19-04-2026, 10:01 PM
Por respeto a lo sucedido, por difícil que pueda resultar, os recomendamos leer primero el post y no apresuraros a ir a los off.
Se acabó el tiempo. Había pasado un minuto, aunque no hubo nada que lo indicase, ningún pitido, ninguna alarma. Repentinamente, por toda la sala, y, precedido por un zumbido de estática, comenzó a emitirse un nuevo mensaje en la misma voz monótona de antes:
Cierre del Protocolo Damocles. Los números... Nueve. Ocho. Cinco. Ocho. Cinco. Y... Ocho. Ocho. Seis. Uno. Seis. Y... Cero. Cero. Cero. Dos. Han sido seleccionados por los responsables.
Por defecto, son filtrados también los números... Cero. Cero. Cero. Cero. Cero. Y... Uno. Siete. Cuatro. Ocho. Tres. Y... Cero. Tres. Tres. Cuatro. Siete.
En diez segundos, los números seleccionados serán filtrados. Los demás números podrán proceder a ser comercializados.
¿Quiénes eran los demás números? ¿Qué significaba aquello? ¿Cuántos esclavos más había en aquel lugar?
Fuera como fuese, la segunda cuenta atrás había comenzado. Como la anterior, fue una cuenta atrás muda, sin ningún sonido ni pitido que la marcase ni indicase su final.
Cada segundo pasó lento. Diez segundos eran suficientes para que cualquiera reflexionase sobre su final, sobre lo que había vivido y sobre lo que no, sobre sus satisfacciones y sobre sus frustraciones, y sobre aquellos a los que dejaba atrás. No eran pocos los que habían dado con un final triste de camino a perseguir sus sueños, o, peor aún, aún sin tener un sueño por perseguir. Los presentes en aquella sala eran, a todos los efectos, esclavos, y un esclavo solo podía morir tal y como hacía todo lo demás: por designio de otros. Como un esclavo, en definitiva. Resultaba sencillo llenarse la boca hablando de libertad, de la persecución de los sueños, de la justicia, de la vida y de la muerte. Sin embargo, cuando se trataba de enfrentarse al final, al sacrificio último, fuera o no este voluntario, fuera más o menos noble, los ideales solían desvanecerse con la misma rapidez con que habían llegado.
El collar de Kazan había empezado a hacer mucho más ruido que cualquier otro. A medida que pasaron los segundos, la luz que emanaba de los números en su collar se intensificó, iluminando a su alrededor. Y, finalmente, llegó el décimo segundo. El collar, cuyo sonido se había vuelto atronador, pareció enmudecer de golpe. Un último chasquido se produjo en su interior, para culminar con una explosión.
Al mismo tiempo que se producía la explosión, la sala al completo quedó inundada en una intensa luz roja que emanaba del techo. Una estridente e insoportable alarma comenzó a sonar por todo el lugar, y lo impensable sucedió finalmente, pagado por el precio de la sangre derramada: la puerta del fondo, que había permanecido cerrada a cal y canto durante todo aquel tiempo, se abrió con pesadez y con el ruido hidráulico de varios mecanismos, abriendo el camino hasta un largo pasillo bañado en aquella misma luz roja.
Y, de pronto, todos se dieron cuenta también de que sus propios collares habían empezado a explotar casi al unísono, solo que las explosiones parecían estar causadas por algún tipo de fallo, más que por la activación de la carga explosiva en su interior. Uno a uno, todos los collares emitieron un fuerte ruido y una fuerte humareda, antes de producir diversos chasquidos y, tintineantes, deshacerse en mil pedazos y caer al suelo, desactivados e inservibles. Bajo sus pies, y al otro lado de los gruesos muros que los rodeaban, se podían oír y percibir fuertes temblores.
Al otro lado de la puerta, al final del largo pasillo, tras unas escaleras metálicas que subían, se había abierto una última puerta.
Continuamos todos en este tema.
Información importante
