10-06-2026, 11:16 PM
Cuando la reunión terminó y los altos mandos del Ejército desaparecieron para dejar a los comandantes informar a las tropas de los siguientes pasos. Debían reorganizarse y Don Bambú sabía muy bien que esta era una oportunidad única para los Toros Negros. Llevaban años con los efectivos muy bajos, viajando y mejorando como buenamente podían con un grupo de números irregulares. Mogaro debía de convertirse en el astillero más importante del Nuevo Mundo para el Ejército y lo cierto es que la tarea era demasiado pesada como para que Kisuke y Bambú lo gestionaran solos. Necesitaban sí o sí algo de ayuda y también necesitaban transmitir su experiencia y sus conocimientos para que la Revolución pudiera continuar creciendo incluso cuando ellos ya no estuvieran. Si algo sabía el panda, es que la vida revolucionaria puede ser muy breve.
Mientras que Kisuke, en calidad de comandante, tenía asignado un despacho propio con su propia cama y todo lo necesario para realizar las tareas de gestión propias del cargo, Don Bambú se había conformado con una cama más en los barracones de Báltigo. Esto ya de por sí era un lujo, porque había tantísima gente allí reunida que la mayor parte de reclutas habían tenido que compartir cama o turnarse para dormir. La gente le conocía. Esto era algo a lo que poco a poco se había ido acostumbrando. Al parecer circulaban historias del panda y de Kisuke por entre los miembros del Ejército, a veces exageradas, sobre sus hazañas. Cuando caminaba por los pasillos, los reclutas miraban al mink con admiración. Algunos se sorprendían de lo grande que era, otros se lo habían imaginado más grande todavía. Ninguno se atrevió a pedirle un autógrafo, seguramente por la cara de pocos amigos que parecía tener el mink, cuya composición facial en estado neutro de emoción resultaba terrorífica. Don Bambú era, al fin y al cabo, un hombre oso de casi cuatro metros de altura con dientes muy afilados y expresión seria.
Aquella noche durmió poco. La emoción no le había dejado. Cada vez que cerraba los ojos, vívidas imágenes de los cuatro comandantes le asaltaban. La severidad de Vallerie, el misterio que rodeaba a Porco, la gallardía de Kisuke y las bamboleantes pelotas doradas de Ick. La mano del Ejército ejecutando a un traidor en menos de un segundo. Las alas llameantes de la Comandante Suprema...
Se despertó a las seis de la mañana y cedió su catre al siguiente, como todo el mundo, para dirigirse a la cafetería a por un desayuno cuantioso y, después del desayuno, al despacho de Kisuke para tratar el asunto de la reorganización de efectivos. No le sorprendió que Kisuke tampoco hubiera dormido muy bien. La noche había sido emocionante y formar parte de la élite del Ejército debía de ser agotador. Se pasó la mañana con su comandante revisando documentos, informes de desempeño y valorando las capacidades de posibles candidatos a los toros negros. Don Bambú valoró positivamente la incorporación de la capitana Berry a sus filas casi al momento. —Los mink son guerreros fieros por naturaleza, si algún día tenemos una misión de asalto con luna llena tendremos la victoria asegurada. —Comentó alegremente mientras depositaba el informe en el montón de posibles candidatos. Otro prometedor era, ni más ni menos, que un gigante. Don Bambú no era una persona especialmente rencorosa ni tenía tendencia a proyectar los traumas del pasado sobre otras personas. Nunca tuvo problema alguno con Beto, que también era un gigante, y no lo tendría con Kelvin. Resultaba que Kisuke ya lo conocía a través de Ninel. Además, le había visto en la reunión, parecía disciplinado y era ni más ni menos que un sargento. Seleccionaron además a dos muchachos procedentes del South Blue que no tenían rango ni fama, pero que parecían prometedores: Dean, un humano y Shirohime, una kuja.
Tras haber escogido tan variado repertorio, acordaron que convocarían a los cuatro en el despacho de Kisuke después del almuerzo. Don Bambú aprovechó el tiempo libre para volver a la cafetería a tomarse un buen tazón de café con un cigarro. Dedicó la mañana a la lectura de uno de los libros que se había traído de la biblioteca de Mogaro y cuando se acercó la hora de la reunión regresó al despacho con el suficiente tiempo como para llegar antes que los candidatos. —Todo listo, comandante, llegarán en cualquier momento. —Realizó el protocolario saludo revolucionario y se colocó de pie a dos metros a la izquierda del comandante y mirando a la puerta.
Mientras que Kisuke, en calidad de comandante, tenía asignado un despacho propio con su propia cama y todo lo necesario para realizar las tareas de gestión propias del cargo, Don Bambú se había conformado con una cama más en los barracones de Báltigo. Esto ya de por sí era un lujo, porque había tantísima gente allí reunida que la mayor parte de reclutas habían tenido que compartir cama o turnarse para dormir. La gente le conocía. Esto era algo a lo que poco a poco se había ido acostumbrando. Al parecer circulaban historias del panda y de Kisuke por entre los miembros del Ejército, a veces exageradas, sobre sus hazañas. Cuando caminaba por los pasillos, los reclutas miraban al mink con admiración. Algunos se sorprendían de lo grande que era, otros se lo habían imaginado más grande todavía. Ninguno se atrevió a pedirle un autógrafo, seguramente por la cara de pocos amigos que parecía tener el mink, cuya composición facial en estado neutro de emoción resultaba terrorífica. Don Bambú era, al fin y al cabo, un hombre oso de casi cuatro metros de altura con dientes muy afilados y expresión seria.
Aquella noche durmió poco. La emoción no le había dejado. Cada vez que cerraba los ojos, vívidas imágenes de los cuatro comandantes le asaltaban. La severidad de Vallerie, el misterio que rodeaba a Porco, la gallardía de Kisuke y las bamboleantes pelotas doradas de Ick. La mano del Ejército ejecutando a un traidor en menos de un segundo. Las alas llameantes de la Comandante Suprema...
Se despertó a las seis de la mañana y cedió su catre al siguiente, como todo el mundo, para dirigirse a la cafetería a por un desayuno cuantioso y, después del desayuno, al despacho de Kisuke para tratar el asunto de la reorganización de efectivos. No le sorprendió que Kisuke tampoco hubiera dormido muy bien. La noche había sido emocionante y formar parte de la élite del Ejército debía de ser agotador. Se pasó la mañana con su comandante revisando documentos, informes de desempeño y valorando las capacidades de posibles candidatos a los toros negros. Don Bambú valoró positivamente la incorporación de la capitana Berry a sus filas casi al momento. —Los mink son guerreros fieros por naturaleza, si algún día tenemos una misión de asalto con luna llena tendremos la victoria asegurada. —Comentó alegremente mientras depositaba el informe en el montón de posibles candidatos. Otro prometedor era, ni más ni menos, que un gigante. Don Bambú no era una persona especialmente rencorosa ni tenía tendencia a proyectar los traumas del pasado sobre otras personas. Nunca tuvo problema alguno con Beto, que también era un gigante, y no lo tendría con Kelvin. Resultaba que Kisuke ya lo conocía a través de Ninel. Además, le había visto en la reunión, parecía disciplinado y era ni más ni menos que un sargento. Seleccionaron además a dos muchachos procedentes del South Blue que no tenían rango ni fama, pero que parecían prometedores: Dean, un humano y Shirohime, una kuja.
Tras haber escogido tan variado repertorio, acordaron que convocarían a los cuatro en el despacho de Kisuke después del almuerzo. Don Bambú aprovechó el tiempo libre para volver a la cafetería a tomarse un buen tazón de café con un cigarro. Dedicó la mañana a la lectura de uno de los libros que se había traído de la biblioteca de Mogaro y cuando se acercó la hora de la reunión regresó al despacho con el suficiente tiempo como para llegar antes que los candidatos. —Todo listo, comandante, llegarán en cualquier momento. —Realizó el protocolario saludo revolucionario y se colocó de pie a dos metros a la izquierda del comandante y mirando a la puerta.
Resumen
