05-05-2026, 08:24 PM
Por mi fortuna, o al menos eso quise creer, ella sí me había escuchado. Se giró al notar mi ridículo intento de llamarla como si fuera un gatito, y cuando su voz llegó hasta mí algo hizo clic dentro de mi cabeza. La conocía. No recordaba su nombre, por supuesto, porque mi memoria es una absoluta tragedia, pero la conocía. Era una de ellas, una de las chicas que me ayudaron en aquel lugar. Solo reconocer eso ya fue suficiente para que algo raro se revolviera dentro de mí, una sensación incómoda y cálida al mismo tiempo que me hizo sentir extrañamente expuesta. No me gustó en lo absoluto.
Asomé apenas parte del rostro desde la oscuridad detrás de la casa, todavía sin mostrarme del todo, como si esconder medio cuerpo fuera suficiente para protegerme de la vergüenza de no recordar quién era. Mis dedos juguetearon nerviosamente con el borde de mi bufanda mientras intentaba encontrar palabras menos ridículas, claramente sin éxito. —¿Conoces… conoces a una medusita, glup? —pregunté al final, con una voz mucho más baja de lo normal, casi como si estuviera compartiendo un secreto importante. Me sentí absurda apenas terminar la frase, pero ya era demasiado tarde para retractarme. La observé en silencio, esperando alguna reacción, alguna pista, cualquier gesto que me confirmara que no estaba equivocándome de persona. Porque sinceramente, no recordarla ya era suficientemente humillante, pero confundir a una desconocida con alguien importante para mí sería todavía peor y por alguna razón que no entendía del todo, esta vez sí me importaba no quedar como una completa idiota.
—Creo que te conozco y creo que tú me conoces. O sea, si nosotras nos conocemos… o sea, estábamos en un sitio, quiero decir que tú y yo pudimos habernos encontrado… —Las palabras salían atropelladas, una encima de otra, sin orden, sin sentido y definitivamente sin dignidad. Mientras más hablaba, peor sonaba todo, como si mi boca hubiera decidido traicionarme justo en el peor momento posible. Podía sentir el calor subir por todo mi rostro. Mi piel tomó un tono más rojizo de lo normal, casi brillante bajo la poca luz, y juraría que estaba a nada de empezar a echar humo por la cabeza como una olla a presión mal cerrada. Apreté un poco más mi bufanda entre los dedos, evitando mirarla directamente durante un segundo, como si el suelo fuera de pronto muchísimo más interesante.
—Lo que intento decir es que… probablemente no eres una desconocida —murmuré después, corrigiéndome con bastante más torpeza de la necesaria. Solté una pequeña mueca, mezcla de vergüenza y frustración conmigo misma. Toda esta situación me resultaba absurdamente incómoda, podía colarme en una casa ajena, robar una cartera sin pestañear y mentir sobre ser princesa de un reino inventado, pero hablar normal con alguien que me importaba aparentemente era demasiado pedir. —Tengo muy mala memoria, no es personal —añadí rápido, como si eso solucionara algo —Olvido caras, nombres, tragedias varias. — La señalé apenas con un dedo, todavía medio escondida tras la pared.
—Pero tu cara me suena muchísimo, así que eso debe significar algo bueno… creo, glup. —
Asomé apenas parte del rostro desde la oscuridad detrás de la casa, todavía sin mostrarme del todo, como si esconder medio cuerpo fuera suficiente para protegerme de la vergüenza de no recordar quién era. Mis dedos juguetearon nerviosamente con el borde de mi bufanda mientras intentaba encontrar palabras menos ridículas, claramente sin éxito. —¿Conoces… conoces a una medusita, glup? —pregunté al final, con una voz mucho más baja de lo normal, casi como si estuviera compartiendo un secreto importante. Me sentí absurda apenas terminar la frase, pero ya era demasiado tarde para retractarme. La observé en silencio, esperando alguna reacción, alguna pista, cualquier gesto que me confirmara que no estaba equivocándome de persona. Porque sinceramente, no recordarla ya era suficientemente humillante, pero confundir a una desconocida con alguien importante para mí sería todavía peor y por alguna razón que no entendía del todo, esta vez sí me importaba no quedar como una completa idiota.
—Creo que te conozco y creo que tú me conoces. O sea, si nosotras nos conocemos… o sea, estábamos en un sitio, quiero decir que tú y yo pudimos habernos encontrado… —Las palabras salían atropelladas, una encima de otra, sin orden, sin sentido y definitivamente sin dignidad. Mientras más hablaba, peor sonaba todo, como si mi boca hubiera decidido traicionarme justo en el peor momento posible. Podía sentir el calor subir por todo mi rostro. Mi piel tomó un tono más rojizo de lo normal, casi brillante bajo la poca luz, y juraría que estaba a nada de empezar a echar humo por la cabeza como una olla a presión mal cerrada. Apreté un poco más mi bufanda entre los dedos, evitando mirarla directamente durante un segundo, como si el suelo fuera de pronto muchísimo más interesante.
—Lo que intento decir es que… probablemente no eres una desconocida —murmuré después, corrigiéndome con bastante más torpeza de la necesaria. Solté una pequeña mueca, mezcla de vergüenza y frustración conmigo misma. Toda esta situación me resultaba absurdamente incómoda, podía colarme en una casa ajena, robar una cartera sin pestañear y mentir sobre ser princesa de un reino inventado, pero hablar normal con alguien que me importaba aparentemente era demasiado pedir. —Tengo muy mala memoria, no es personal —añadí rápido, como si eso solucionara algo —Olvido caras, nombres, tragedias varias. — La señalé apenas con un dedo, todavía medio escondida tras la pared.
—Pero tu cara me suena muchísimo, así que eso debe significar algo bueno… creo, glup. —
