¡No quiero asustarte pero debemos ir al fondo del mar! :: Privado :: Pasado
#2
OST


¿Que es ese sonido? ¿Por qué el mundo se mueve? ¿Que es lo que le hace a este flotar sobre una superficie sólida como la roca? Oh...no, no son rocas. Es la madera, ¿madera? Difícil le resulta al tacto, destrozado, su mente difusa, vagando en una maraña de absolutamente nada, navegando entre un vacío de oscuridad, un tunel sin salida que solo le lleva a perderse en la más profunda negrura, más negra que su cabello. Reconocer cada uno de sus sentidos...es una tarea extrema e infernal.

Nunca ha sido víctima ni testigo de nada similar. ¿Qué demonios le sucede? Su corazón palpita con debilidad, latiendo como si se desvaneciera y al mismo tiempo se aferre a lo más primitivo: el sentido de la vida.

Escueto en pensamiento, pues por una vez en su vida, se mente se encuentra en silencio. A cada segundo que pasa, el mundo se enciende, y cada poco que parece estar más cerca de despertar, se vuelve a apagar el destello de la claridad. Cae ante ese dulce y al mismo tiempo doloroso movimiento que lo acuna como niño. Ni siquiera puede llegar a la raíz de una palabra, una letra dibujada en su mente. Solo es la reacción de un animal que navega entre el final de su camino, y el seguir despierto en lo terrenal un día más.

Hasta que de pronto un susurro llega a su oído.

Aunque...
¿se le podía llamar así?

Era aquella procedente de una voz suave, dulce, aguda, ¿femenina quizás? No tiene la capacidad de discernirla. Bien podría pertenecer a un infante, quizás a una joven dama, o tal vez no resultaba en nada de eso. Quizás era su maldición, la idealización de la salvación en su estado natural; una guía del espíritu que lo encamina un lugar mejor...

El calor que se desliza por cada hilo de su cabello, nacido del centro de su cabeza, viaja hasta enfriarse por su cuello, su abdomen y perderse en las telas de su ropa. Poco a poco lo va sintiendo. Eso quiere decir...que no todo se encuentra perdido.

¿Quién es pues...aquel quién la llama?

Oh...
Una mujer.

Ahora lo reconoce; cada vez lo que parecía un susurro, no por el volumen de su dulce voz, sino por lo perdido que tenía sus sentidos, va recuperando claridad, todo en agraciada parte por esa persona.

Está de espaldas, mirando hacia el fondo de lo que aún sigue sin comprender de qué se trata. El movimiento que lo mece sigue presente, pero aquel que parecía acogedor se convierte lentamente en tortura, agonía para una persona que, débil como un moribundo, cree que no posee nada más que pueda llegar a perder, y sin embargo, aún no le han extraído lo que le queda en lo más profundo del alma, porque solo han sabido rasgar todo lo que se considera físico.

—Aaaagh.—Un quejido se libera de sus pulmones, una expulsión de aire que transmite dolor, mas muestra al mundo lo que para todos parecía casi imposible.

Aún. Sigue. Con vida.

Inmenso es el tiempo que transcurre mientras trata, con la fuerza de voluntad extraída de su vida pasada, presente y futura, de incorporarse medianamente para quedar sentado sobre su propia cintura, una postura corporal que no solo le resulta incómoda, maltratante, sino agónica y sufrida, como mil agujas de gran peso sobre sus hombros.

Intenta, poco a poco, y solo cuando por fin ha conseguido sentir de verdad que la vida aún no se le desvanece del cuerpo, darse la vuelta para observar aquel rastro de luz que lo llama, un ángel protector que le permite volver a sentir la conciencia de sus propios pensamientos.

—¿Quién....eres tú?—No es ninguna diosa, tampoco una niña, y no sabe discernir su rastro de humanidad, o de lo que la hace distinta. Tan solo ve en ella una pequeña salvación, un golpe de esperanza ante tanta oscuridad.—Y...¿qué...m-me ha pasado?

Entre los labios se cuelan rastros de un sabor ferroso. ¿Sangre? Oh, parece que ahora es consciente. Eleva sus manos hasta la cabeza, comprobando como, en un contacto húmedo y cálido, ligeramente desagradable, sus dedos se empapan de aquel rojizo  líquido, que poco a poco, por fortuna de aquel que lo cuida desde los cielos, o quizás del profundo abismo que lo rechaza...se va apagando hasta quedar taponado por su propia humanidad.

—¿Dónde...estamos?

Su cabeza retumba. El dolor desaparecido en su inconsciencia se hace denotar como castigo por mantener el corazón latiendo un día más. Puede que su cuerpo sea duro como el hierro, pero sigue sintiendo esa sensación tan característica de aquellos que buscan infligirlo: dolor.

Su mente vuelve a perder por un instante todo rastro de conciencia cuando casi se desploma al suelo, apoyando las manos sobre los tablones podridos por la sal y la marea, fruto de un barco con demasiada veteranía y poco mimo.

Es solo su sentido del deber, de la vida, del deseo y la ambición lo que le impide decaer hacia las profundidades una vez más. Se mantiene firme, a pesar de ver como sus fuerzas flaquean y le abandonan.

Ni siquiera ha podido oír ese dulce apodo.

Intenta levantar la vista, quizás por consideración a pesar de su situación, o tal vez porque una vista inocente le mantiene a salvo de perderse en el infinito vacío. Aquellos ámbares le dicen que debe seguir adelante sin transmitir una sola palabra, y lo busca, probando cada gota de ese sabor a vida que le ofrece, porque en estos momentos se aferra a todo aquello que le permita continuar.

—Qué tú...¿nos sacarás?—Incluso si hubiese alguien más, conecta todas las palabras en dirección hacia él.—Y...¿que te hace decir eso? Es que tú...¿tienes más libertad de la que poseo yo?

Vislumbra las cadenas, un pensamiento automático por costumbre, años de servicio que lo llevan a sentir que el captor es el fuerte, y la víctima la capturada. Esclavitud, quizás arresto...no. Definitivamente no estaban ahí por causas justificadas.

Espera...
¿no se acuerda?

Maldición.
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RE: ¡No quiero asustarte pero debemos ir al fondo del mar! :: Privado :: Pasado - por Kael Omuyaga - 27-04-2026, 03:27 PM

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