08-05-2026, 05:02 AM
—¡Gracias! Pero según LinLin, tú serías un modelo mucho mejor.
Una nueva sonrisa...
—Bueno, ¡supongo que tendré que seguir practicando!
… una nueva mentira en el teatro.
Una mirada distinta en un rostro que parecía ser el mismo
—Lo que dijiste en Baterilla…
Y, así, cayó el telón.
Ya no hubo más sonrisas, no por mi parte. Me había cansado de fingir, aunque no entendí a lo que se refirió hasta que mencionó lo de priorizar. Los puños se me cerraron.
Simplemente, recogió su velo. Anunció el fin de una broma que demasiado había durado.
De nuevo, a seguir entrenando. De nuevo, alejándose. De nuevo, la sombra de Kutsukku.
—Soy el más fuerte entre nosotros. Sólo véanme brillar.
Ya era tarde. Las luces del ocaso tardaron dos segundos en tocar tierra y morir.
¿Y ya está? ¿Eso era todo? ¿Se suponía que tenía que dar media vuelta y regresar, como si no pasara nada?
La arena siseó tras el suave ruido seco de la cesta al caer sobre ella.
—Esta conversación no tenía que darse así.
Avancé un par de pasos, colocándome justo ante él. Iba a verme. Y lo haría muy bien.
—No te estoy priorizando, Shin. —Mi voz sonó suave, casi fría—. Que pienses eso me ofende, porque yo no priorizaría a nadie.
Eso fue, exactamente, lo que dije en Baterilla.
—Ya no quiero seguir mintiendo, Shin. Y tampoco quiero que tú lo hagas. —La gravedad de mis palabras terminó en quiebre, y tuve que esforzarme para contener el inicio de unas lágrimas aún por nacer—. Lo he escuchado todo. He visto cómo ese hombre ha utilizado lo que más has querido para herirte, lo he odiado por ello y ver cómo te afectó me ha hecho más daño que ninguna cosa que pudiera haberme hecho a mí. Pero casi tanto me ha dolido el modo en el que has vuelto a ser el de siempre, con una facilidad que da miedo porque ya no sé si existió algún momento en que disfrutases mi compañía de verdad.
Rabia, impotencia y dolor mezcladas en aquellas últimas palabras con dos suaves gotas que cayeron hermanas por mi rostro. Aun así, ni un segundo aparté la mirada, permitiéndole mirarme a los ojos.
—No he venido para priorizarte, sino porque tenía miedo. Miedo de que te estuvieras alejando, de que quisieras quedarte solo. Todo el día aquí entrenando, siempre bajo la sombra de Kutsukku, ¡¿y para qué?! —Algo en mi interior desgarró la pregunta—. ¿Quieres brillar, Shin? ¡Mira un momento las malditas estrellas! —Alcé la zurda cuanto pude, mostrando las que ya estaban sobre nosotros, con mis iris imantados en los suyos—. Míralas enfrentando la oscuridad. Míralas encarnando las almas y nombres de grandes héroes. Míralas siendo admiradas por todos y niños pequeños pidiéndoles deseos como si fueran a hacer magia. ¡Míralas, qué solas están!
Bajé el brazo con la respiración agitada y la lluvia ya imparable en mi rostro.
—Y hasta las estrellas mueren, Shin. Ya sea mañana o en millones de años, ellas también mueren. Porque por más fuerte que seas, no podrás salvar a todos siempre simple y llanamente porque existe el tiempo. ¿Y para qué tanto entrenar si al final no vas a pasar tiempo con los mismos a los que quieres salvar? ¿De qué te sirve vivir a ti, o a nosotros, si no pasamos ese tiempo con nuestros seres queridos? ¡Si eso es lo que significa ser una estrella, no esperes que consienta que para mí lo seas!
La fuerza mi voz se perdió, quedando apenas un tenue murmullo.
—¿Por qué te cuesta tanto entender… que ya eres suficiente? No tienes… nada que demostrar.
Una nueva sonrisa...
—Bueno, ¡supongo que tendré que seguir practicando!
… una nueva mentira en el teatro.
Una mirada distinta en un rostro que parecía ser el mismo
—Lo que dijiste en Baterilla…
Y, así, cayó el telón.
Ya no hubo más sonrisas, no por mi parte. Me había cansado de fingir, aunque no entendí a lo que se refirió hasta que mencionó lo de priorizar. Los puños se me cerraron.
Simplemente, recogió su velo. Anunció el fin de una broma que demasiado había durado.
De nuevo, a seguir entrenando. De nuevo, alejándose. De nuevo, la sombra de Kutsukku.
—Soy el más fuerte entre nosotros. Sólo véanme brillar.
Ya era tarde. Las luces del ocaso tardaron dos segundos en tocar tierra y morir.
¿Y ya está? ¿Eso era todo? ¿Se suponía que tenía que dar media vuelta y regresar, como si no pasara nada?
La arena siseó tras el suave ruido seco de la cesta al caer sobre ella.
—Esta conversación no tenía que darse así.
Avancé un par de pasos, colocándome justo ante él. Iba a verme. Y lo haría muy bien.
—No te estoy priorizando, Shin. —Mi voz sonó suave, casi fría—. Que pienses eso me ofende, porque yo no priorizaría a nadie.
Eso fue, exactamente, lo que dije en Baterilla.
—Ya no quiero seguir mintiendo, Shin. Y tampoco quiero que tú lo hagas. —La gravedad de mis palabras terminó en quiebre, y tuve que esforzarme para contener el inicio de unas lágrimas aún por nacer—. Lo he escuchado todo. He visto cómo ese hombre ha utilizado lo que más has querido para herirte, lo he odiado por ello y ver cómo te afectó me ha hecho más daño que ninguna cosa que pudiera haberme hecho a mí. Pero casi tanto me ha dolido el modo en el que has vuelto a ser el de siempre, con una facilidad que da miedo porque ya no sé si existió algún momento en que disfrutases mi compañía de verdad.
Rabia, impotencia y dolor mezcladas en aquellas últimas palabras con dos suaves gotas que cayeron hermanas por mi rostro. Aun así, ni un segundo aparté la mirada, permitiéndole mirarme a los ojos.
—No he venido para priorizarte, sino porque tenía miedo. Miedo de que te estuvieras alejando, de que quisieras quedarte solo. Todo el día aquí entrenando, siempre bajo la sombra de Kutsukku, ¡¿y para qué?! —Algo en mi interior desgarró la pregunta—. ¿Quieres brillar, Shin? ¡Mira un momento las malditas estrellas! —Alcé la zurda cuanto pude, mostrando las que ya estaban sobre nosotros, con mis iris imantados en los suyos—. Míralas enfrentando la oscuridad. Míralas encarnando las almas y nombres de grandes héroes. Míralas siendo admiradas por todos y niños pequeños pidiéndoles deseos como si fueran a hacer magia. ¡Míralas, qué solas están!
Bajé el brazo con la respiración agitada y la lluvia ya imparable en mi rostro.
—Y hasta las estrellas mueren, Shin. Ya sea mañana o en millones de años, ellas también mueren. Porque por más fuerte que seas, no podrás salvar a todos siempre simple y llanamente porque existe el tiempo. ¿Y para qué tanto entrenar si al final no vas a pasar tiempo con los mismos a los que quieres salvar? ¿De qué te sirve vivir a ti, o a nosotros, si no pasamos ese tiempo con nuestros seres queridos? ¡Si eso es lo que significa ser una estrella, no esperes que consienta que para mí lo seas!
La fuerza mi voz se perdió, quedando apenas un tenue murmullo.
—¿Por qué te cuesta tanto entender… que ya eres suficiente? No tienes… nada que demostrar.
