07-05-2026, 10:50 PM
(Última modificación: 07-05-2026, 11:05 PM por Nyra Kuroshiro.)
Veinte días.
Veinte días habían pasado desde que Shin se recuperó… y no había hecho otra cosa más que entrenar.
Por supuesto, yo también había entrenado. Había visto el uso de los bo de algunos guardias del desierto y me habían enseñado muy amablemente a cómo utilizarlos de manera correcta y eficaz, además de cómo entrenar con ellos tanto sola como contra ellos.
Aun así, cuando salía, era mi espada la que siempre me acompañaba. Después de todo, de momento era el arma que aún manejaba mejor.
Poco a poco, estaba cumpliendo mi promesa. Estaba trabajando muy, muy duro para volverme más fuerte…, pero el comportamiento de Shin era tan extremo que estaba empezando a preocuparme…
Y más aún tras el anuncio de su ascenso por Den Den Mushi.
Por esa razón, había dedicado la tarde a preparar un picnic para obligarlo a distraerse aunque tuviera que utilizar las bodas de oro como excusa. Además, Melly me había dado una idea para un regalo y no tardé en encontrar el perfecto poco después.
Pero aún faltaría bastante para eso.
El camino hasta la playa fue más largo de lo que recordaba, pero seguramente él lo habría recorrido en un segundo. ¡Qué fácil tenía que ser todo yendo a esa velocidad! Pero ¡¿por qué no piensa un poquito en los demás cuando elige sus sitios de entrenamiento?! ¿O es que acaso no quería visitas a propósito? Bueno, fuera cual fuese el caso, se iba a sorprender con mi visita y no la iba a poder remediar. ¡No estoy recorriendo todo esto para que te vayas a librar de mí, Shin! Menos mal que las ropas del desierto tienen mucha tela pero son frescas por dentro y a estas horas el calor no es tan intenso, porque si no, el ducharme antes de salir no me habría servido de nada…
Pero cuando bajé la cuesta que me lleva por ese camino, fui yo quien me sorprendí por lo que vi al girar tras una pared de roca. No fue sólo por el muro de escombros, sino sobre todo porque Shin no se encontraba solo.
― … perdiste tu oportunidad de hacer preguntas.
Confundida, dejé la cesta en el suelo y permanecí escondida tras las piedras. Observé a ambos con las orejas alzadas, alerta. Shin no parecía muy contento con la presencia del otro albino. Sin embargo, no parecía que fueran a atacarse, y las ropas del otro hombre parecían bastante caras…
«¿Qué está pasando aquí…?».
Por suerte, el viento estaba a mi favor y, con mi buen oído, no perdía detalle de las palabras que pronunciaban, algunas de las cuales empezaban a tener sentido, como la mención del Clan Hasegawa. Claramente eran familia, pero él no parecía preocupado por lo que pasó en Kutsukku… Más bien… ¿había “perdonado” a Shin por no seguir usando una espada? ¿Qué…? ¿Y de qué deuda está hablando?
―Vas a casarte.
Mis ojos se abrieron como nunca al tiempo que una sensación fría recorrió toda mi espina dorsal. Mis puños se cerraron de rabia casi de inmediato. Si no había gritado de rabia, fue sólo porque la sorpresa se adelantó a la indignación. «Está todo arreglado». La ira hacía vibrar cada célula de mi ser. ¡¿Cómo podía hablar de aquello como si fuera un simple contrato?!
Y, sin embargo, no me moví. Shin era perfectamente capaz de librar sus propias batallas, y no iba a arrebatarle la oportunidad de defender su propio honor.
A pesar de la rabia, noté el tirón de una media sonrisa en la comisura del labio ante su respuesta. ¿Qué iba a hacer aquel tipo que se atrevía a llamarse padre? ¿Obligarlo? Si se atrevía a intentar atacarlo, seríamos dos contra uno.
Pero una palabra bastó para paralizarnos a ambos. «¿Novia?». Y hablaba en pasado… ¿¿Qué pasó?? ¿Rompieron? ¿Algo le ocurrió? O…
―Himari.
Un vistazo me bastó para ver en el perfil de Shin una expresión imposible que me hizo odiar a aquel hombre para siempre con todo mi ser.
No tenía ni idea de lo que pasó ni hace cuánto, ni me importaba. Aquel hombre, si es que a un monstruo podía llamárselo así, no tenía el menor derecho de hablar de superar absolutamente nada, y mucho menos de llamar “deshonra” a Shin por haberse enamorado. «¡¿Cómo se atreve a hablar de carreras y oportunidad?! ¡¿Cómo puede…?!». La expresión de Shin me desgarraba por dentro.
Pero lo peor estaba aún por llegar.
Aquella combinación de palabras me paralizó. Deuda, recursos invertidos, expectativa de obediencia, el amor por una esclava, el objetivo de Shin, cómo aquel demonio se alegraba por ello… Demasiadas cosas empezaban a tener sentido demasiado deprisa, y yo sólo era capaz de permanecer como una mera espectadora ante un breve y eterno intercambio que culminó con un destello y la desintegración de aquel muro.
La sentencia de Shin puso punto final, y desprecié la forma con la que ese ser creyó que por un “te has vuelto fuerte” le daba derecho a llamarlo “hijo”, opinión también compartida con el joven albino.
Más aún, cuando insistió en el encuentro con aquella esposa. Un “por favor” no camuflaba la sentencia pendiendo sobre su cabeza, teniendo en cuenta que las corrientes de aquellos mares volvían aquel encuentro ineludible.
A aquel tipo, Shin no le importaba nada.
Tomé la cesta y caminé erguida y con paso firme hacia allí al tiempo que él hacía lo mismo en mi dirección. Lo miré con fiereza mientras nos acercábamos, pero decidí volver la vista al frente e ignorarlo cuando estábamos a pocos pasos de cruzarnos.
―Oh, no me digas que ahora se mezcla con gente como tú…
No supe si se refería a mi raza o a mi aparente debilidad, pero no le dediqué ni la más mínima mirada o expresión. La opinión de aquel hombre sobre mí me importaba menos que la propia nada.
―No te recomendaría acercarte a él. ―No me detuve, pero el agarre sobre la cesta se tensó―. Parece que está de mal humor.
Aquellas palabras activaron un resorte que no pude ignorar.
―¡¿Y le sorprende?!
El pie derecho había trazado un semicírculo perfecto al girarme hacia él, teniéndolo completamente de frente, con los puños hacia abajo temblando de rabia y las aguamarinas ardiendo con la fuerza de un mar en llamas. Su expresión de soberbia, esa sonrisa confiada de quien tiene la certeza de imponer su voluntad… Que tuviera el cinismo de haber utilizado aquel nombre para pretender doblegar el espíritu de Shin era algo que me hacía quererlo matar. Sin embargo, no le daría el gusto de hacerle creer que podría manipularme con la rabia y hacerme perder los papeles, por lo que hablé con toda la calma que el nítido rencor de mi voz pudiera soportar.
―Desprecia a esa chica por haber sido esclava, pero usted no trata a su hijo de distinta forma. No es el material de las cadenas el que define a un esclavo, sino la falta de libertad. ―Observé cada uno de sus gestos, cada pequeña expresión, tratando de ver si él mismo se daba cuenta de la incongruencia de sus actos o si tan siquiera le importaba―. Shin no es un esclavo, no es su propiedad, y jamás voy a perdonarle que haya intentado herirlo, manipularlo y doblegarlo utilizando lo mejor que tiene él y que usted hace mucho que tiró: su corazón. ―No me importaba lo que dijera. No me importaba cómo reaccionara. No iba a callarme aquella verdad―. Independientemente de su poder, él ya es infinitamente mejor de lo que usted será jamás.
Una risotada súbita, con el mismo porte que había recibido Shin desde su llegada.
—Sigue siendo un Hasegawa, en algún momento mostrará su naturaleza.
Con aquellas palabras, dio media vuelta y comenzó a marcharse. Yo hice lo mismo con las mías.
—Sí, pero sobre todo, es Shin.
Mis pasos no se detuvieron, pero sí se ralentizaron al acercarme a él. Lo observé preocupada, con las orejas gachas, sin saber muy bien cómo lo podría apoyar.
—¿Cómo estás, Shin…?
Veinte días habían pasado desde que Shin se recuperó… y no había hecho otra cosa más que entrenar.
Por supuesto, yo también había entrenado. Había visto el uso de los bo de algunos guardias del desierto y me habían enseñado muy amablemente a cómo utilizarlos de manera correcta y eficaz, además de cómo entrenar con ellos tanto sola como contra ellos.
Aun así, cuando salía, era mi espada la que siempre me acompañaba. Después de todo, de momento era el arma que aún manejaba mejor.
Poco a poco, estaba cumpliendo mi promesa. Estaba trabajando muy, muy duro para volverme más fuerte…, pero el comportamiento de Shin era tan extremo que estaba empezando a preocuparme…
Y más aún tras el anuncio de su ascenso por Den Den Mushi.
Por esa razón, había dedicado la tarde a preparar un picnic para obligarlo a distraerse aunque tuviera que utilizar las bodas de oro como excusa. Además, Melly me había dado una idea para un regalo y no tardé en encontrar el perfecto poco después.
Pero aún faltaría bastante para eso.
El camino hasta la playa fue más largo de lo que recordaba, pero seguramente él lo habría recorrido en un segundo. ¡Qué fácil tenía que ser todo yendo a esa velocidad! Pero ¡¿por qué no piensa un poquito en los demás cuando elige sus sitios de entrenamiento?! ¿O es que acaso no quería visitas a propósito? Bueno, fuera cual fuese el caso, se iba a sorprender con mi visita y no la iba a poder remediar. ¡No estoy recorriendo todo esto para que te vayas a librar de mí, Shin! Menos mal que las ropas del desierto tienen mucha tela pero son frescas por dentro y a estas horas el calor no es tan intenso, porque si no, el ducharme antes de salir no me habría servido de nada…
Pero cuando bajé la cuesta que me lleva por ese camino, fui yo quien me sorprendí por lo que vi al girar tras una pared de roca. No fue sólo por el muro de escombros, sino sobre todo porque Shin no se encontraba solo.
― … perdiste tu oportunidad de hacer preguntas.
Confundida, dejé la cesta en el suelo y permanecí escondida tras las piedras. Observé a ambos con las orejas alzadas, alerta. Shin no parecía muy contento con la presencia del otro albino. Sin embargo, no parecía que fueran a atacarse, y las ropas del otro hombre parecían bastante caras…
«¿Qué está pasando aquí…?».
Por suerte, el viento estaba a mi favor y, con mi buen oído, no perdía detalle de las palabras que pronunciaban, algunas de las cuales empezaban a tener sentido, como la mención del Clan Hasegawa. Claramente eran familia, pero él no parecía preocupado por lo que pasó en Kutsukku… Más bien… ¿había “perdonado” a Shin por no seguir usando una espada? ¿Qué…? ¿Y de qué deuda está hablando?
―Vas a casarte.
Mis ojos se abrieron como nunca al tiempo que una sensación fría recorrió toda mi espina dorsal. Mis puños se cerraron de rabia casi de inmediato. Si no había gritado de rabia, fue sólo porque la sorpresa se adelantó a la indignación. «Está todo arreglado». La ira hacía vibrar cada célula de mi ser. ¡¿Cómo podía hablar de aquello como si fuera un simple contrato?!
Y, sin embargo, no me moví. Shin era perfectamente capaz de librar sus propias batallas, y no iba a arrebatarle la oportunidad de defender su propio honor.
A pesar de la rabia, noté el tirón de una media sonrisa en la comisura del labio ante su respuesta. ¿Qué iba a hacer aquel tipo que se atrevía a llamarse padre? ¿Obligarlo? Si se atrevía a intentar atacarlo, seríamos dos contra uno.
Pero una palabra bastó para paralizarnos a ambos. «¿Novia?». Y hablaba en pasado… ¿¿Qué pasó?? ¿Rompieron? ¿Algo le ocurrió? O…
―Himari.
Un vistazo me bastó para ver en el perfil de Shin una expresión imposible que me hizo odiar a aquel hombre para siempre con todo mi ser.
No tenía ni idea de lo que pasó ni hace cuánto, ni me importaba. Aquel hombre, si es que a un monstruo podía llamárselo así, no tenía el menor derecho de hablar de superar absolutamente nada, y mucho menos de llamar “deshonra” a Shin por haberse enamorado. «¡¿Cómo se atreve a hablar de carreras y oportunidad?! ¡¿Cómo puede…?!». La expresión de Shin me desgarraba por dentro.
Pero lo peor estaba aún por llegar.
Aquella combinación de palabras me paralizó. Deuda, recursos invertidos, expectativa de obediencia, el amor por una esclava, el objetivo de Shin, cómo aquel demonio se alegraba por ello… Demasiadas cosas empezaban a tener sentido demasiado deprisa, y yo sólo era capaz de permanecer como una mera espectadora ante un breve y eterno intercambio que culminó con un destello y la desintegración de aquel muro.
La sentencia de Shin puso punto final, y desprecié la forma con la que ese ser creyó que por un “te has vuelto fuerte” le daba derecho a llamarlo “hijo”, opinión también compartida con el joven albino.
Más aún, cuando insistió en el encuentro con aquella esposa. Un “por favor” no camuflaba la sentencia pendiendo sobre su cabeza, teniendo en cuenta que las corrientes de aquellos mares volvían aquel encuentro ineludible.
A aquel tipo, Shin no le importaba nada.
Tomé la cesta y caminé erguida y con paso firme hacia allí al tiempo que él hacía lo mismo en mi dirección. Lo miré con fiereza mientras nos acercábamos, pero decidí volver la vista al frente e ignorarlo cuando estábamos a pocos pasos de cruzarnos.
―Oh, no me digas que ahora se mezcla con gente como tú…
No supe si se refería a mi raza o a mi aparente debilidad, pero no le dediqué ni la más mínima mirada o expresión. La opinión de aquel hombre sobre mí me importaba menos que la propia nada.
―No te recomendaría acercarte a él. ―No me detuve, pero el agarre sobre la cesta se tensó―. Parece que está de mal humor.
Aquellas palabras activaron un resorte que no pude ignorar.
―¡¿Y le sorprende?!
El pie derecho había trazado un semicírculo perfecto al girarme hacia él, teniéndolo completamente de frente, con los puños hacia abajo temblando de rabia y las aguamarinas ardiendo con la fuerza de un mar en llamas. Su expresión de soberbia, esa sonrisa confiada de quien tiene la certeza de imponer su voluntad… Que tuviera el cinismo de haber utilizado aquel nombre para pretender doblegar el espíritu de Shin era algo que me hacía quererlo matar. Sin embargo, no le daría el gusto de hacerle creer que podría manipularme con la rabia y hacerme perder los papeles, por lo que hablé con toda la calma que el nítido rencor de mi voz pudiera soportar.
―Desprecia a esa chica por haber sido esclava, pero usted no trata a su hijo de distinta forma. No es el material de las cadenas el que define a un esclavo, sino la falta de libertad. ―Observé cada uno de sus gestos, cada pequeña expresión, tratando de ver si él mismo se daba cuenta de la incongruencia de sus actos o si tan siquiera le importaba―. Shin no es un esclavo, no es su propiedad, y jamás voy a perdonarle que haya intentado herirlo, manipularlo y doblegarlo utilizando lo mejor que tiene él y que usted hace mucho que tiró: su corazón. ―No me importaba lo que dijera. No me importaba cómo reaccionara. No iba a callarme aquella verdad―. Independientemente de su poder, él ya es infinitamente mejor de lo que usted será jamás.
Una risotada súbita, con el mismo porte que había recibido Shin desde su llegada.
—Sigue siendo un Hasegawa, en algún momento mostrará su naturaleza.
Con aquellas palabras, dio media vuelta y comenzó a marcharse. Yo hice lo mismo con las mías.
—Sí, pero sobre todo, es Shin.
Mis pasos no se detuvieron, pero sí se ralentizaron al acercarme a él. Lo observé preocupada, con las orejas gachas, sin saber muy bien cómo lo podría apoyar.
—¿Cómo estás, Shin…?
