[FIC - Pasado] Segando el trigo
#8
Kibai no perdió el tiempo y se lazó hacia delante, desdibujándose por el movimiento. Sus zarpas traseras golpearon las maderas del balandro con un ritmo frenético, buscando cerrar la distancia para que la longitud de Raimei pudiera encontrar un resquicio en la guardia del gigante. Sin embargo, la ofensiva inicial del mink chocó contra un muro de acero. Garruk, a pesar de su volumen, movía el kanabo con una precisión más que notable, trazando arcos amplios y pesados que obligaban a Kibai a frenar en seco o a realizar acrobacias desesperadas para no ser convertido en pulpa como una fruta madura. El aire silbaba con cada movimiento del arma del Triguero, una masa de hierro que parecía devorar el espacio vital del mink.

Tras los primeros choques, una punzada de preocupación recorrió la espina dorsal de Kibai. Cada vez que Raimei bloqueaba un envite, la vibración del impacto subía por sus brazos, entumeciéndole los hombros. No era solo la fuerza bruta; era la inercia. El peso del kanabo, sumado a la potencia física de Garruk, estaba diseñado para desgastar al oponente. El mink se dio cuenta de que, a este ritmo, sus articulaciones cederían mucho antes de que el gigante se cansara. Lo que más le inquietaba era la vitalidad del criminal; en su anterior encuentro en el puerto, Garruk parecía una sombra de lo que era ahora. Sus movimientos eran más fluidos, sus ojos estaban más claros y su resistencia parecía inagotable.

Aprovechando un barrido horizontal que astilló un barril de suministros cercano, Kibai dio un salto prodigioso hacia atrás, aterrizando sobre una de las cajas de mineral con la respiración entrecortada.

— Lo reconozco, parece que te mueves mejor que la última vez, Triguero — comentó Kibai, sin bajar la guardia, observando cómo el gigante recuperaba su posición sin rastro de fatiga—. En el puerto parecías bastante más lento.

Garruk soltó una carcajada ronca y cargada de desprecio. Se tomó un segundo para escupir a un lado, una mezcla de flema y sangre que manchó la cubierta.

— ¿En el puerto? — Garruk mostró sus dientes amarillentos en una sonrisa feroz. — Aquel día, maldita bestia peluda, estaba celebrando la "recolecta de tributos" de mis muchachos en el puerto. Llevaba encima más alcohol del que tú has visto en toda tu vida de perro faldero de la Marina. Estaba prácticamente inconsciente de pie.

El gigante apuntó el extremo reforzado de su kanabo directamente al pecho de Kibai. El hierro negro brilló con un matiz aceitoso bajo la luz de las antorchas.

— Pero hoy no hay alcohol, ni celebraciones que valgan — declaró Garruk con una voz que retumbó en las cuadernas del barco. — Estoy al cien por cien de mis capacidades. Y por eso, soldadito de pacotilla, no saldrás vivo de esta mina. ¡Tu cabeza será el trofeo que adorne la pared de mi próximo establecimiento!

Con un rugido que sacudió los pulmones de los marines que aún se atrincheraban en el muelle, Garruk se lanzó al ataque. Kibai, con una sombría determinación grabada en el rostro, aceptó el desafío. Sabía que no podía permitirse más errores. Intentó flanquearlo, usando su velocidad para atacar desde los ángulos, pero el Triguero parecía haber anticipado cada uno de sus movimientos. En un giro inesperado, Garruk soltó una mano del kanabo para ganar velocidad y, aprovechando que Kibai estaba en pleno salto, descargó un golpe lateral con la base del arma.

El impacto fue brutal. Kibai no tuvo tiempo de bloquear completamente y el golpe le dio de lleno en el costado. El aire abandonó sus pulmones en un quejido ahogado mientras su cuerpo era proyectado varios metros hacia atrás. Atravesó el espacio como un fardo de ropa vieja hasta estrellarse violentamente contra la barandilla de madera de la popa. El impacto fue tan fuerte que la madera se astilló, dejando a Kibai colgando peligrosamente sobre el agua negra del puerto.

Levemente aturdido, con la vista nublada por puntos de luz y un dolor punzante en las costillas, Kibai intentó reincorporarse. Su instinto le gritaba que se moviera, pero sus músculos no respondían con la rapidez habitual. Garruk ya estaba sobre él, alzando el kanabo con ambas manos para un golpe de gracia que aplastaría al mink contra el muelle.

—¡Y ahra, muere! — gritó el gigante.

Justo cuando el hierro comenzaba su descenso, dos detonaciones secas rasgaron el aire. El primer disparo de rifle impactó directamente en el cabezal del kanabo, desviando la trayectoria del golpe lo suficiente para que la maza se hundiera en la cubierta a centímetros de la cabeza de Kibai. El segundo disparo fue más preciso: la bala de plomo encontró su camino hacia el hombro derecho de Garruk. El gigante soltó un alarido de rabia y dolor, retrocediendo dos pasos mientras se llevaba la mano a la herida que empezaba a sangrar profusamente.

Kibai giró la cabeza hacia atrás, con la mandíbula apretada. En el muelle, parapetado tras un montón de escombros, Joss estaba recargando su rifle con una calma profesional. Introdujo una nueva bala en la recámara y cerró el cerrojo con un chasquido metálico.

—¡Ponte las pilas de una vez, Kibai! — le gritó el joven, con la voz ronca por todo el combat que habían sostenido previamente con los hombres del Triguero. — ¡No hemos venido hasta aquí para recoger tus restos! ¡Detén a ese malnacido antes de que lleguen sus refuerzos y nos superen!

Aquellas palabras actuaron como un jarro de agua fría sobre el mink. La adrenalina volvió a fluir por sus venas, barriendo el aturdimiento. Kibai se puso en pie, apoyándose en Raimei. Sus ojos se fijaron en Garruk, quien ahora bufaba como un toro herido, ignorando la sangre que corría por su brazo.

El combate se reanudó, pero esta vez, el mink había cambiado su estrategia. Kibai ya no intentaba chocar frontalmente contra el kanabo. Había aprendido los patrones de ataque de su rival: los tiempos de recuperación, el peso muerto del arma tras cada golpe fallido y la forma en que Garruk compensaba su herida en el hombro. Aprovecahdno su mayor movilidada, así como la gran variedad de superficies y puntos de apoyo existentes en cubeirta, Kibai se volvivó un borrón difuso. Corrió por las paredes verticales de la cabina de mando, ganando altura para caer sobre Garruk desde puntos ciegos. Se lanzó hacia las jarcias, balanceándose por encima de la cabeza del gigante como una sombra, asestando cortes rápidos y precisos sobre el cuerpo del criminal.

El balandro se convirtió en un laberinto para el Triguero. Cada vez que intentaba golpear, Kibai ya no estaba allí; solo quedaba la madera destrozada y el soplido del viento donde antes estaba el cuerpo dle mink Los cortes de Raimei empezaron a acumularse: en los muslos, en los costados, en los antebrazos. Garruk estaba perdiendo fuerza, su respiración se volvía un silbido agónico y su kanabo parecía pesarle una tonelada.

Desesperado y sintiendo que su vida se le escapaba entre los dedos, el Triguero soltó un alarido gutural que pareció detener el tiempo. Haciendo un movimeinto de barrido circular,demolió una parte de la cabina prinicpla, dejando a Kibai atrapado en la zona delatnera de la nave. Agarrando su arma con ambas manos, concentrando toda la fuerza que le quedaba en un último y definitivo ataque.

¡BLOODY SMASH! 

Kibai no retrocedió. Sus ojos brillaron con una luz gélida y concentrada.

¡GEKKO NO ISSEN! 

En lugar de saltar hacia atrás, Kibai se lanzó hacia adelante, casi rozando el suelo. Se coló por debajo de la trayectoria del kanabo de Garruk en el último isntante posible. El aire desplazado por la maza le despeinó el pelaje, pero el mink ya había iniciado su movimiento. Raimei trazó un arco vertical ascendente, una línea de acero que pareció capturar la escasa luz de la gruta. El filo abrió el pecho de Garruk en un corte limpio y profundo, desde el ombligo hasta el hombro izquierdo, atravesando cuero y carne con una facilidad aterradora.

El Triguero se quedó petrificado. Sus ojos se pusieron en blanco mientras el kanabo se le resbalaba de las manos, cayendo con un golpe sordo contra las tablas. El gigante vaciló un instante, como una torre cuya base ha sido demolida, antes de desplomarse hacia atrás. El impacto de su cuerpo contra la cubierta hizo que el balandro se tambaleara.

El silencio que siguió fue absoluto. Solo se oía el crepitar de las antorchas y el jadeo pesado de Kibai, que permanecía en posición de guardia, con la punta de Raimei goteando sangre.

Pocos minutos después, los marines de la base comenzaron a abordar el barco. Joss fue el primero en subir, con el rifle al hombro y el uniforme cubierto de hollín. Caminó por la cubierta, observando los destrozos: barandillas rotas, barriles astillados y el cuerpo inerte del Triguero en el centro de aquel caos. Los soldados empezaron a asegurar la zona, comprobando las bodegas y desarmando a los pocos mercenarios que quedaban con vida.

Joss se acercó a Kibai y le dio una palmada en el hombro, no sin cierta admiración en la mirada.

—Menuda carnicería, compañero — comentó el oficial, mirando el pecho abierto de Garruk. — Los mandos van a estar encantado. Con esto, seguramente te asciendan. Te lo has ganado.

Kibai bajó la vista hacia el cuerpo de Garruk. No sentía el triunfo que Joss esperaba. Limpió la hoja de Raimei con un trozo de tela antes de envainarla con un chasquido seco.

— No quiero ningún ascenso por esto, Joss — respondió Kibai. — El Triguero debería haber respondido ante la justicia de forma legítima. Debería haber pasado el resto de su vida en una celda, viendo cómo el mundo que intentó destruir prosperaba sin él. O haber sido condenado a muerte por un tribunal, no acabar así, como un animal sacrificado en la cubierta de un barco de contrabando.


Joss lo observó en silencio durante un momento.

—Bueno, el mundo no siempre es un lugar justo, Kibai. Pero al menos esta noche hay un monstruo menos en el Grand Line. Vamos, cuando terminemos de asegurar esta chatarra y la llevemos a la base, podremos darnos el gusto de tomarnos unas cervezas bien frías donde Filo. Invito yo.

Kibai asintió levemente, permitiéndose una pequeña sonrisa cansada.

—Eso... eso no suena mal — admitió.

Joss se giró hacia el resto de los marines, recuperando su tono de mando.

—¡Venga chicos, movimiento! — gritó. — Asegurad la carga y preparad los cabos. ¡Vamos a sacar este balandro de esta maldita cueva y a llevarlo a casa!

Mientras los marines se movían con eficiencia por la cubierta, Kibai se quedó un momento mirando hacia la salida de la gruta, donde el mar empezaba a clarear con la luz. Aunque Emerald había escapado, al menos las gentes del South Blue se habían librado de una gran amenaza, aunque la forma no acababa de convencerle demasiado, quizás aveces un buen resultado positivo compensaba el no haber logrado seguir totalmente los protocolos de la Marina.
[Imagen: gvCFAP2.png]
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