[EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde los Blues]
#9
El oleaje pareció intensificarse bajo el casco de cada uno de los navíos en que los diversos grupos habían estado viajando, volviéndose más agitado y violento a medida que se aproximaban a la costa. Desde lo alto de la cubierta del Yoru's Paradox, sus tripulantes pudieron observar el resto de barcos que parecían convergir con el suyo en aquella isla en particular, todos atraídos, como si de una fuerza magnética de tratase, hacia Baltigo. Poco a poco, los barcos comenzaban a detenerse, pero sin fondear del todo. Gritos desde cubierta, procedentes de los trabajadores de cada barco, comenzaron a indicar a los tripulantes ocultos en sus bodegas, entre su cargo, que podían empezar a salir ordenadamente. Lo hacían todo con una prisa y una eficiencia admirables, conscientes de la profunda ilegalidad en que estaban incurriendo al hacer aquello, y queriendo quitarse de enmedio lo antes posible, sin disimularlo ni un poco, pero cumpliendo profesionalmente con su compromiso, monetario o de otro tipo, con el Ejército Revolucionario.

De cada barco y barcaza se extendieron improvisadas pasarelas hechas de tablones que a duras penas parecían soportar el peso de los Revolucionarios. Sin embargo, aguantaron. A medida que los Revolucionarios bajaron de sus barcos finalmente, el aire fresco pareció una bendición, por frío que fuese, para sus castigadas fosas nasales, que durante días habían aguantado el hedor de vivir en la bodega de un barco, si no algo peor para alguno de ellos. La vista era espectacular: decenas y decenas de individuos bajaban de los barcos, agrupándose por centenares en la costa de la isla. Desde el interior de la misma, con parsimonia pero con firmeza militar, como si aquello se tratase de un desfile del mismo Gobierno Mundial —ironías aparte—, comenzaron a llegar figuras portando antorchas, de las escasas fuentes de luz que podían verse en la superficie de aquella isla. Lo que allí se estaba formando pasaba poco a poco de parecer una enorme muchedumbre y empezaba a asemejarse a un ejército. Un ejército en mitad de la nada, en lo alto de aquel pedrusco blanquecino en mitad del mar, pero un ejército al fin y al cabo.

Las figuras que habían llegado con las antorchas se cuadraron ante los recién llegados, que continuaban creciendo en número a medida que las bodegas de aquel sinfín de barcos continuaban vaciándose. Una vez todos hubieron desembarcado, los navíos que los llevaron hasta allí no tardaron en comenzar a desmontar a toda prisa las pasarelas y a soltar amarras, no sin que sus capitanes recibiesen bolsitas de (no tan) misteriosos contenidos, presumiblemente el finiquito de los generosos pagos por haber llevado a cabo aquella arriesgada labor. Los de las antorchas no parecieron reconocer a nadie, salvo, por supuesto, a quienes habían llegado en el Yoru's Paradox, frente a los que se cuadraron con especial firmeza, especialmente en el caso de Alhen Geouis, conscientes de la importancia de sus rangos.

Una pregunta recorrió las cabezas de los presentes: ¿qué estaban haciendo allí? Lo cierto era que, por muy multitudinaria que resultase aquella congregación, no había mucho más en Baltigo, que más bien parecía un peñasco salino en mitad del mar que una isla civilizada que pudiese albergar una Asamblea de aquellas magnitudes. No había infraestructura, ni... casi gente, realmente, más allá de aquellos encapuchados con antorchas, que exigieron silencio de los recién llegados. Lentamente, como si no fuera con ellos la cosa, comenzaron a caminar, guiando al grupo en una silenciosa procesión, caminando hacia el interior de la isla. Era cierto que en su mismo centro, entre las rocas, existía una fortaleza pétrea, blanca como el resto de la isla, pero no había señales de vida en la misma, ni luces, ni humo, ni ruido, ni nada.

Bajo las frías estrellas del Grand Line, entre puntuales rachas de viento que levantaban enormes oleadas de arena blanca y polvo que se deslizaba entre las rocas, todos los Revolucionarios convocados caminaron en silencio, a la expectativa de ver de qué iba todo aquello. Todos menos, claro, Alhen, que fumaba despreocupadamente a medida que caminaba, e incluso en aquellas condiciones parecía encantado de abanicarse con vanidad, como si no fuera con él la cosa. Lo cierto era que él sabía bien qué los esperaba, aunque no pronunció palabra al respecto.

Lentamente, toda la muchedumbre allí acumulada comenzó a aproximarse a aquella gran fortaleza que regía sobre la isla, construida quién sabe cuánto tiempo atrás y con qué propósito, guiada por aquellas mismas antorchas que encabezaban la procesión nocturna. La edificación era de piedra, aparentemente la misma piedra blancuzca que predominaba en el resto de la isla, pero mucho más desgastada por su exposición a los elementos, de aspecto prácticamente abandonado, erosionada por los fuertes vientos que asolaban Baltigo en sus días de tormenta. Tan erosionada estaba, que en muchos puntos parecía fundirse con la propia roca en torno a la cual había sido edificada, produciendo una construcción que, a ojos vista, daba la impresión de fundirse con su propio entorno de una forma inquietantemente orgánica.

La puerta principal estaba abierta de par en par, sus destartaladas puertas de madera inmóviles y polvorientas, como si nadie las hubiera tocado en mucho tiempo. Al otro lado, lo que el grupo encontró fueron, además de varias pequeñas subidas de acceso a las zonas superiores de la misma, una enorme escalera que parecía descender hacia la penumbra. Sin embargo, abajo, al fondo de aquellos peldaños excavados en la roca y desgastados por las pisadas y los años, parecían esperar luces oscilantes, como de fuego, acompañadas de un ruido. Un ruido que, de hecho, no hizo sino intensificarse a medida que todo el grupo bajaba por aquel lugar.

A medida que terminaban de bajar aquellas escaleras, todos quedaron deslumbrados por cuanto esperaba abajo. Tras un pórtico también excavado en piedra, se extendía un enorme patio de armas, iluminado por centenares de antorchas y braseros, donde esperaban otros tantos cientos de personas que charlaban alegremente, y que parecían haber estado esperándolos. A un lado y otro de la colosal estancia, entre sus columnas excavadas en la aquella misma roca blanca de forma tosca pero experta, colgaban enormes estandartes, bordados a mano, con el emblema del Ejército Revolucionario, y sus siglas: "R. A.". Resultaba impresionante para cualquiera ver aquello, puesto que aquel emblema rara vez se veía, y mucho menos exhibido de forma tan orgullosa y evidente. Estaban en casa. Poco a poco, una serie de figuras que parecían destacar entre la muchedumbre comenzaron a organizarla en varios grupos.

[Imagen: ltXq672.jpeg]



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RE: [EVENTO FACCIÓN - REV.] La llama de la Revolución [Llegada desde los Blues] - por Voz Seductora - 31-05-2026, 09:35 PM

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