20-05-2026, 03:50 PM
Un suspiro escapó silente por la nariz mientras él simplemente me ignoraba. Mi vista volvió al mar y mi expresión pasó a no mostrar nada. Yo simplemente continué comiendo hasta terminarme el bocadillo sin darme cuenta, aunque mucho más despacio que él. Una parte de mí se preguntó si realmente no debí de haberme ido. Claramente seguía enfadado. O dolido, que era peor. Entonces, ¿por qué me había llamado en lugar de simplemente marcharse o pedirme que me fuera…?
—Si estás triste, déjalo salir. —Aquellas palabras me hicieron mirarlo de reojo, y me lo encontré observándome de la misma forma—. No me gustó lo que hiciste. Pero lo entiendo, así que no estoy enojado, ni te odio.
Un sonoro suspiro de alivio salió de mis labios al tiempo que sentí aliviarse la presión en mi pecho, haciendo que me inclinara hacia delante para dejar caer el peso de mis brazos extendidos sobre mis rodillas. En aquel movimiento, mi rostro quedó un par de segundos oculto entre la parte superior de los brazos antes de volver a alzarse con una nueva inspiración.
—Menos mal… —murmuré antes de volver a alzar el rostro con una nueva inspiración tras haber quedado un par de segundos oculto entre mis brazos—. Mi disculpa fue sincera… Nunca me rendiré contigo, pero yo quería ayudarte, no presionarte… Yo jamás querría forzarte a hacer nada que no quisieras, y creo que al final lo hice sin darme cuenta… —Sólo entonces pude buscarlo de nuevo de reojo, sin atreverme a mirarlo aún de frente, con la punta de las orejas ligeramente gachas—. No quería ocultarte que estaba triste o me sentía culpable. Simplemente pensé que distraerte podría ser un modo de intentar compensarte aunque fuera un poco…
Después de una mala situación, lo que me asustaban eran los posibles malentendidos, así que quise dejar todo lo más claro que supe, tratando de evitar que pudiera haber ni uno solo más.
—¡Aaaaah! ¡A veces las cosas simples se hacen tan difíciles!
A pesar de todo, de alguna inexplicable manera consigue arrebatarme una breve y suave risita. Definitivamente, no podía estar más de acuerdo con él.
El rostro se me iluminó un instante al verlo sacar el pañuelo, y mi cuerpo se movió solo para girarse hacia él, apoyando mi peso sobre la muñeca con la que no sujetaba el bocadillo. Por un instante se me había llegado a pasar por la mente que, debido a la rabia de aquel momento, pudiera habérselo dejado al mar, pero no había sido así. Sin embargo, mis mofletes se hincharon un poquito en un silente reproche cuando se lo acercó al rostro para limpiarse, aunque en el fondo me animaba saber que se encontraba lo suficientemente mejor como para mostrar algo de travesura en su sonrisa, sin forzarla. Finalmente, la mía volvió también, suave, cuando la tela se encontró a salvo y decidió limpiarse con su propia mano.
—Sólo comamos, Nyri. No hace falta simular que no fuiste una tonta entrometida.
Por un momento aparté la mirada, sabiendo que tenía razón, pero ligeramente calmada por el hecho de que no le diera más importancia. Sin embargo, su tacto sobre la pulsera me sorprendió, llevándome a alzar la mirada hacia su brillo cerúleo una vez más.
—Así es como eres.
Aquellos segundos iluminada por sus gemas fueron suficientes para reafirmarme en mi promesa.
Cuando se separó de nuevo, esa misma mano fue a buscar las cerillas a la cesta, sin poder ignorar del todo el tacto que seguía aún sobre la piel.
Mis rodillas terminaron por quedar también apoyadas sobre la sábana, habiendo girado ya completamente mi cuerpo hacia él, con la cajita en mi palma. La punta de mi cola se agitó un par de veces cuando comentó que mi comida estaba rica, y una ligera sonrisa asomó por la comisura de mis labios ante su siguiente afirmación. Por un momento me hizo gracia pensar que, incluso si fuera la mejor cocinera de todos los mares, seguramente Ichiro estaría bastante en contra de que yo pudiera dejar hijos en el mundo.
—Hm, pero no te imagino vestida de blanco…
La cerilla se encendió entre mis dedos y mis aguamarinas se alzaron un momento hacia él, mientras me analizaba.
—¿Tú crees? —inquirí con curiosidad.
Mi mirada volvió entonces hacia la vela entre nosotros mientras pasaba a esta la pequeña llama.
—¿Alguna vez te enamoraste siquiera?
Mis orejas se alzaron y mis pupilas buscaron las suyas, sorprendidas por la pregunta. Sin embargo, una pequeña carcajada que no llegó a serlo se me escapó por la nariz antes de apagar la cerilla con un pequeño soplo. Un doble sonidito acompañó el gesto de negación de mi cabeza.
—No. Ya te he dicho que nunca he pasado demasiado tiempo en ninguna isla —recordé mientras guardaba la cerilla usada junto a las demás—. Siempre he sabido que no iba a irme antes de acabar conociendo a alguien, no sé si eso haya tenido algo que ver con eso sin que yo me diera cuenta. Supongo que ya asumía que se iban a olvidar de mí igualmente. —La cajita había acabado de nuevo en la cesta y mis gemas buscaron entonces respuestas en las suyas con genuino interés—. ¿Cómo es? —Giré levemente el rostro, verdaderamente queriendo saber—. A mí me cuesta mucho imaginar siquiera un sentimiento más grande que el de la amistad, porque yo sería capaz de dar la vida por mis amigos… ¿Cómo sabe alguien que está enamorado?
«Ya sabías que simplemente no quería hacerte sentir mal».
—Si estás triste, déjalo salir. —Aquellas palabras me hicieron mirarlo de reojo, y me lo encontré observándome de la misma forma—. No me gustó lo que hiciste. Pero lo entiendo, así que no estoy enojado, ni te odio.
Un sonoro suspiro de alivio salió de mis labios al tiempo que sentí aliviarse la presión en mi pecho, haciendo que me inclinara hacia delante para dejar caer el peso de mis brazos extendidos sobre mis rodillas. En aquel movimiento, mi rostro quedó un par de segundos oculto entre la parte superior de los brazos antes de volver a alzarse con una nueva inspiración.
—Menos mal… —murmuré antes de volver a alzar el rostro con una nueva inspiración tras haber quedado un par de segundos oculto entre mis brazos—. Mi disculpa fue sincera… Nunca me rendiré contigo, pero yo quería ayudarte, no presionarte… Yo jamás querría forzarte a hacer nada que no quisieras, y creo que al final lo hice sin darme cuenta… —Sólo entonces pude buscarlo de nuevo de reojo, sin atreverme a mirarlo aún de frente, con la punta de las orejas ligeramente gachas—. No quería ocultarte que estaba triste o me sentía culpable. Simplemente pensé que distraerte podría ser un modo de intentar compensarte aunque fuera un poco…
Después de una mala situación, lo que me asustaban eran los posibles malentendidos, así que quise dejar todo lo más claro que supe, tratando de evitar que pudiera haber ni uno solo más.
—¡Aaaaah! ¡A veces las cosas simples se hacen tan difíciles!
A pesar de todo, de alguna inexplicable manera consigue arrebatarme una breve y suave risita. Definitivamente, no podía estar más de acuerdo con él.
El rostro se me iluminó un instante al verlo sacar el pañuelo, y mi cuerpo se movió solo para girarse hacia él, apoyando mi peso sobre la muñeca con la que no sujetaba el bocadillo. Por un instante se me había llegado a pasar por la mente que, debido a la rabia de aquel momento, pudiera habérselo dejado al mar, pero no había sido así. Sin embargo, mis mofletes se hincharon un poquito en un silente reproche cuando se lo acercó al rostro para limpiarse, aunque en el fondo me animaba saber que se encontraba lo suficientemente mejor como para mostrar algo de travesura en su sonrisa, sin forzarla. Finalmente, la mía volvió también, suave, cuando la tela se encontró a salvo y decidió limpiarse con su propia mano.
—Sólo comamos, Nyri. No hace falta simular que no fuiste una tonta entrometida.
Por un momento aparté la mirada, sabiendo que tenía razón, pero ligeramente calmada por el hecho de que no le diera más importancia. Sin embargo, su tacto sobre la pulsera me sorprendió, llevándome a alzar la mirada hacia su brillo cerúleo una vez más.
—Así es como eres.
Aquellos segundos iluminada por sus gemas fueron suficientes para reafirmarme en mi promesa.
Cuando se separó de nuevo, esa misma mano fue a buscar las cerillas a la cesta, sin poder ignorar del todo el tacto que seguía aún sobre la piel.
Mis rodillas terminaron por quedar también apoyadas sobre la sábana, habiendo girado ya completamente mi cuerpo hacia él, con la cajita en mi palma. La punta de mi cola se agitó un par de veces cuando comentó que mi comida estaba rica, y una ligera sonrisa asomó por la comisura de mis labios ante su siguiente afirmación. Por un momento me hizo gracia pensar que, incluso si fuera la mejor cocinera de todos los mares, seguramente Ichiro estaría bastante en contra de que yo pudiera dejar hijos en el mundo.
—Hm, pero no te imagino vestida de blanco…
La cerilla se encendió entre mis dedos y mis aguamarinas se alzaron un momento hacia él, mientras me analizaba.
—¿Tú crees? —inquirí con curiosidad.
Mi mirada volvió entonces hacia la vela entre nosotros mientras pasaba a esta la pequeña llama.
—¿Alguna vez te enamoraste siquiera?
Mis orejas se alzaron y mis pupilas buscaron las suyas, sorprendidas por la pregunta. Sin embargo, una pequeña carcajada que no llegó a serlo se me escapó por la nariz antes de apagar la cerilla con un pequeño soplo. Un doble sonidito acompañó el gesto de negación de mi cabeza.
—No. Ya te he dicho que nunca he pasado demasiado tiempo en ninguna isla —recordé mientras guardaba la cerilla usada junto a las demás—. Siempre he sabido que no iba a irme antes de acabar conociendo a alguien, no sé si eso haya tenido algo que ver con eso sin que yo me diera cuenta. Supongo que ya asumía que se iban a olvidar de mí igualmente. —La cajita había acabado de nuevo en la cesta y mis gemas buscaron entonces respuestas en las suyas con genuino interés—. ¿Cómo es? —Giré levemente el rostro, verdaderamente queriendo saber—. A mí me cuesta mucho imaginar siquiera un sentimiento más grande que el de la amistad, porque yo sería capaz de dar la vida por mis amigos… ¿Cómo sabe alguien que está enamorado?
