01-06-2026, 11:02 PM
[personajeinvalido=3764]
El panda abandonó la melancolía de la luna llena para dedicarle una sincera sonrisa a su comandante, pero mucho más importante que eso, a su amigo Kisuke. Aquella sería una noche para anotar en las páginas de la historia de la Revolución. La noche en la que, en silencio y de forma casi procesionaria, revolucionarios de todo el mundo desembarcaban en absoluta clandestinidad hacia el páramo desértico de Báltigo en una noche de frío invierno. Todos juntos caminaban lentamente hacia su objetivo, aunque la mayoría no supieran cuál era este ni dónde se encontraba. Unos caminaban tensos ante la incertidumbre. Otros, como Bambú, caminaban con solemne seriedad plenamente conscientes de que era ahí y no en otro sitio donde debían encontrarse. Descollaba de entre la muchedumbre, como no podía ser de otra forma, la mano del Ejército, que con casi excesiva despreocupación fumaba y se abanicaba, quizás plenamente consciente de lo que les esperaba a todos los presentes en el lugar de reunión.
No era la primera vez que Bambú veía aquella fortaleza de piedra en medio de la nada. Durante unos meses habitó en ella, recuperándose poco a poco de la absoluta miseria que había vivido en Little Garden y recuperándose también de lo sucedido en Skypiea, en los Juegos de Zarutsuki. Fue allí donde vio por primera vez a Kisuke, su actual comandante, y a Zorak, un buen amigo del panda y más de Kisuke. Allí, en aquella isla, manifestó por primera vez su haoshoku de forma activa en un entrenamiento con sus dos nuevos compañeros. De aquella isla Bambú salió con una nueva esperanza de aventura hacia lo desconocido y, en cierto modo, regresaba a ella con una esperanza similar.
El grupo de recién llegados se adentró con silenciosa expectación en la fortaleza. Los ecos de una muchedumbre se intensificaban más y más conforme ellos bajaban por una escalinata interminable hasta llegar a su apogeo en un enorme patio de armas donde, para absoluto gozo de Bambú (y él estaba seguro que también para el gozo de todos los revolucionarios presentes), se exhibían con orgullo los estandartes del Ejército Revolucionario. Según el último grupo de rezagados terminaba de acceder al salón, una serie de figuras emergían de la muchedumbre con la intención de organizar a los revolucionarios en varios grupos.
Vallerie Dodgers apareció de entre un par de columnas y, obedeciendo a una actitud que el panda ya había experimentado con anterioridad, empezó, con escasa paciencia, a organizar a todos los revolucionarios que caían bajo su jurisdicción: aquellos procedentes del North Blue. Fue en este momento que Don Bambú supuso que tendría que separarse momentáneamente de su compañero, pues aunque viajaban juntos, el panda pertenecía en realidad al East Blue y se encontraba bajo la jurisdicción, si nada había cambiado, del mismísimo Gol D. Ick y no de Kisuke.
Y lo que sucedió a continuación no fue sino confirmatorio de sus sospechas, porque el comandante Kageyama, con un aire despreocupado que Bambú encontró admirable, se adelantó y se colocó en posición para formar de la misma forma a aquellos revolucionarios del West Blue. Le hubiera gustado acudir a la llamada de su camarada y personarse delante de todos realizando el saludo marcial para apoyarle, pero por un lado sabía que ese no era su deber y por otro también sabía que eso le pondría nervioso. Kisuke nunca terminaba de hacerse a la idea de que el panda fuera tan formal. Después de Kisuke, aparecieron dos comandantes más. Por un lado, comandando a los Ejércitos del South Blue, Porco Ghibli hizo acto de presencia en su forma porcina para organizar a los reclutas del sur. Por otro lado, una comandante que Bambú nunca había visto, la comandante de los Ejércitos del Grand Line. Sin duda aquella debía de ser una de las figuras más importantes, ya que en el Paraíso se encontraban las sedes más importantes del Gobierno Mundial.
Sólo faltaba un comandante en aquella tarima. Aquel frente al cual Bambú debía cuadrarse con una disciplina brillante para hacer honor a su brillante superior.
La aparición de Gol D. Ick no se hizo esperar. Una vez los otros cuatro comandantes hicieron acto de presencia en la tarima, organizando a sus respectivas fuerzas frente a ellos, el resplandeciente comandante se materializó de entre un par de columnas completamente desnudo y su cuerpo reflectante desvió toda la luz que le alcanzaba hacia sus espectadores. Sin esperar ni unos instantes, en cuanto el comandante Ick anunció que aquellos provenientes del East Blue debían formar delante suya, Don Bambú se abrió paso a través de la muchedumbre y se colocó en primera fila. Sus manos se elevaron marcialmente hasta los laterales de su cabeza y su lengua danzó libre, una vez abierta la boca, frente a las doradas gónadas de la Revolución. La enorme figura del panda era de las primeras en dar el paso y cuadrarse frente a uno de los comandantes actuando, esperaba él, como un faro para los jóvenes revolucionarios que debían hacer lo mismo.
No era la primera vez que Bambú veía aquella fortaleza de piedra en medio de la nada. Durante unos meses habitó en ella, recuperándose poco a poco de la absoluta miseria que había vivido en Little Garden y recuperándose también de lo sucedido en Skypiea, en los Juegos de Zarutsuki. Fue allí donde vio por primera vez a Kisuke, su actual comandante, y a Zorak, un buen amigo del panda y más de Kisuke. Allí, en aquella isla, manifestó por primera vez su haoshoku de forma activa en un entrenamiento con sus dos nuevos compañeros. De aquella isla Bambú salió con una nueva esperanza de aventura hacia lo desconocido y, en cierto modo, regresaba a ella con una esperanza similar.
El grupo de recién llegados se adentró con silenciosa expectación en la fortaleza. Los ecos de una muchedumbre se intensificaban más y más conforme ellos bajaban por una escalinata interminable hasta llegar a su apogeo en un enorme patio de armas donde, para absoluto gozo de Bambú (y él estaba seguro que también para el gozo de todos los revolucionarios presentes), se exhibían con orgullo los estandartes del Ejército Revolucionario. Según el último grupo de rezagados terminaba de acceder al salón, una serie de figuras emergían de la muchedumbre con la intención de organizar a los revolucionarios en varios grupos.
Vallerie Dodgers apareció de entre un par de columnas y, obedeciendo a una actitud que el panda ya había experimentado con anterioridad, empezó, con escasa paciencia, a organizar a todos los revolucionarios que caían bajo su jurisdicción: aquellos procedentes del North Blue. Fue en este momento que Don Bambú supuso que tendría que separarse momentáneamente de su compañero, pues aunque viajaban juntos, el panda pertenecía en realidad al East Blue y se encontraba bajo la jurisdicción, si nada había cambiado, del mismísimo Gol D. Ick y no de Kisuke.
Y lo que sucedió a continuación no fue sino confirmatorio de sus sospechas, porque el comandante Kageyama, con un aire despreocupado que Bambú encontró admirable, se adelantó y se colocó en posición para formar de la misma forma a aquellos revolucionarios del West Blue. Le hubiera gustado acudir a la llamada de su camarada y personarse delante de todos realizando el saludo marcial para apoyarle, pero por un lado sabía que ese no era su deber y por otro también sabía que eso le pondría nervioso. Kisuke nunca terminaba de hacerse a la idea de que el panda fuera tan formal. Después de Kisuke, aparecieron dos comandantes más. Por un lado, comandando a los Ejércitos del South Blue, Porco Ghibli hizo acto de presencia en su forma porcina para organizar a los reclutas del sur. Por otro lado, una comandante que Bambú nunca había visto, la comandante de los Ejércitos del Grand Line. Sin duda aquella debía de ser una de las figuras más importantes, ya que en el Paraíso se encontraban las sedes más importantes del Gobierno Mundial.
Sólo faltaba un comandante en aquella tarima. Aquel frente al cual Bambú debía cuadrarse con una disciplina brillante para hacer honor a su brillante superior.
La aparición de Gol D. Ick no se hizo esperar. Una vez los otros cuatro comandantes hicieron acto de presencia en la tarima, organizando a sus respectivas fuerzas frente a ellos, el resplandeciente comandante se materializó de entre un par de columnas completamente desnudo y su cuerpo reflectante desvió toda la luz que le alcanzaba hacia sus espectadores. Sin esperar ni unos instantes, en cuanto el comandante Ick anunció que aquellos provenientes del East Blue debían formar delante suya, Don Bambú se abrió paso a través de la muchedumbre y se colocó en primera fila. Sus manos se elevaron marcialmente hasta los laterales de su cabeza y su lengua danzó libre, una vez abierta la boca, frente a las doradas gónadas de la Revolución. La enorme figura del panda era de las primeras en dar el paso y cuadrarse frente a uno de los comandantes actuando, esperaba él, como un faro para los jóvenes revolucionarios que debían hacer lo mismo.
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