Aprender a desacelerar // Pasado
#2
Día 41 de Invierno, año 16
 
Apenas llevaba una semana en esa isla y, aunque recibió advertencias al inicio por parte del cocinero de la otra tripulación, cuyo nombre se le escapaba de la mente como el agua se escapa de las manos, lo cierto es que… ¡ADORABA ESTA ISLA!
 
Era contradictorio, es cierto que no había civilización y eso lo privaba de ciertas comodidades a las que estaba acostumbrado, pero, por otro lado, tenía casi todo lo que necesitaba dentro de su habitación en el Royal Flush y, además, mucho más importante: La isla entera era como un laboratorio natural gigante.
 
Un lugar que tenía tanto por descubrir, había tantas especies por estudiar, tanto de plantas como de animales e, incluso, no descartaba encontrarse con alguna otra especie humanoide, aunque aún no hubiera tenido la oportunidad…En fin… ¡Era un sitio fascinante!
 
Cada vez que el médico salía a explorar, se encontraba con algo nuevo y difícil de ignorar, tanto así que, cuando encontró una especie única y especial, no dudó en llamar a un ¿conocido? por den den mushi, alguien que, afortunadamente, aún estaba en tierra. Un alivio para él, pues podrían hablar en persona.
 
Sin embargo, dicha “cita” no pretende que el pelirrosa acapare la conversación, ni siquiera es que vaya a hablar de los animales extraños y prehistóricos que se ha encontrado o de plantas carnívoras o con capacidades asombrosas, no…si ha llamado a su compañero es por algo más simple, aunque, a sus ojos, fascinantes…Solo se preguntaba si el otro hombre pensaría lo mismo en cuanto le dijera, después de todo, ni siquiera era investigador, si mal no recordaba era el cocinero del barco.
 
El médico soltó un bufido. No es que importara su puesto dentro de la tripulación y, aunque preferiría hablar con otra persona de ciencias, sabía bien que el cocinero en cuestión era un hombre listo y, además, interesado en las propiedades que esa planta tenía…o eso quería creer el médico…después de todo, tal vez era solo una leve pista a esa anhelada inmortalidad que el otro hombre buscaba.
 
Lo había llamado luego del medio día y, para su sorpresa, obtuvo una respuesta casi inmediata del otro lado. Así que, considerando la hora, una que podía medir mirando el sol en el cielo, podía decir que, tal vez, el cocinero de cabellos negros y mechón blanco estaría por llegar dentro de poco, así que, llevó a una habitación, que arregló de manera improvisada para colocar sus “experimentos” y los utensilios que usaba para la preparación de medicinas y otras cosas menos saludables, aquellas plantas que tanto lo habían fascinado.
 
Tuvo que arrastrarlas por el pasillo del barco, con cuidado, más que nada porque las hojas eran tan grandes como él mismo, a veces un poco más, pero, eso sí, tenían un interior delicado que no deseaba magullar por un mal trato. No quería arruinar la planta, aunque, ciertamente, el exterior de la misma tenía una cubierta gruesa que podría ayudarlo a disminuir esos golpes, pero…claro, prefería prevenir que lamentar.
 
Cuando terminó de arreglar las plantas en la habitación y de tomar más muestras, se vio en la necesidad de cambiarse de ropa a una que no estuviera tan maltratada por la exploración de la mañana y el ajetreo físico de la tarde mientras ordenaba la habitación, así que se dio un tiempo para bañarse, cambiarse e, incluso, comer una enorme fruta que sabía y lucía como naranja, pero que era del tamaño de un melón grande.
 
Al final, cuando eran casi las 4 de la tarde, el médico salió a cubierta y se sentó en el borde de los barandales del barco, a babor, mientras que aprovechaba el cálido sol de la tarde. Ese día, aunque caluroso, no había sido peor que otros y, además, la brisa hacía que todo fuera mejor, por lo que aprovechó el momento de soledad y tranquilidad para inhalar esencia de menta de un frasco que siempre o, casi siempre, llevaba guardado en su bolsillo.
 
Se perdió en el olor por un rato, incluso cerró los ojos para concentrarse más en el aroma que, para cualquier persona con buen olfato sería penetrante e, incluso, molesto, pero que para él era apenas una tenue sensación que llenaba sus fosas nasales.
 
Podría seguir así por horas, pero…
 
“¡Hyak! Soy Uker.”
 
La voz, ahora conocida para el pelirrosa, lo sacó de su ensoñación y, enseguida, el médico bajó del barandal de babor y corrió hacia el otro lado del barco, hasta la proa, desde donde pudo ver con claridad al cocinero que, por suerte, había cumplido con su palabra de venir a visitarlo.
 
—¡Hey! ¿Qué hay Rackham? —Pronunció el apellido con la naturalidad de quien conoce a alguien desde toda la vida, como si nunca hubiera tenido problemas para recordarlo antes. —¿Qué de qué quiero hablar? De muchas cosas, pero en especial de un hallazgo que podría interesarte. ¡Ven! No te quedes ahí abajo, sube al barco…No muerdo, nadie aquí lo hace…bueno, quizá Merlot, pero es inofensiva y, de todos modos, no está cerca.
 
El doctor se movió con gracia hacia un lado de la proa, para acercarse más a estribor, esperando que el cocinero siguiera sus movimientos desde la arena y, cuando estuvo cerca de un tumulto de cuerdas que estaba enrollado arriba, soltó unas cuantas amarras y dejó que esas mismas cuerdas cayeran, ahora formando una perfecta escalera de hilos gruesos que invitaban al pelinegro a subir.
 
—¿Sabes? —Comentó aun desde arriba, esperando a que el otro hombre subiera al barco. —Tal vez ese chico loco que encontramos en esa isla en el Sur no estaba tan loco…No sé si exista la inmortalidad, pero algo para conseguir una juventud “eterna” seguro que es posible. Preparé algo para ti en mi “laboratorio” —. Recalcó las comillas con sus dedos, pues aun debía adecuar mejor ese lugar y eso solo lo podría conseguir si salía de la isla, algo que no tenía pensado en hacer…no pronto, al menos. —Unas plantas por las que cualquiera mataría…Nunca creí encontrar algo tan bueno para la cicatrización y envejecimiento.
 
Se emocionó al hablar lo que hizo que girara sobre los enormes tacones de sus botas rojo vino y, por consecuencia, estos resonaron en la madera del barco cuando el médico quedó de nuevo de frente, ahora si encarando al pelinegro del mechón blanco.
 
—Jmmm... ¿Siempre has tenido ese mechón en el cabello? No lo recuerdo —. Se acercó un poco, aunque sin invadir el espacio personal ajeno y, luego, se encogió de hombros. No explicó el porque ahora lo recordaba, pues para él era algo natural, algo que simplemente se daba en algún momento con algunas personas. —¡Ah! Por cierto, si quieres refrescarte, en ese barril, al lado de la puerta de la cocina, hay naranjas…Eso sí, son del tamaño de un melón, pero están bastante dulces, saben bien… ¿No te parece genial esta isla? —Sonrío de manera genuina, algo raro para alguien que se la pasaba fingiendo la mayoría del tiempo, pero… ¿Cómo culparlo? Estaba feliz de encontrar algo interesante al fin.
 
—Toma las que quieras y luego sígueme, la habitación está bajando por acá —. Se movió hacia el lado derecho, no porque supiera como ubicarse dentro de su propio barco, si no porque había dibujado flechas rojas sobre la madera del barco, que ahora señalaban el destino a su laboratorio, algo así como un camino de migajas exclusivo para los desorientados del barco.

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[Imagen: hyakocheja.png]
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Mensajes en este tema
Aprender a desacelerar // Pasado - por Rackham Uker - 30-04-2026, 01:46 AM
RE: Aprender a desacelerar // Pasado - por Hyákinthos - 30-04-2026, 11:33 PM

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