07-05-2026, 12:18 AM
Una de las camareras le trajo la carta y, tras pedir un vaso de agua, se puso a ojear las opciones de almuerzo. La primera página era de pastas, simples y rellenas, acompañadas de distintos tipos de salsas. Inspeccionó los ingredientes y acabó arrugando la nariz. Nada de carne. Siguiente página. Esta vez, ensaladas. Peor. Siguiente página.
—Ahora estamos hablando, shihaha… —murmuró y se relamió, sonriente; la mirada prendida de una tentadora postal. Decoraba la sección de carnes el dibujo, increíblemente realista, de un corte de carne grillada, grueso y jugoso, acompañado de una ensalada de papa y arveja—. ¡Señorita! Quiero uno de estos. Con doble ración de ensalada y mucha sal en la carne.
La mesera se acercó con la bandeja abrazada al pecho y Enji le señaló la ilustración de la carne.
—¡Perfecto! ¿Algo más? ¿Otra cosa para beber además de agua? Tenemos cerveza, vino y jugos frutales frescos.
—Huh, no, no. —Se rascó el cuello, cerró la carta y la devolvió, despachando a la mesera con un gesto de barrido de la mano—. Lo único… —Agarró el vaso de agua, servido hasta el borde, y se lo volcó contra los labios. Lo vació en cinco tragos y volvió a dejarlo en la mesa—. Relléname eso, linda. Que esté fría.
Subió las piernas a la mesa, se reclinó hacia atrás en la silla y sacó el cartel escondido en el bolsillo interno de su chaqueta. Chaqueta que, como un símbolo de su rango y autoridad, lo volvía parcialmente inmune a los reclamos que insinuaban las numerosas miradas dirigidas hacia su persona. Desplegó el pedido de captura sobre su regazo y volvió a sonreír, como un gesto que anunciaba la llegada de una risa que se forzaba por contener. Diez millones de berries, rezaba el volante. Diez millones de berries marcados bajo el nombre de una amiga, y su rostro, tan amigable como siempre, plasmado un poco más arriba.
«Ya veo que no estabas jugando —meditó—. Pero esto es muy poco para lo alto que apuntas»
Chasqueó la lengua y volvió a guardar el cartel en su chaqueta. Las patas delanteras golpearon el suelo cuando se incorporó hacia adelante, puso los codos sobre la mesa y bebió de su vaso de agua fresca, recién servida, descansando la mirada en el ventanal que daba a la calle. Demasiada gente, demasiados colores, demasiado barullo. Tanta conversación era molesta cuando no formabas parte de ninguna de ellas.
¿En qué momento se había llenado el local?
El espacio entre mesas se volvía cada vez más ajustado, el ambiente más saturado de presencias. El aroma de varios perfumes florales se mezclaba con el olor de la comida, y no era para nada agradable. Enji empezó a sentir calor. La chaqueta dejó de descansar en sus hombros para doblarse sobre el respaldo de la silla; la camisa, abierta hasta el pecho y arremangada, permanecía. En cuanto llegó la comida, el marinese encerró en su plato, apurando las papas y arvejas con grandes mordiscos de carne. Ya quería irse. Bebía sorbos de agua ocasionales para que el mazacote alimenticio bajara por su garganta. ¿Estaba bueno? Relativamente. Sentía un poco de su sabor, pero no todo. Era como comer con una funda de papel en la lengua. Por eso pidió el doble de sal en la carne.
—Uh, que molestos… —masculló, con la boca llena. La bulla del local estaba en alza tras el ingreso de un vestido blanco, cosa de lo que no se percató hasta que, de pronto, esa misma bulla se apagó tras el tronido de unas carcajadas.
Las muchas voces se callaron al unísono cuando las miradas indiscretas, las risas cómplices y los chistes inapropiados, en un movimiento rápido, se convirtieron en acoso. La incómoda y fingida ignorancia del resto de clientes dejó de ser una opción. Todos se callaron, pero ninguno hizo nada. Dejando en claro que eran conscientes de lo que pasaba, que no lo aprobaban, pero tampoco se atrevían a intervenir, temerosos de una represalia. El único sonido que perduró, junto a las carcajadas del grupo, fue el de su mandíbula triturando la carne.
—Oi, cierren la boca un poco. ¿Qué pasó? ¿A quién mataron que todo el mundo se calló? —Levantó su voz por encima del incómodo silencio. Se levantó, su plato ya vacío, limpiándose la boca con una servilleta, y levantó la mirada por primera vez. Y allí la encontró. Un vestido blanco y cabellos naranjas, que maldita casualidad.
Enji se relamió los dientes delanteros.
—Mierda, creo que tengo un trozo de carne atorado… —dijo para sí mismo—. ¿Quién tiene palillos? —Fijó la mirada en el grupo problemático—. ¿Ustedes?
—Ahora estamos hablando, shihaha… —murmuró y se relamió, sonriente; la mirada prendida de una tentadora postal. Decoraba la sección de carnes el dibujo, increíblemente realista, de un corte de carne grillada, grueso y jugoso, acompañado de una ensalada de papa y arveja—. ¡Señorita! Quiero uno de estos. Con doble ración de ensalada y mucha sal en la carne.
La mesera se acercó con la bandeja abrazada al pecho y Enji le señaló la ilustración de la carne.
—¡Perfecto! ¿Algo más? ¿Otra cosa para beber además de agua? Tenemos cerveza, vino y jugos frutales frescos.
—Huh, no, no. —Se rascó el cuello, cerró la carta y la devolvió, despachando a la mesera con un gesto de barrido de la mano—. Lo único… —Agarró el vaso de agua, servido hasta el borde, y se lo volcó contra los labios. Lo vació en cinco tragos y volvió a dejarlo en la mesa—. Relléname eso, linda. Que esté fría.
Subió las piernas a la mesa, se reclinó hacia atrás en la silla y sacó el cartel escondido en el bolsillo interno de su chaqueta. Chaqueta que, como un símbolo de su rango y autoridad, lo volvía parcialmente inmune a los reclamos que insinuaban las numerosas miradas dirigidas hacia su persona. Desplegó el pedido de captura sobre su regazo y volvió a sonreír, como un gesto que anunciaba la llegada de una risa que se forzaba por contener. Diez millones de berries, rezaba el volante. Diez millones de berries marcados bajo el nombre de una amiga, y su rostro, tan amigable como siempre, plasmado un poco más arriba.
«Ya veo que no estabas jugando —meditó—. Pero esto es muy poco para lo alto que apuntas»
Chasqueó la lengua y volvió a guardar el cartel en su chaqueta. Las patas delanteras golpearon el suelo cuando se incorporó hacia adelante, puso los codos sobre la mesa y bebió de su vaso de agua fresca, recién servida, descansando la mirada en el ventanal que daba a la calle. Demasiada gente, demasiados colores, demasiado barullo. Tanta conversación era molesta cuando no formabas parte de ninguna de ellas.
¿En qué momento se había llenado el local?
El espacio entre mesas se volvía cada vez más ajustado, el ambiente más saturado de presencias. El aroma de varios perfumes florales se mezclaba con el olor de la comida, y no era para nada agradable. Enji empezó a sentir calor. La chaqueta dejó de descansar en sus hombros para doblarse sobre el respaldo de la silla; la camisa, abierta hasta el pecho y arremangada, permanecía. En cuanto llegó la comida, el marinese encerró en su plato, apurando las papas y arvejas con grandes mordiscos de carne. Ya quería irse. Bebía sorbos de agua ocasionales para que el mazacote alimenticio bajara por su garganta. ¿Estaba bueno? Relativamente. Sentía un poco de su sabor, pero no todo. Era como comer con una funda de papel en la lengua. Por eso pidió el doble de sal en la carne.
—Uh, que molestos… —masculló, con la boca llena. La bulla del local estaba en alza tras el ingreso de un vestido blanco, cosa de lo que no se percató hasta que, de pronto, esa misma bulla se apagó tras el tronido de unas carcajadas.
Las muchas voces se callaron al unísono cuando las miradas indiscretas, las risas cómplices y los chistes inapropiados, en un movimiento rápido, se convirtieron en acoso. La incómoda y fingida ignorancia del resto de clientes dejó de ser una opción. Todos se callaron, pero ninguno hizo nada. Dejando en claro que eran conscientes de lo que pasaba, que no lo aprobaban, pero tampoco se atrevían a intervenir, temerosos de una represalia. El único sonido que perduró, junto a las carcajadas del grupo, fue el de su mandíbula triturando la carne.
—Oi, cierren la boca un poco. ¿Qué pasó? ¿A quién mataron que todo el mundo se calló? —Levantó su voz por encima del incómodo silencio. Se levantó, su plato ya vacío, limpiándose la boca con una servilleta, y levantó la mirada por primera vez. Y allí la encontró. Un vestido blanco y cabellos naranjas, que maldita casualidad.
Enji se relamió los dientes delanteros.
—Mierda, creo que tengo un trozo de carne atorado… —dijo para sí mismo—. ¿Quién tiene palillos? —Fijó la mirada en el grupo problemático—. ¿Ustedes?

