viejos, han visto. Y no sabes lo mucho que nos ha costado llegar hasta aquí. Hemos perdido mucho. Y solo tuvimos una gran victoria: Nuestra libertad. La libertad de vivir a nuestras anchas y sin deberle a nadie. Y ahora que esto ocurre, tu apareces y vienes a crearnos deuda... contigo, además. Nos has insultado. ¿Acaso somos tan miserables como para no defendernos por nuestra cuenta?
Parecía más bien querer justificarse y no sentir culpa por lo que iba a hacer. Pero asímismo hablaba con el corazón herido. Después de todo, Akane y Hiruzen eran guerreros consagrados. Sus batallas eran solo de ellos. Y que alguien más quisiera cambiar eso, aunque estuvieran fuera de su tierra, era una gran ofensa para aquella mujer que empuñabana las dagas.
—Tomaré tu cabeza.
Dijo entonces Akane y suspiró.
Hiruzen enredó su codo con el de Akane y la miró de manera severa, luego señaló a los espadachines con la mirada, suplicándole silenciosamente que considerara mejor a sus objetivos. Y aquél conflicto causó que los espadachines se soltaran a reír. Parecía que se divertían viendo aquella discordia en el improvisado grupo.
Viejas notas, nuevos sonidos

![[Imagen: o32YH2T.png]](https://i.imgur.com/o32YH2T.png)