25-04-2026, 08:37 PM
Uno a uno, bajo las nubes negras que poblaban el cielo al que se aproximaban, entre los fogonazos de los relámpagos y truenos que sonaban como cañonazos, cada una de las cuatro embarcaciones que se habían lanzado a la aventura en aquel día ascendieron hasta la hazaña que no muchos habían logrado hasta entonces: coronar la cima del mundo, las alturas de Reverse Mountain. Desde allí, ni que fuera por el mísero segundo de luz que diese algún relámpago generoso, pudieron observar cómo, más allá de Reverse Mountain, el Grand Line se abría camino ante ellos, la enorme y misteriosa franja de mar que rodeaba el mundo, en la que los sueños nacían, y a donde los sueños iban a morir. El cementerio de piratas, aquel enorme osario en cuyas profundidades se acumulaban por igual huesos y barcos, y, a su vez, el umbral de toda aventura que se preciase. Todos los gritos, todas las proclamas, las canciones y las exclamaciones eran ahogadas por el sonido del agua y la tempestad; nadie podía oír nada, más que el estruendo de la tormenta y el constante crujir de los barcos.
Y era entonces, en aquel preciso instante, cuando aquellas corrientes antinaturales que los habían hecho subir hasta aquel lugar parecían recobrar la razón, volvían a su curso lógico y los dirigían de nuevo hacia el precipicio frente a ellos, como si hubiesen recordado de pronto que tenían que ir con la gravedad. Y uno a uno, tal y como habían subido hasta la misma cima del mundo, los barcos comenzaron a precipitarse por la corriente, en aquel gran canal que el agua formaba en la roca rojiza, hacia el Grand Line.
El trayecto fue balístico, con cada uno de los barcos cortando el agua a su paso, en un mar de niebla y espuma, la lluvia cayendo como una cortina de agua constante sobre cada una de las cubiertas. Los tripulantes de los navíos, en su mayoría, habían sido lo suficientemente prudentes como para atarse a alguna parte o, como mínimo, agarrarse con fuerza, cuando directamente no se habían refugiado en el interior de sus barcos. Durante los primeros instantes de la caída, todos quedaron prácticamente en vertical, en perpendicular a lo que normalmente hubiera sido el suelo. Resultaba imposible ver nada a más de un palmo de distancia; era como estar dentro de un tornado, o de una nube de tormenta. El timón del Buda terminó por sucumbir, produciendo un ruido como de relámpago antes de fragmentarse en varios pedazos y caer, perdiéndose en el agua. Las pocas velas que quedaban terminaron de rasgarse, quedando como meros trozos de tela harapientos que volaban, como banderas, aún atados a los mástiles. La quilla había empezado a agrietarse. Parecía que el barco al completo estuviese deshaciéndose con cada metro recorrido, con cada segundo de caída por la ladera de aquella montaña colosal. El palo mayor del Tempestad terminó de quebrarse bajo la presión, y, con un atronador chasquido, se partió, cayendo con pesadez hacia la popa y destruyendo también el palo de mesana en su trayectoria, hundiéndose ambos en la toldilla y produciendo sendos agujeros antes de deslizarse con un estruendo hasta el agua tras el barco, llevándose gran parte del castillo y las jarcias consigo.
El caos fue absoluto. Los barcos carecían de dominio alguno sobre su viraje, descendiendo en completo descontrol e impactando contra las rocas que descansaban a cada lado de la corriente, que abrieron sendos agujeros en sus cascos, destrozando la madera y permitiendo que el agua comenzase a penetrar en sus bodegas, partiendo sus mascarones de proa y convirtiéndolos en astillas que se desvanecían en el agua. Sus timones (en el caso de los afortunados que aún tuviesen timón) crujían y empezaban a partirse, incapaces de soportar la presión, y sus quillas se lamentaban audiblemente, como si los propios barcos fuesen a explotar de un momento a otro, sometidos a las fuerzas de vientos, mareas, corrientes y lluvias que venían de todas las direcciones. Por aquí y allá volaban barriles, cajas, remos, fragmentos arrancados de velas y pedazos astillados de mástil que salían de un barco e impactaban, como balas de cañón, sobre los navíos que iban justo detrás, llevándose consigo trozos de pasamanos y barandillas en auténticas explosiones, en lo que se había convertido repentinamente en un involuntario intercambio de fuego de artillería en la que todos estaban a tiro.
La bajada, o lo que fuese aquella calamidad, continuó por la ladera de Reverse Mountain durante lo que se sintió como una eternidad, a medida que la pendiente se reducía progresivamente, y la velocidad de los barcos se rebajaba en consecuencia. Aun así, el ferry, a la cabeza de aquella procesión, estuvo a punto de bloquear el trayecto de los demás al quedar casi en horizontal y cerrando el paso a través del canal, antes de que una roca se agrietase y se rompiese, permitiendo que continuase girando sin control sobre las aguas. El barco reglamentario de la Marina había quedado en un estado lamentable, a duras penas funcional, pero mejor que los demás.
El sol apenas empezaba a salir cuando los cuatro barcos, alejados entre sí por millas, avistaron tierra por primera vez, flotando a la deriva al capricho de las corrientes. La tormenta que los había hostigado la noche anterior se había desvanecido, dando paso a un cielo despejado, a excepción de las deshilachadas nubes carmesíes que se iluminaban al amanecer. Bajo la luz del día se volvieron evidentes los destrozos que habían tenido lugar durante la larguísima noche. El Buda y el Tempestad habían pasado a ser esencialmente cascarones, con apenas una cubierta para poder seguir considerándose barcos; sus bodegas estaban en incesante peligro de inundación, y sus tripulantes debieron hacer un esfuerzo constante de achicamiento de aguas por no permitir que se hundiesen aún en alta mar. Sus timones, quillas y mástiles, en diverso grado, habían quedado reducidos a la nada, dejándolos más sometidos que nadie a las querencias del mar. Poco quedaba en pie que fuese testigo de que antaño habían sido espléndidos barcos, y resultaba difícil determinar con certeza si lograrían siquiera flotar hasta tierra, en su condición de montón de tablones de madera apenas unidos entre sí.
Afortunadamente, sin embargo, todos lograron llegar, en mejores o peores condiciones, a diferentes costas de Isla Sabakun en aquel cuadragésimo día de verano. Los misteriosos piratas Rākshasa, o lo que quedaba de ellos, intentaron sin éxito reparar su barco, el Buda, que se hundió en las aguas de la costa frente a la isla. En su afán por continuar en marcha (y evitar encontronazos innecesarios con las fuerzas de la justicia), no tardaron en abordar un barco mercante como polizones, ocultos entre su cargo en busca de un lugar en que encontrar nuevos reclutas para sus filas, o lo que fuera que pretendiesen, hasta llegar a Isla Kyodaina, donde el barco en que se habían alojado también acabó por naufragar en un gran e inesperado remolino. Una suerte similar corrió el Tempestad, que, irreparable e irrecuperable, terminó sus días destrozado y varado en las playas de la costa norte de Sabakun, donde se convirtió en un mohoso refugio para crustáceos y aves costeras de todo tipo.
Un escuadrón de la Marina al completo se presentó casi de inmediato en la isla, al cabo de tan solo unos días, procedente de la base G-39 en Isla Matsuri, con el fin de investigar la llegada de aquellas tripulaciones, y de recibir a los Marines. Allí, por órdenes de la Marina, el barco reglamentario en que había viajado la División 80 fue requisado para su reparación y puesta en servicio. El ferry, ya vacío y sin nadie a bordo, fue también hallado y requisado para su inspección a fondo, dada su relación con los hechos acaecidos. Los uniformados del G-39 reunieron a las divisiones 75 y 80, y se ocuparon de su seguro transporte hasta Matsuri, donde recibirían todo lo que necesitasen y fueron instados a efectuar detallados reportes sobre su travesía. Don Ald fue puesto bajo supervisión del cuartel para su interrogatorio en estricto secreto, a medida que la Marina empezaba a recabar pistas sobre los acontecimientos ocurridos en Kutsukku. Allí, uno de sus superiores dio la enhorabuena a Enji, uno de los soldados de la 80, y le comunicó sus nuevas responsabilidades, y nuevas órdenes adecuadas a su puesto, que llevarían a su división a desplazarse hasta Isla Kyodaina, donde se había detectado actividad sospechosa que merecía adecuada investigación. Algunos Marines se preguntaron también por qué no habían venido antes al Grand Line, dado que el paso hacia el mismo a través de Cabos Gemelos llevaba ya más de un año abierto.
El emergente grupo de los Hanu Māhana, pese a su carencia de navío, no tardó en comenzar a saltar de isla en isla, apañándoselas para lograr encontrar algún medio de transporte, hasta que dieron a parar en la impresionante Neur, donde se alzaba el cuartel G-65 de la Marina. Y, no lejos de allí, poco se hubieran imaginado los Marines de la G-39 que a su isla, a Matsuri, habían empezado a llegar también las olas de la Revolución, con los miembros de Corriente Libre asentándose en la isla tras una breve estancia en Sabakun, pero ese no era el fin de sus problemas: discretamente, los piratas Smokey tampoco tardaron en desembarcar en el lugar, así como un particular pirata Lunarian.
El destino había repartido la última mano, y la partida había finalizado. Pero, claro, no sería la última. El punto de no retorno había sido únicamente el primer paso en lo que sería un largo camino a recorrer, un camino lleno de sueños, aventuras, penas y alegrías por doquier. Una generación desembarcaba en el Grand Line, el mar en que se demostraba de qué madera estaba hecho cada cual. Había heridas que sanar, pero también amigos que hacer y places que rehacer. Era la hora de ponerse en marcha.
Y era entonces, en aquel preciso instante, cuando aquellas corrientes antinaturales que los habían hecho subir hasta aquel lugar parecían recobrar la razón, volvían a su curso lógico y los dirigían de nuevo hacia el precipicio frente a ellos, como si hubiesen recordado de pronto que tenían que ir con la gravedad. Y uno a uno, tal y como habían subido hasta la misma cima del mundo, los barcos comenzaron a precipitarse por la corriente, en aquel gran canal que el agua formaba en la roca rojiza, hacia el Grand Line.
El trayecto fue balístico, con cada uno de los barcos cortando el agua a su paso, en un mar de niebla y espuma, la lluvia cayendo como una cortina de agua constante sobre cada una de las cubiertas. Los tripulantes de los navíos, en su mayoría, habían sido lo suficientemente prudentes como para atarse a alguna parte o, como mínimo, agarrarse con fuerza, cuando directamente no se habían refugiado en el interior de sus barcos. Durante los primeros instantes de la caída, todos quedaron prácticamente en vertical, en perpendicular a lo que normalmente hubiera sido el suelo. Resultaba imposible ver nada a más de un palmo de distancia; era como estar dentro de un tornado, o de una nube de tormenta. El timón del Buda terminó por sucumbir, produciendo un ruido como de relámpago antes de fragmentarse en varios pedazos y caer, perdiéndose en el agua. Las pocas velas que quedaban terminaron de rasgarse, quedando como meros trozos de tela harapientos que volaban, como banderas, aún atados a los mástiles. La quilla había empezado a agrietarse. Parecía que el barco al completo estuviese deshaciéndose con cada metro recorrido, con cada segundo de caída por la ladera de aquella montaña colosal. El palo mayor del Tempestad terminó de quebrarse bajo la presión, y, con un atronador chasquido, se partió, cayendo con pesadez hacia la popa y destruyendo también el palo de mesana en su trayectoria, hundiéndose ambos en la toldilla y produciendo sendos agujeros antes de deslizarse con un estruendo hasta el agua tras el barco, llevándose gran parte del castillo y las jarcias consigo.
El caos fue absoluto. Los barcos carecían de dominio alguno sobre su viraje, descendiendo en completo descontrol e impactando contra las rocas que descansaban a cada lado de la corriente, que abrieron sendos agujeros en sus cascos, destrozando la madera y permitiendo que el agua comenzase a penetrar en sus bodegas, partiendo sus mascarones de proa y convirtiéndolos en astillas que se desvanecían en el agua. Sus timones (en el caso de los afortunados que aún tuviesen timón) crujían y empezaban a partirse, incapaces de soportar la presión, y sus quillas se lamentaban audiblemente, como si los propios barcos fuesen a explotar de un momento a otro, sometidos a las fuerzas de vientos, mareas, corrientes y lluvias que venían de todas las direcciones. Por aquí y allá volaban barriles, cajas, remos, fragmentos arrancados de velas y pedazos astillados de mástil que salían de un barco e impactaban, como balas de cañón, sobre los navíos que iban justo detrás, llevándose consigo trozos de pasamanos y barandillas en auténticas explosiones, en lo que se había convertido repentinamente en un involuntario intercambio de fuego de artillería en la que todos estaban a tiro.
La bajada, o lo que fuese aquella calamidad, continuó por la ladera de Reverse Mountain durante lo que se sintió como una eternidad, a medida que la pendiente se reducía progresivamente, y la velocidad de los barcos se rebajaba en consecuencia. Aun así, el ferry, a la cabeza de aquella procesión, estuvo a punto de bloquear el trayecto de los demás al quedar casi en horizontal y cerrando el paso a través del canal, antes de que una roca se agrietase y se rompiese, permitiendo que continuase girando sin control sobre las aguas. El barco reglamentario de la Marina había quedado en un estado lamentable, a duras penas funcional, pero mejor que los demás.
El sol apenas empezaba a salir cuando los cuatro barcos, alejados entre sí por millas, avistaron tierra por primera vez, flotando a la deriva al capricho de las corrientes. La tormenta que los había hostigado la noche anterior se había desvanecido, dando paso a un cielo despejado, a excepción de las deshilachadas nubes carmesíes que se iluminaban al amanecer. Bajo la luz del día se volvieron evidentes los destrozos que habían tenido lugar durante la larguísima noche. El Buda y el Tempestad habían pasado a ser esencialmente cascarones, con apenas una cubierta para poder seguir considerándose barcos; sus bodegas estaban en incesante peligro de inundación, y sus tripulantes debieron hacer un esfuerzo constante de achicamiento de aguas por no permitir que se hundiesen aún en alta mar. Sus timones, quillas y mástiles, en diverso grado, habían quedado reducidos a la nada, dejándolos más sometidos que nadie a las querencias del mar. Poco quedaba en pie que fuese testigo de que antaño habían sido espléndidos barcos, y resultaba difícil determinar con certeza si lograrían siquiera flotar hasta tierra, en su condición de montón de tablones de madera apenas unidos entre sí.
Afortunadamente, sin embargo, todos lograron llegar, en mejores o peores condiciones, a diferentes costas de Isla Sabakun en aquel cuadragésimo día de verano. Los misteriosos piratas Rākshasa, o lo que quedaba de ellos, intentaron sin éxito reparar su barco, el Buda, que se hundió en las aguas de la costa frente a la isla. En su afán por continuar en marcha (y evitar encontronazos innecesarios con las fuerzas de la justicia), no tardaron en abordar un barco mercante como polizones, ocultos entre su cargo en busca de un lugar en que encontrar nuevos reclutas para sus filas, o lo que fuera que pretendiesen, hasta llegar a Isla Kyodaina, donde el barco en que se habían alojado también acabó por naufragar en un gran e inesperado remolino. Una suerte similar corrió el Tempestad, que, irreparable e irrecuperable, terminó sus días destrozado y varado en las playas de la costa norte de Sabakun, donde se convirtió en un mohoso refugio para crustáceos y aves costeras de todo tipo.
Un escuadrón de la Marina al completo se presentó casi de inmediato en la isla, al cabo de tan solo unos días, procedente de la base G-39 en Isla Matsuri, con el fin de investigar la llegada de aquellas tripulaciones, y de recibir a los Marines. Allí, por órdenes de la Marina, el barco reglamentario en que había viajado la División 80 fue requisado para su reparación y puesta en servicio. El ferry, ya vacío y sin nadie a bordo, fue también hallado y requisado para su inspección a fondo, dada su relación con los hechos acaecidos. Los uniformados del G-39 reunieron a las divisiones 75 y 80, y se ocuparon de su seguro transporte hasta Matsuri, donde recibirían todo lo que necesitasen y fueron instados a efectuar detallados reportes sobre su travesía. Don Ald fue puesto bajo supervisión del cuartel para su interrogatorio en estricto secreto, a medida que la Marina empezaba a recabar pistas sobre los acontecimientos ocurridos en Kutsukku. Allí, uno de sus superiores dio la enhorabuena a Enji, uno de los soldados de la 80, y le comunicó sus nuevas responsabilidades, y nuevas órdenes adecuadas a su puesto, que llevarían a su división a desplazarse hasta Isla Kyodaina, donde se había detectado actividad sospechosa que merecía adecuada investigación. Algunos Marines se preguntaron también por qué no habían venido antes al Grand Line, dado que el paso hacia el mismo a través de Cabos Gemelos llevaba ya más de un año abierto.
El emergente grupo de los Hanu Māhana, pese a su carencia de navío, no tardó en comenzar a saltar de isla en isla, apañándoselas para lograr encontrar algún medio de transporte, hasta que dieron a parar en la impresionante Neur, donde se alzaba el cuartel G-65 de la Marina. Y, no lejos de allí, poco se hubieran imaginado los Marines de la G-39 que a su isla, a Matsuri, habían empezado a llegar también las olas de la Revolución, con los miembros de Corriente Libre asentándose en la isla tras una breve estancia en Sabakun, pero ese no era el fin de sus problemas: discretamente, los piratas Smokey tampoco tardaron en desembarcar en el lugar, así como un particular pirata Lunarian.
El destino había repartido la última mano, y la partida había finalizado. Pero, claro, no sería la última. El punto de no retorno había sido únicamente el primer paso en lo que sería un largo camino a recorrer, un camino lleno de sueños, aventuras, penas y alegrías por doquier. Una generación desembarcaba en el Grand Line, el mar en que se demostraba de qué madera estaba hecho cada cual. Había heridas que sanar, pero también amigos que hacer y places que rehacer. Era la hora de ponerse en marcha.
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