03-05-2026, 03:52 AM
Calor.
En medio del beso la estancia parecía hacerse más cálida.
Las velas y el incienso ayudaban a que el momento fuera más íntimo.
La luz tenue, los aromas frutales, la cercanía de ambos cuerpos…En un conjunto la sala de sacrificios, a simple vista, podía pasar como una habitación decorada por dos amantes que solo deseaban mostrar su romanticismo de la manera más extraña.
Nada más alejado de la realidad.
Y la separación de los labios, ahora conectados por un hilillo de saliva, que se rompió casi al instante, es lo que regresaría a ambos a la tierra.
Ella no estaba ahí solo para complacer al hombre, tenía un deber mucho más importante…debía entregar su alma y su sangre a la Gran Señora Serpiente, pero…también debía cumplir con la última voluntad del desdichado.
¿Quién era ella para oponerse?
Escuchar las palabras de él fue un gusto, un placer. Su cuerpo se estremeció, un escalofrío recorrió su piel… ¿Desde hace cuánto se había negado la intimidad? No podía recordarlo. Siempre le llovían propuestas, pero nadie era digno, hasta ahora y lo mejor ¡Tenía la bendición de La Gran Diosa!
—Cierto, muy cierto ¿Cómo he podido pasar algo tan importante por alto? —Gloomy aflojó el agarre del mango de su martillo. Empezó a sentirse más segura, más en confianza, después de todo… ¡Le creía al Rubí! Alguien tan comprensivo no podía ser un hipócrita. No le haría daño. —Es un honor para mi mostrar mi belleza a un sacrificio tan comprensivo. Estoy segura de que tu sangre será la más pura que hemos usado jamás.
Soltó el martillo y este resonó en la mesa de piedra. Eso le daría la señal al marine pelirrojo de que ahora la mujer, por fin, estaba desarmada.
No dijo nada cuando, primero, se descubrió la cabeza para quitarse la capucha que cubría su sedoso cabello platinado, provocando que la serpiente enrollada en su cuello se removiera para empezar a descender por el cuerpo de la enorme mujer, aunque no sin antes que la Kuja se detuviera para acariciar las escamas coloridas del animal, al cual al final dejó ir sin más demora. La serpiente bajó por su cuerpo y se deslizó por la mesa para ir a enroscarse en una esquina de la habitación. Tranquila, parecía querer dormir.
Mientras eso sucedía, la mujer no detuvo sus acciones. Soltó las cuerdas que sujetaban su capucha y reveló, bajo esta, una perfecta piel de porcelana, muy tersa para una mujer de su edad… ¿En verdad funcionaban las ofrendas a la Diosa Serpiente o solo era una cuestión genética de su raza? Bueno, en ese momento daba igual, pues un cuerpo como el suyo, que parecía la obra perfecta de un escultor que había encontrado una perfecta roca de mármol en donde recrear su arte, no dejaba espacio para que la mente de cualquiera que la viera semi desnuda, pudiera cuestionarse sobre su existencia, por el contrario, embobaría incluso al más puro. Y Gloomy lo sabía.
Pronto la tela negra de su túnica se deslizó por su cuerpo, tal como lo haría el agua y, cayó al suelo con gracia, dejando ver con mayor claridad la piel pálida como la nieve y un juego de ropa interior de encaje que era tan negro como el carbón. El color resaltaba, no solo el color de su piel, si no las formas bien proporcionadas de su bello cuerpo.
Todo era perfecto…
Sí, en pasado: Era.
Pues la belleza exterior no siempre refleja la interior.
Gloomy tenía la intención de ponerse en pie y atraer hacia sí al pelirrojo; sin embargo, antes de que pudiera realizar cualquier movimiento, se quedó paralizada en su sitio. Su rostro, que antes mostraba complacencia, ahora reflejaba seriedad. Sus cejas rectas, su boca formaba solo una línea horizontal y sus ojos dieron la ilusión de haber perdido algo de brillo.
—¿Qué quiere decir esto? —La pregunta, aunque realizada en voz alta, no fue para el marine, si no para su Gran Señora, de hecho, sus ojos, que miraron hacia el techo como si aquello pudiera permitirle ver el cielo, delataron que no hablaba con nadie que estuviera físicamente en la habitación. —No puedo entenderlo.
Llevó su mano hacia su pecho, casi al centro, pero si se observaba bien, podría verse que la mano se ubicaba algo a la izquierda, justo sobre su corazón. Algo estaba mal… ¿Por qué le ocurría eso ahora? El silencio de la habitación era solo roto por el crepitar de las llamas de las velas, el ahora respirar agitado de la albina y, por último, pero no menos importante, por los latidos acelerados de su corazón.
No era el latir nervioso de una amante, tampoco se escuchaba como un corazón agitado después de una carrera. No, era más como un repiqueteo incesante que hacía parecer que el corazón de la mujer se saldría de su pecho en cualquier momento.
Sujetó con fuerza su pecho, rasguñando la piel blanca… ¿Eso era una señal de que algo había hecho mal? ¿O acaso su tiempo había terminado?
En ese instante, alzó su cabeza y su mirada ambarina, casi apagada, observó al marine con un brillo que ya no era de lujuria si no de la locura de una mente que había perdido cualquier batalla contra la razón.
—¿Me estas mintiendo acaso? Si mi corazón late con esta intensidad quiere decir que algo mal hay con esto ¡La Gran Diosa me había dado permiso y ahora me lo arrebata? ¿Cuáles son tus intenciones con nosotras en verdad? ¿Pensabas traicionarnos? —La mujer se levantó de la mesa de piedra, aunque no sin antes haber tomado en su mano derecha el martillo que antes soltó. —¡Ella me ha enviado una señal a través de mi corazón! No es casualidad que se haya descontrolado.
La mujer se movió e intentó golpear al hombre con el martillo, pero no fue más que eso: un intento, pues sus pies se movieron con torpeza y fallaron, casi haciéndola tropezar y caer al suelo, pero esto no sucedió, porque sus largos brazos lograron apoyarse a tiempo con la pilastra más cercana, aunque, de todos modos, su brazo empezó a temblar.
Gloomy no sentía su cabeza, no sentía sus brazos ni sus piernas. Todo le daba vueltas. Su brazo apoyado en la pared no tardó en ceder y su cuerpo se fue de lado, golpeando su cabeza contra la misma pilastra de la que antes se apoyaba; sin embargo, eso no pensaba detenerla.
Se puso de pie y, aunque empezaba a ver doble, se atrevió a alzar su mano, no para golpear directamente al marine, si no para lanzar su martillo desde los 2 metros de distancia que los separaban ahora que ella estaba cerca de la columna; sin embargo, estaba tan débil, que su arma cayó al suelo antes de recorrer esta distancia, algo que parecía no importarle a la mujer.
—No…No puedo dejar que te vayas ahora. Si no te sacrifico en este instante…Tal vez mi tiempo se termine...mi belleza...mi vida...¡Todo! —. La mujer se movió, a duras penas, hacia el marine, pero cuando estuvo a un metro de él, se detuvo. Perdida, paralizada…No podía pensar bien.
Dependía del marine qué hacer ahora. Ella estaba más dormida que despierta. Él podría escapar o, incluso, intentar apresarla…después de todo… ¿Quién podría oponerse? Él era la ley y los vecinos de la mujer no parecían tenerle mucha estima como para querer defenderla de un soldado de la marina.
Cosmetiquera
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