29-05-2026, 09:12 PM
El día había llegado. Tras una larga travesía de regreso, estaban aproximándose a Báltigo. Durante el viaje, que había transcurrido sin incidentes gracias a las habilidades de Alhen, había charlado con los revolucionarios que iban con ellos y Kisuke no había podido evitar recordar lo novato que era la última vez que había visto aquellas costas y aquellas tierras.
"Realmente no pensé que volvería a este lugar..."
Hacía años que había estado allí. Parecía otra vida, otros tiempos, otros acompañantes. Suspiró largamente desde el carajo del mástil mayor del Yoru´s Paradox en el que se había quedado oteando el horizonte reflexionando, sentado con la espalda apoyada en el mástil. La otra vez que arribó a aquel pedazo de tierra conocido como Báltigo, llegaban sólos él y Zorak, en lo que había sido una nada desdeñable hazaña recorrer el Grand Line desde la Reverse Mountain hasta aquel punto ellos dos solos. Sonrió al recordar aquellos tiempos, mientras sacaba un cigarrillo de su cajetilla, que llevaba en el bolsillo de su pantalón, y lo encendía con una larga calada, dejando salir unos segundos después, el humo con su acre aroma a través de sus fosas nasales.
"¿Cuánto tiempo ha pasado desde aquello?... Ni siquiera era usuario por aquel entonces... Ni tenía idea de los hakis..."
En aquella blanquecina isla, fue donde conocieron a Panda, un veterano ya por entonces de la Armada Revolucionaria que se había visto envuelto en extrañas historias, contadas en aquellos largos días que permanecieron allí. También fue ahí cuando descubrieron la existencia del haki, de boca del propio mink, y trataron, sin éxito, todo sea dicho, de aprender al menos uno de ellos en aquella estancia. Por no recordar, no recordaba ni que rango tenía por entonces, sólo que Zorak le llevaba ventaja en eso debido a que había tenido más actos de rebelión en su tierra natal antes de salir del West tras aniquilar a un escuadrón del Cypher Pol, aunque en aquellos tiempos, ni siquiera sabían que pertenecían al mismísimo Gobierno Mundial aquellos tipos que trataron de aniquilarlos cuando iban a dar muerte a uno de los mayores traficantes de todo el West. Eso si podía recordarlo con claridad. Recordaba como con lo poco que había aprendido de su padre, y unos cuantos libros sobre navegación que pudo escudriñar en su breve estancia en Ohara, asumió el rol de navegante y se hizo cargo desde entonces en cada uno de sus viajes de llevarles a él y a sus compañeros hasta el siguiente destino.
"Al menos en este viaje no he tenido que hacer de navegante... Alhen se ha hecho cargo de todo... Para ser sincero, yo ni hubiera sabido como retroceder en el puto Grand Line..."
Por eso mismo, dado que Alhen estaba a cargo de la navegación, Kisuke había tenido más tiempo que de costumbre en aquella travesía, por lo que pudo hacer muchas cosas como ampliar sus conocimientos en cartografía, volver a conectar del todo con su espada Yamigiri, diseñar una nueva idea para utilizar su akuma no mi o, simplemente, y realmente lo había echado muchísimo de menos, pasar horas y horas pescando en alta mar. De nuevo una media sonrisa se dibujó en su rostro al recordar que seguía teniendo habilidades para pescar, a pesar de llevar bastantes años sin agarrar una caña, puesto que, la mayor parte del tiempo, sus manos eran ocupadas por sus espadas.
"Volver a los orígenes al final siempre está bien..."
Kisuke era plenamente consciente de quien era, donde había llegado, los hitos en los que se había visto envueltos y como había entrado a formar parte de una manera más o menos notoria en los engranajes que movían al mundo. Era Comandante del Oeste de la Armada Revolucionaria, había peleado, aunque no solo, contra un Almirante de la Marina, había desafiado al sistema una y otra vez junto a sus compañeros, y finalmente, habían conseguido liberar una isla entera de una monarquía tiránica y dictatorial para establecer un gobierno democrático. Y a pesar de todo lo que había logrado con el pasar del tiempo, sabía muy bien que no debía caer en el orgullo o la indolencia, puesto que el trabajo no estaba hecho, el Gobierno Mundial aún seguía oprimiendo y maltratando a la gente común, por lo que no debía olvidar, nunca, nunca jamás, de donde venía... sus raíces.
"Supongo que por eso mismo Ashura me detesta... kuhahahaha."
Se rio mentalmente al acordarse de sus rivales, Ashura, el demente pirata, ahora convertido en Shichibukai, y Viktor, el espadachín albino que, por lo que había visto, también había entrado a formar parte de aquellos piratas "legales". Sinceramente, en aquel momento preciso no se encontraba con ánimos de ver a ninguno, porque sabía que durante su estancia en Mogaro se había estancado, pero era consciente que si se encontraba con alguno de ellos lucharía, a pesar de que, seguramente, ellos habían mejorado y pulido aún más sus habilidades, mientras él hacía de gestor de obra.
"Bueno, empecé de pescador, pasé a ser soldado, capitán y comandante, y ahora soy Concejal de Urbanismo... kuhahahaha..."
Tenía que aumentar su poder, ganar control sobre su fruta, mejorar sus hakis lo máximo posible y seguir incrementando su habilidad como espadachín, pero el tiempo es el que es y muchas veces no nos deja hacer lo que queremos; tenemos que buscarnos las vueltas para hacer lo máximo en el menor tiempo posible. Optimizar. Esa era la clave. Quizá le pidiese consejo a alguno de los otros Comandantes o al propio Alhen, a ver como podía hacer para llegar a mejorar como guerrero, que, al fin y al cabo, es lo que el era y lo que quería ser, seguir el camino de la espada.
"Bueno lo primero es lo primero... Llegar a Báltigo y ver que tiene preparado nuestra Comandante Suprema... Tengo ganas de esta reunión, siempre es bueno estar bien informado y lo más unidos posible."
Tranquilamente, mientras se aproximaban a la isla, se levantó y descendió del carajo con el viento soplando desde la popa del barco y, para evitar sustos, transformó sus piernas en hollín un segundo antes del impacto, volviendo a formarlas de nuevo al llegar a la cubierta. Como siempre prendidas del cinto, llevaba a Yamigiri, Sode no shirayuki y a Onikiba, por lo que al aterrizar ajustó las tres katanas que siempre lo acompañaban. Vio a Panda contemplando la luna y se acercó a él tocándole el hombro tras alzar la mano al máximo y le dijo:
-Aqui estamos de vuelta, mi hermano... Ha pasado mucho tiempo...
Dio una calada más al cigarro mientras se acodaba en la baranda y observaba la luna, próxima al plenilunio brillando con esplendor e iluminando las oscuras aguas de las costas de Báltigo. La blanquecina isla bañada con la plateada luz de la luna, tenía un cierto aire siniestro y misterioso, pero, a la vez, actractivo.
-Se acerca la hora... Cambiemos el mundo....
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