21-04-2026, 06:56 AM
[personajeinvalido=3424]
Un minuto es poco tiempo. Demasiado poco.
¿Cuántos segundos pasaron? ¿Cuántas tics se sucedieron en el reloj? ¿diez? ¿treinta? ¿Cuánto faltaba? Con la mirada puesta en la puerta metálica y los nudillos rojos y magullados, Enji sintió la que podría ser su última gota de sudor caer y morir en el suelo. El sonido de los collares lo acosaba, a él y a los otros dos que completaban la triada: los tres victoriosos de la Sala de Tortura. ¿Y cuál era su recompensa? La incertidumbre de una silenciosa cuenta atrás.
Impactó por última vez la plancha de hierro. El tañir del hueso contra el metal le llenó los oídos y silenció por un momento los collares, su único alivio en espera de la explosión. Montones de cosas pasaron por su cabeza en un segundo. Pese a ser un hombre joven, había vivido muchas cosas en los últimos años. Las suficientes para una vida o dos. Tres, incluso. La vida de hijo, la vida de adicto y, ahora, la vida de marine. ¿Quién no se daría por satisfecho?
«No —pensó—, Yo no. Pero si se termina aquí…»
La voz robótica regresó y empezó a cantar en alto algunos números en secuencia. El primero no lo entendió. Los demás, sí. Especialmente el último. Ese último número…
Coincidía exactamente con aquel que se leía en el collar que rodeaba el cuello de Dharma.
—Te sacaste la lotería, amigote… —dijo Enji, señalándole el cuello. Los números empezaron a brillar con mayor intensidad—. Parece que serás el primero de nosotros en salir de aquí.
Cinco metros los separaban, una distancia prudente y respetuosa desde donde atestiguar su muerte. Lo último que esperaba del viaje al New Era Joy Park era acabar sintiendo un mínimo respeto por el hombre al que el diario señaló como asesino de mujeres y niños, pero ahí estaba. Las circunstancias lo llevaron a luchar del mismo lado. Y ahora, afrontando la muerte, Enji respetó su entereza.
Esta vez, no hubo chistes. No hubo comentarios ingeniosos ni movimientos pélvicos, tampoco poses bizarras. Solamente diez latidos y una sombra que se asomaba por detrás de uno de los tres.
Pero esa sombra se despejó con la llegada de la luz.
Focos se encendieron a lo largo y ancho de toda la sala, bañando el escenario de una perturbadora luz roja. Algo más estaba pasando. Los mecanismos crujieron en los tres collares a la vez y, por un segundo, Enji cerró los ojos.
¿Cara o cruz?
«Cruz»
Al abrirlos, seguía vivo, y los collares caían al suelo en pedazos. Estaban defectuosos y la explosión, que debía matarlos, solamente los terminó de desbaratar.
—Hijo de perra… —musitó, y después silbó con admiración mientras recogía el aparato del suelo—. ¡Que puto susto! ¡Shihahahaha! Parece que tienes un dios aparte, espaditas. O una flor muy bonita en el culo.
Descartó el collar destruido y, con esa nueva fuente de luz, logró dar rápidamente con la figura inconsciente de Don Ald. Lo levantó del suelo, donde había caído al soltarlo en su camino a la puerta, y encontró debajo los restos de sus guantes. Se cargó todo el hombro mientras los últimos mecanismos terminaban de desbloquear la puerta y el metal, pesado y ruidoso, se hacía a un costado revelando un pasillo. ¿Se trataría de una trampa? ¿O acaso estaba frente a frente con la libertad? Después de todo lo que había pasado…
No iba a ser precavido ahora.
—¡El último en salir es un sucio pirata! —exclamó, pero Kuro se le había adelantado a la salida. Enji se disparó a la carrera y emergió al pasillo justo detrás, pero él, contrario al pirata, tomó el camino correcto de buenas a primeras, topándose con toda una seguidilla de rostros y personalidades varias. Entre ellos un monstruo enorme de color azul, personas que nunca había visto en la vida y… un rostro conocido, que vio pasar entre la multitud dejando atrás un trazo naranja en el aire.
Saltó por encima de varias cabezas hasta llegar a la escalera y subió hasta pisar la superficie, donde la tormenta lo saludó. Agua, nubes y truenos golpearon su rostro.
—Al fin…
En mitad del desvencijado panorama, Enji se quedó parado un segundo y respiró profundo, llenándose los pulmones de aire fresco. Aire real. Aire que le recordó las muchas horas que llevaba sin probar un cigarrillo.
Descolgó el paraguas de sus cintura y lo abrió para cubrirse del temporal. Debajo de su otro brazo roncaba el mismísimo Don Ald.
—Esta cosa es bastante útil cuando no te apuñala los pies, eh —mencionó. Pese al diminuto tamaño, algo se podía cubrir—. Mierda… —Echó un vistazo a los alrededores, reconoció la maquinaria eléctrica en pésimo estado y chasqueó la lengua—. Este lugar está hecho pedazos. —Vio el armatoste de una noria bañado en chispazos de cables pelados, y un cartel que terminó de echar por suelo los resquicios de su esperanza. Abrió grandes los ojos al leerlo. Letras enormes, alguna vez coloridas, que anunciaban el estreno de un parque de diversiones—¡¿Año 3?! —exclamó, indignado—. ¡ME ESTAFARON!
El barco de la marina, junto al ferry, el Tempestad y otros tantos navíos, estaban alineados en la costa, no muy lejos del baldío abandonado donde emergieron. Enji se dirigió allí y llegó poco después que Juan y Sigrid, a quienes vio avanzar por delante suyo. Difícil no reconocer a las dos moles de la División 80. Aun así, no se apresuró. Ellos habían ganado la carrera. Llegó a las turbulentas faldas del mar unos minutos después y dio un salto para aterrizar en la cubierta del barco, manchando el suelo con la sangre de las heridas de sus pies.
—¡Oi! Este parque es todo un fiasco. —Se plantó frente a ellos con el paraguas miniatura en una mano y el tontatton inconsciente en la otra, inclinó la cabeza a un costado y sus vertebras crujieron—. Pero me llevé un peluche de recuerdo. ¡Oh, Sigriiid! —Un tono agudo y cantarín permeó sus palabras al dirigirse a la bella buccaneer—. ¿Me das una mano con esto? Hay que amordazarlo bien, que no pueda hablar o nos pondrá a bailar a todos, y después asegurarse de que no se muera. ¡Me voy a ganar mi ascenso con este cabrón! ¡Shihahahaha! ¡Eh, Juancho…!
Se giró en dirección al gyojin, sonriente y dicharachero, en el instante preciso que el elástico de su ropa interior no aguantó más y se cortó. La tela se rasgó y la prenda cayó, arrastrada por el peso de montones de berries, dos Den Den Mushis, una brújula, un mechero, y el estoque que llevaba colgando por fuera. Enji se quedó en pelotas y, para más inri, los restos de sus guantes resbalaron de su hombro y cayeron también junto a todo lo demás.
—(...)¡Mierda! Era el de la suerte.
Un minuto es poco tiempo. Demasiado poco.
¿Cuántos segundos pasaron? ¿Cuántas tics se sucedieron en el reloj? ¿diez? ¿treinta? ¿Cuánto faltaba? Con la mirada puesta en la puerta metálica y los nudillos rojos y magullados, Enji sintió la que podría ser su última gota de sudor caer y morir en el suelo. El sonido de los collares lo acosaba, a él y a los otros dos que completaban la triada: los tres victoriosos de la Sala de Tortura. ¿Y cuál era su recompensa? La incertidumbre de una silenciosa cuenta atrás.
Impactó por última vez la plancha de hierro. El tañir del hueso contra el metal le llenó los oídos y silenció por un momento los collares, su único alivio en espera de la explosión. Montones de cosas pasaron por su cabeza en un segundo. Pese a ser un hombre joven, había vivido muchas cosas en los últimos años. Las suficientes para una vida o dos. Tres, incluso. La vida de hijo, la vida de adicto y, ahora, la vida de marine. ¿Quién no se daría por satisfecho?
«No —pensó—, Yo no. Pero si se termina aquí…»
La voz robótica regresó y empezó a cantar en alto algunos números en secuencia. El primero no lo entendió. Los demás, sí. Especialmente el último. Ese último número…
Coincidía exactamente con aquel que se leía en el collar que rodeaba el cuello de Dharma.
—Te sacaste la lotería, amigote… —dijo Enji, señalándole el cuello. Los números empezaron a brillar con mayor intensidad—. Parece que serás el primero de nosotros en salir de aquí.
Cinco metros los separaban, una distancia prudente y respetuosa desde donde atestiguar su muerte. Lo último que esperaba del viaje al New Era Joy Park era acabar sintiendo un mínimo respeto por el hombre al que el diario señaló como asesino de mujeres y niños, pero ahí estaba. Las circunstancias lo llevaron a luchar del mismo lado. Y ahora, afrontando la muerte, Enji respetó su entereza.
Esta vez, no hubo chistes. No hubo comentarios ingeniosos ni movimientos pélvicos, tampoco poses bizarras. Solamente diez latidos y una sombra que se asomaba por detrás de uno de los tres.
Pero esa sombra se despejó con la llegada de la luz.
Focos se encendieron a lo largo y ancho de toda la sala, bañando el escenario de una perturbadora luz roja. Algo más estaba pasando. Los mecanismos crujieron en los tres collares a la vez y, por un segundo, Enji cerró los ojos.
¿Cara o cruz?
«Cruz»
Al abrirlos, seguía vivo, y los collares caían al suelo en pedazos. Estaban defectuosos y la explosión, que debía matarlos, solamente los terminó de desbaratar.
—Hijo de perra… —musitó, y después silbó con admiración mientras recogía el aparato del suelo—. ¡Que puto susto! ¡Shihahahaha! Parece que tienes un dios aparte, espaditas. O una flor muy bonita en el culo.
Descartó el collar destruido y, con esa nueva fuente de luz, logró dar rápidamente con la figura inconsciente de Don Ald. Lo levantó del suelo, donde había caído al soltarlo en su camino a la puerta, y encontró debajo los restos de sus guantes. Se cargó todo el hombro mientras los últimos mecanismos terminaban de desbloquear la puerta y el metal, pesado y ruidoso, se hacía a un costado revelando un pasillo. ¿Se trataría de una trampa? ¿O acaso estaba frente a frente con la libertad? Después de todo lo que había pasado…
No iba a ser precavido ahora.
—¡El último en salir es un sucio pirata! —exclamó, pero Kuro se le había adelantado a la salida. Enji se disparó a la carrera y emergió al pasillo justo detrás, pero él, contrario al pirata, tomó el camino correcto de buenas a primeras, topándose con toda una seguidilla de rostros y personalidades varias. Entre ellos un monstruo enorme de color azul, personas que nunca había visto en la vida y… un rostro conocido, que vio pasar entre la multitud dejando atrás un trazo naranja en el aire.
Saltó por encima de varias cabezas hasta llegar a la escalera y subió hasta pisar la superficie, donde la tormenta lo saludó. Agua, nubes y truenos golpearon su rostro.
—Al fin…
En mitad del desvencijado panorama, Enji se quedó parado un segundo y respiró profundo, llenándose los pulmones de aire fresco. Aire real. Aire que le recordó las muchas horas que llevaba sin probar un cigarrillo.
Descolgó el paraguas de sus cintura y lo abrió para cubrirse del temporal. Debajo de su otro brazo roncaba el mismísimo Don Ald.
—Esta cosa es bastante útil cuando no te apuñala los pies, eh —mencionó. Pese al diminuto tamaño, algo se podía cubrir—. Mierda… —Echó un vistazo a los alrededores, reconoció la maquinaria eléctrica en pésimo estado y chasqueó la lengua—. Este lugar está hecho pedazos. —Vio el armatoste de una noria bañado en chispazos de cables pelados, y un cartel que terminó de echar por suelo los resquicios de su esperanza. Abrió grandes los ojos al leerlo. Letras enormes, alguna vez coloridas, que anunciaban el estreno de un parque de diversiones—¡¿Año 3?! —exclamó, indignado—. ¡ME ESTAFARON!
El barco de la marina, junto al ferry, el Tempestad y otros tantos navíos, estaban alineados en la costa, no muy lejos del baldío abandonado donde emergieron. Enji se dirigió allí y llegó poco después que Juan y Sigrid, a quienes vio avanzar por delante suyo. Difícil no reconocer a las dos moles de la División 80. Aun así, no se apresuró. Ellos habían ganado la carrera. Llegó a las turbulentas faldas del mar unos minutos después y dio un salto para aterrizar en la cubierta del barco, manchando el suelo con la sangre de las heridas de sus pies.
—¡Oi! Este parque es todo un fiasco. —Se plantó frente a ellos con el paraguas miniatura en una mano y el tontatton inconsciente en la otra, inclinó la cabeza a un costado y sus vertebras crujieron—. Pero me llevé un peluche de recuerdo. ¡Oh, Sigriiid! —Un tono agudo y cantarín permeó sus palabras al dirigirse a la bella buccaneer—. ¿Me das una mano con esto? Hay que amordazarlo bien, que no pueda hablar o nos pondrá a bailar a todos, y después asegurarse de que no se muera. ¡Me voy a ganar mi ascenso con este cabrón! ¡Shihahahaha! ¡Eh, Juancho…!
Se giró en dirección al gyojin, sonriente y dicharachero, en el instante preciso que el elástico de su ropa interior no aguantó más y se cortó. La tela se rasgó y la prenda cayó, arrastrada por el peso de montones de berries, dos Den Den Mushis, una brújula, un mechero, y el estoque que llevaba colgando por fuera. Enji se quedó en pelotas y, para más inri, los restos de sus guantes resbalaron de su hombro y cayeron también junto a todo lo demás.
—(...)¡Mierda! Era el de la suerte.
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