18-05-2026, 03:40 PM
El grito de Shin rasgó el aire y dejó en él una herida de desesperación y doloroso pesar.
Yo simplemente lo observé, incapaz de romper el silencio que dejó tras de sí, percibiendo el cúmulo de emociones en su voz pero sin llegar a comprenderlas en su completa y oscura profundidad. Aquel eco de alma rota, sin embargo, no lo olvidaría jamás.
La culpa me pesó en el alma cuando sus cabellos escondieron su mirar. El corazón se me aceleró ante el tenue brillo que comenzaba a envolverlo. Ya sabía lo que significaba.
—Esto… no fue una buena idea.
—Lo siento… —me disculpé de inmediato con la voz ligeramente ahogada por el nudo en la garganta—. No quise presionarte… —¿Quién era yo para indagar tanto en su interior…?
Pero, por una vez, su partida no fue inmediata. Cuando se giró, no me miró a los ojos. Si lo hubiera hecho, los habría encontrado vibrantes, ligeramente acuosos. Yo me pregunté qué habría en los suyos.
—Deberías rendirte conmigo, pequeña Nyri. —Sentí una pequeña grieta surgir en mi pecho al comprender que ese sería el final—. Es el camino que elegí.
Sus iris quedaron fijos una vez más. La última quizás.
La pulsera se ocultó bajo el agua cuando mi diestra se deslizó entre unos pliegues secretos de la falda.
—Puedes elegir el camino que quieras, Shin… pero los sentimientos no son debilidad. Te aseguro que pueden ser el motor de la mayor de nuestras fuerzas.
Envolví entonces su mano con las mías, deslizando entre sus dedos el pañuelo que había llevado conmigo. Antes, planchado, impoluto, doblado y perfecto. Ahora, empapado y con olor a sal.
—Yo jamás me rendiré contigo.
Cuando lo vi, del mismo color degradado que aquel haori que compró antes del primer cambio que noté en él, no lo dudé. Describí el patrón a la atesana y pudo replicarlo en un bordado a la perfección.
Pude recuperar aquellas prendas para él, pero pudo haberlas perdido. Siempre que trabajábamos lo hacíamos con nuestro uniforme. Con una expectativa y una imagen que mantener para los demás. Por eso, igual que yo pude ocultar un pañuelo en Kutsukku, se me ocurrió que él podría hacer algo similar.
Originalmente, pensé que podría utilizarlo como señal de identidad a pesar de lo que esperaran los demás o simplemente para secarse el sudor después de tanto entrenar y que recordara que había gente que lo esperaba para crear lazos al descansar. Tras escuchar a su padre, creí que podría ayudarlo como un ancla bajo la ropa formal que lo obligaran a llevar, o a mostrarlo como adorno en una especie de rebeldía secreta hacia él.
Ahora, sin embargo, una única idea llenaba mi mente.
—Yo siempre te aceptaré tal y como eres. Por completo.
Aquel era mi regalo.
—Ojalá algún día tú también puedas hacerlo.
Esta vez no habría promesas. Tan sólo la verdad y un deseo.
Yo simplemente lo observé, incapaz de romper el silencio que dejó tras de sí, percibiendo el cúmulo de emociones en su voz pero sin llegar a comprenderlas en su completa y oscura profundidad. Aquel eco de alma rota, sin embargo, no lo olvidaría jamás.
La culpa me pesó en el alma cuando sus cabellos escondieron su mirar. El corazón se me aceleró ante el tenue brillo que comenzaba a envolverlo. Ya sabía lo que significaba.
—Esto… no fue una buena idea.
—Lo siento… —me disculpé de inmediato con la voz ligeramente ahogada por el nudo en la garganta—. No quise presionarte… —¿Quién era yo para indagar tanto en su interior…?
Pero, por una vez, su partida no fue inmediata. Cuando se giró, no me miró a los ojos. Si lo hubiera hecho, los habría encontrado vibrantes, ligeramente acuosos. Yo me pregunté qué habría en los suyos.
—Deberías rendirte conmigo, pequeña Nyri. —Sentí una pequeña grieta surgir en mi pecho al comprender que ese sería el final—. Es el camino que elegí.
Sus iris quedaron fijos una vez más. La última quizás.
La pulsera se ocultó bajo el agua cuando mi diestra se deslizó entre unos pliegues secretos de la falda.
—Puedes elegir el camino que quieras, Shin… pero los sentimientos no son debilidad. Te aseguro que pueden ser el motor de la mayor de nuestras fuerzas.
Envolví entonces su mano con las mías, deslizando entre sus dedos el pañuelo que había llevado conmigo. Antes, planchado, impoluto, doblado y perfecto. Ahora, empapado y con olor a sal.
—Yo jamás me rendiré contigo.
Cuando lo vi, del mismo color degradado que aquel haori que compró antes del primer cambio que noté en él, no lo dudé. Describí el patrón a la atesana y pudo replicarlo en un bordado a la perfección.
Pude recuperar aquellas prendas para él, pero pudo haberlas perdido. Siempre que trabajábamos lo hacíamos con nuestro uniforme. Con una expectativa y una imagen que mantener para los demás. Por eso, igual que yo pude ocultar un pañuelo en Kutsukku, se me ocurrió que él podría hacer algo similar.
Originalmente, pensé que podría utilizarlo como señal de identidad a pesar de lo que esperaran los demás o simplemente para secarse el sudor después de tanto entrenar y que recordara que había gente que lo esperaba para crear lazos al descansar. Tras escuchar a su padre, creí que podría ayudarlo como un ancla bajo la ropa formal que lo obligaran a llevar, o a mostrarlo como adorno en una especie de rebeldía secreta hacia él.
Ahora, sin embargo, una única idea llenaba mi mente.
—Yo siempre te aceptaré tal y como eres. Por completo.
Aquel era mi regalo.
—Ojalá algún día tú también puedas hacerlo.
Esta vez no habría promesas. Tan sólo la verdad y un deseo.
