29-04-2026, 12:37 AM
(Última modificación: 29-04-2026, 12:59 AM por Akira Raito.)
[personajeinvalido=3544]
El rugido del agua al llegar a la cima de la Reverse Mountain le hizo a Akira levantar la vista para disfrutar del claro de la tormenta como si estuvieran realmente ascendiendo a la isla del cielo, aquel claro era un oasis en mitad del caos, un oasis de paz, pero no le dio tiempo ya que pronto se vieron cayendo hacia el abismo del otro lado de la montaña, arrastrados por una nueva corriente, esta vez descendente y en la que era más complicado mantener el control del barco… Aunque mucho más divertido, ¡eran como unos rápidos de un parque de agua!
El descenso se convirtió en adrenalina pura para la división 80, y esta vez sí que estaban recibiendo más golpes en el barco, por lo que también empezó a cundir un poco el pánico. Cada impacto hacía que crujiera la madera y las placas de metal que reforzaban el barco se iban desprendiendo como si ya no tuvieran nada que ver con él.
Al bajar de esa corriente, el clima se convirtió en una ruleta de la suerte. Akira intentaba fijar el rumbo, pero a parte de que la brújula no le respondía como quería, la nieve le cegaba, el sol le quemaba la piel y la lluvia le limpiaba la sangre solo para que el viento volviera a zarandearlo y arrancarlo del sitio—. Buah… Lo que decían del Grand Line era cierto… Qué maravilla… ¿Por qué? —se preguntaba en voz baja mientras iba sintiendo en su piel todos y cada uno de los efectos climatológicos que podían conocer.
Y queriéndolo, pero sin buscarlo, consiguió diferenciar una silueta a lo lejos, un yermo extenso y lleno de arena amarilla: un desierto. El ancla cayó al fondo del mar y arrastró hasta que el barco quedó quieto frente a la costa, y tras esto, al navegante de la división le fallaron las fuerzas por completo.
Casi se desploma sobre la madera, pero por suerte, la sombra de Sigrid estaba cubriéndole. La vikinga actuó rápidamente, era la médica del grupo, y no perdió un segundo en hacer que Akira sintiera el metal frío de unas tijeras cortando las vendas empapadas. Dio un tirón seco del vendaje de emergencia que le había hecho antes de subir a la montaña, ya que estaba pegado a su carne por la sangre que había perdido debido al el esfuerzo que había tenido que hacer para mantener el rumbo del barco. El tajo quedó al aire, una línea profunda que palpitaba con cada latido de su corazón. Un tajo que, sin querer y por culpa del maldito de Landon, le había hecho su amigo Cill, un tajo que casi acababa con su vida.
Sigrid comenzó a limpiarle la herida con algo que escocía como mil demonios, y Akira simplemente se dejó hacer. La sutura era precisa y asombrosa para la diferencia de tamaño—. ¿Cómo lo haces? Soy tan pequeño a tu lado… Tus manos son más grandes que mi cabeza —suspiraba con calma y los ojos cerrados mientras lanzaba algún que otro quejido cuando le volvía a clavar la aguja—. ¡Auch! Duele...
Akira intentó incorporarse mientras Sigrid seguía tratándole las heridas, pero sus piernas y brazos le pesaban más que el plomo. Ya no era solo la presión de las manos de la vikinga lo que lo retenía, sino un agotamiento que llegaba al punto de paralizarlo. La pérdida de sangre casi le hace que empezara a nublársele la vista, pero la rápida actuación de Sigrid lo mantuvo consciente. Hasta que escuchó las quejas de Enji.
—Mira la aguja espabilao’, no funciona, deja de quejarte, quiero escucharlo todo menos a ti —respondió a sus quejas con una amplia sonrisa y con aun más agotamiento que el que estaba sintiendo en su cuerpo. El que solo viera arena y solo sintiera calor era algo que el venenoso y pervertido de Enji odiaba, ya lo sabía, pero no había otra manera de llegar a tierra firme en esta parte del mundo, y mucho menos sin tener una Log Pose—. En este mar no nos sirve esta brújula, esto no tiene nada que ver con los Blues… Ya os explicaré bien… Ahora necesito descansar y comer algo… Juan… Una patita de las tuyas... Así, cocidita… Solo una... —Akira seguía la conversación como si estuviera teniendo un sueño lúcido, seguía con los ojos cerrados y con el cuerpo a merced de Sigrid para que terminara de curarle bien, ahora mismo le estaba confiando su vida.
—Bienvenidos al Grand Line —sonrió al cielo, con la cabeza apoyada en la madera.
Y justo cuando estaba a punto de dormirse, la voz de Masami estalló de nuevo en el aire con una canción cargada de energía. Una canción que golpeó a Akira como una marea de vitalidad. A pesar de que sus músculos no respondían y el pecho se le hinchaba con dificultad bajo los nuevos puntos de sutura y vendajes que le había hecho Sigrid, la melodía de su compañera hizo que el brillo regresara a sus ojos, ahora bien abiertos como platos, para poder disfrutar de la vista de aquella primera isla del Grand Line.
—¡La corriente Akai, estamos en la Isla Sobaco! —se rio esperando la reacción de sus compañeros, ¿cómo se iba a llamar una isla así? ¿Pensaba mantener la broma? ¿Sería capaz?
El descenso se convirtió en adrenalina pura para la división 80, y esta vez sí que estaban recibiendo más golpes en el barco, por lo que también empezó a cundir un poco el pánico. Cada impacto hacía que crujiera la madera y las placas de metal que reforzaban el barco se iban desprendiendo como si ya no tuvieran nada que ver con él.
Al bajar de esa corriente, el clima se convirtió en una ruleta de la suerte. Akira intentaba fijar el rumbo, pero a parte de que la brújula no le respondía como quería, la nieve le cegaba, el sol le quemaba la piel y la lluvia le limpiaba la sangre solo para que el viento volviera a zarandearlo y arrancarlo del sitio—. Buah… Lo que decían del Grand Line era cierto… Qué maravilla… ¿Por qué? —se preguntaba en voz baja mientras iba sintiendo en su piel todos y cada uno de los efectos climatológicos que podían conocer.
Y queriéndolo, pero sin buscarlo, consiguió diferenciar una silueta a lo lejos, un yermo extenso y lleno de arena amarilla: un desierto. El ancla cayó al fondo del mar y arrastró hasta que el barco quedó quieto frente a la costa, y tras esto, al navegante de la división le fallaron las fuerzas por completo.
Casi se desploma sobre la madera, pero por suerte, la sombra de Sigrid estaba cubriéndole. La vikinga actuó rápidamente, era la médica del grupo, y no perdió un segundo en hacer que Akira sintiera el metal frío de unas tijeras cortando las vendas empapadas. Dio un tirón seco del vendaje de emergencia que le había hecho antes de subir a la montaña, ya que estaba pegado a su carne por la sangre que había perdido debido al el esfuerzo que había tenido que hacer para mantener el rumbo del barco. El tajo quedó al aire, una línea profunda que palpitaba con cada latido de su corazón. Un tajo que, sin querer y por culpa del maldito de Landon, le había hecho su amigo Cill, un tajo que casi acababa con su vida.
Sigrid comenzó a limpiarle la herida con algo que escocía como mil demonios, y Akira simplemente se dejó hacer. La sutura era precisa y asombrosa para la diferencia de tamaño—. ¿Cómo lo haces? Soy tan pequeño a tu lado… Tus manos son más grandes que mi cabeza —suspiraba con calma y los ojos cerrados mientras lanzaba algún que otro quejido cuando le volvía a clavar la aguja—. ¡Auch! Duele...
Akira intentó incorporarse mientras Sigrid seguía tratándole las heridas, pero sus piernas y brazos le pesaban más que el plomo. Ya no era solo la presión de las manos de la vikinga lo que lo retenía, sino un agotamiento que llegaba al punto de paralizarlo. La pérdida de sangre casi le hace que empezara a nublársele la vista, pero la rápida actuación de Sigrid lo mantuvo consciente. Hasta que escuchó las quejas de Enji.
—Mira la aguja espabilao’, no funciona, deja de quejarte, quiero escucharlo todo menos a ti —respondió a sus quejas con una amplia sonrisa y con aun más agotamiento que el que estaba sintiendo en su cuerpo. El que solo viera arena y solo sintiera calor era algo que el venenoso y pervertido de Enji odiaba, ya lo sabía, pero no había otra manera de llegar a tierra firme en esta parte del mundo, y mucho menos sin tener una Log Pose—. En este mar no nos sirve esta brújula, esto no tiene nada que ver con los Blues… Ya os explicaré bien… Ahora necesito descansar y comer algo… Juan… Una patita de las tuyas... Así, cocidita… Solo una... —Akira seguía la conversación como si estuviera teniendo un sueño lúcido, seguía con los ojos cerrados y con el cuerpo a merced de Sigrid para que terminara de curarle bien, ahora mismo le estaba confiando su vida.
—Bienvenidos al Grand Line —sonrió al cielo, con la cabeza apoyada en la madera.
Y justo cuando estaba a punto de dormirse, la voz de Masami estalló de nuevo en el aire con una canción cargada de energía. Una canción que golpeó a Akira como una marea de vitalidad. A pesar de que sus músculos no respondían y el pecho se le hinchaba con dificultad bajo los nuevos puntos de sutura y vendajes que le había hecho Sigrid, la melodía de su compañera hizo que el brillo regresara a sus ojos, ahora bien abiertos como platos, para poder disfrutar de la vista de aquella primera isla del Grand Line.
—¡La corriente Akai, estamos en la Isla Sobaco! —se rio esperando la reacción de sus compañeros, ¿cómo se iba a llamar una isla así? ¿Pensaba mantener la broma? ¿Sería capaz?

