10-05-2026, 09:00 AM
La explosión se hizo evidente en toda la ciudad, y las mismas personas que corrían despavoridas antes en una dirección, esta vez corrían despavoridas hacia otra, huyendo del humo, el fuego y el estruendo. Yuuki se estaba haciendo notar, para bien o para mal. Y en este caso era para mal.
Morgana había permanecido alerta a cualquier indicio que pudiera señalar la presencia de su presa en la ciudad. Y a ojos de cualquier persona, una explosión provocada instantes después de que su presa huyera parecía un indicio de lo más plausible para indicar que se trataba de su alado y escurridizo objetivo. En el momento de la explosión ella se encontraba a no más de cuarenta metros de distancia, mirando entre los callejones por si veía algún mechón de cabello rosa escabullirse. Fue un segundo después de escuchar el estruendo cuando su cabeza se alzaría hacia la dirección de la que provenía aquel ruido, y daría un salto hacia los tejados, acortando toda la distancia que pudiera, para luego empezar a correr en esa dirección con objeto de reducir al máximo la distancia hasta el foco de la explosión, corriendo por los tejados para evitar los obstáculos a nivel del suelo. —¡No te me vas a escapar, palomita! ¡Obedece a la reina! gritaría mientras avanzaba sin descanso.
Mientras tanto, en el lugar de la explosión, los marines habían volado por los aires. Estos carecían de la resistencia abismal de la Buccaneer, y los disparos realizados por la joven pirata de cabellos rosados y cicatriz en el rostro eran más que suficientes para mandarlos a volar y quitarse su impertinente presencia del lugar, en pos de continuar con su huida. Sin embargo, no iba a ser tan sencillo; puesto que justo cuando cayera sobre aquel transeúnte que pasaba por el lugar, una veintena de marines se le echarían nuevamente encima, y esta vez no esperarían a que la amenaza se rindiera por las buenas: ella había abierto fuego contra sus compañeros y no iban a detenerse en acciones protocolarias.
Sin ningún tipo de protocolo de mando atacarían con sus sables, diez por cada lado, a la pirata de cabellos rosados, cerrándole completamente la huida. A sus espaldas, la fría pared de piedra; a su derecha, diez marines con los sables en alto listos para descender, igual de rápido que los de su izquierda. ¿La distancia hasta los mismos? No más de cuatro metros.
—¡A por ella! vociferaban.
Morgana había permanecido alerta a cualquier indicio que pudiera señalar la presencia de su presa en la ciudad. Y a ojos de cualquier persona, una explosión provocada instantes después de que su presa huyera parecía un indicio de lo más plausible para indicar que se trataba de su alado y escurridizo objetivo. En el momento de la explosión ella se encontraba a no más de cuarenta metros de distancia, mirando entre los callejones por si veía algún mechón de cabello rosa escabullirse. Fue un segundo después de escuchar el estruendo cuando su cabeza se alzaría hacia la dirección de la que provenía aquel ruido, y daría un salto hacia los tejados, acortando toda la distancia que pudiera, para luego empezar a correr en esa dirección con objeto de reducir al máximo la distancia hasta el foco de la explosión, corriendo por los tejados para evitar los obstáculos a nivel del suelo. —¡No te me vas a escapar, palomita! ¡Obedece a la reina! gritaría mientras avanzaba sin descanso.
Mientras tanto, en el lugar de la explosión, los marines habían volado por los aires. Estos carecían de la resistencia abismal de la Buccaneer, y los disparos realizados por la joven pirata de cabellos rosados y cicatriz en el rostro eran más que suficientes para mandarlos a volar y quitarse su impertinente presencia del lugar, en pos de continuar con su huida. Sin embargo, no iba a ser tan sencillo; puesto que justo cuando cayera sobre aquel transeúnte que pasaba por el lugar, una veintena de marines se le echarían nuevamente encima, y esta vez no esperarían a que la amenaza se rindiera por las buenas: ella había abierto fuego contra sus compañeros y no iban a detenerse en acciones protocolarias.
Sin ningún tipo de protocolo de mando atacarían con sus sables, diez por cada lado, a la pirata de cabellos rosados, cerrándole completamente la huida. A sus espaldas, la fría pared de piedra; a su derecha, diez marines con los sables en alto listos para descender, igual de rápido que los de su izquierda. ¿La distancia hasta los mismos? No más de cuatro metros.
—¡A por ella! vociferaban.
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