La patada impactó y su movimiento continuó, fluido, hasta completar una vuelta entera en el lugar. Vuelta que culminó erguido y encarando al enemigo, con la guardia arriba y la sonrisa ancha, preparado para volver a la carga cuanto antes. El ímpetu no se negociaba en sus peleas. ¿Dos veces falló? ¿Tres veces lo esquivaron y pusieron a bailar? Eso no tenía ninguna importancia ya. Estaba en el pasado, y lo seguiría intentando, una y otra vez, hasta atrapar al escurridizo Don Ald en su propia danza. Un mal movimiento es todo lo que necesitaba. Una decisión errónea, un momento de descuido que buscaba incansablemente provocar. Sólo era cuestión de tiempo en esa competencia de astucia y aguante. Reducirlo, incapacitarlo o noquearlo, cualquier salida era correcta cuando la apertura llegase. Apretó el puño, apretó los dientes, listo para atacar… Y vio volar un chorro de sangre.
Un corte apareció en el cuello de Don Ald, pintado en su piel en una fracción de segundo. La fría y afilada hoja que lo provocó, tan letal como sigilosa, no dejó rastros ni testigos de su pecar, demasiado veloz para la vista. El tajo estaba ahí como única prueba del crimen, manifestándose con la contundencia de un telón que se desploma al finalizar la obra. Sangre brotó de la profunda herida en una grotesca explosión que inundó los jirones de ropa en un momento, tiñéndole todo el costado izquierdo de rojo al maltrecho tontatton.
Enji se detuvo en ese momento. Ahí estaba la apertura que buscó con vehemencia, el instante de diferencia, la decisión errónea que, aun en su situación, hubiera dejado pasar por principios morales. “Atacar por la espalda es de cobardes”; pero el espadachín no tenía esas limitaciones. Aprovechó la negligencia del Don y selló el encuentro con un corte certero. No podía reclamarle nada.
Y aún así.
—¡Hijo de tu… putísima madre! —Dio un fuerte pisotón en el suelo cuando Don Ald saltó contra los pinchos—. ¿Te rindes? ¿Así? Cabrón, me tuviste media hora bailando por toda esta sala de mierda y se te ocurre matarte cuando al fin voy a poder atizarte la cara.
Ladró contra el empalado hombre-pingüino —su tamaño y apariencia a ese animal evocaban—, con la vena inflada y los brazos en jarra, inclinado hacia adelante y abajo para poder mirarle a la cara.
- ¡¡¡¡¡¡ PINGUGUGUGUGUGUGU PINGUUGUUUUUGUUUUUUUGUUUUUUU!!!
—Tch…
Resultó seguir con vida. Desangrándose, envenenado, pero todavía vivo, el magnate del bailongo se despidió y partió tras bambalinas, cínico como pocos, deseándoles todo lo peor y que, por supuesto, siguieran bailando. El espectáculo llegó a su fin y la música, incluso dentro de su cabeza, se apagó de una vez.
—Bueno… Parece que los collares no iban a explotar al final —dijo Enji, agachado e inspeccionando los restos de Don Ald—. ¿Verdad, Doncito? —Sonrió al percibir en su pecho un leve movimiento de respiración—. Venga para acá.
Con cuidado, el marine maniobró su mano derecha entre las afiladas puntas de la trampa y logró sujetar a un inconsciente, mas no muerto, Don Ald. Lo retiró de los pinchos y, sin mucho cuidado, se lo colocó debajo del brazo izquierdo, presionándolo entre el codo y las costillas mientras le quitaba las armas y las colgaba del elástico de sus boxers del lado derecho.
—Podría ser una buena mascota, ¿no creen? —Buscó complicidad en una mirada rápida a Kuro y Dharma, rascándose el cuello mientras este último terminaba de saquear el cuerpo de quien fuera su compañero—. Sólo hay que enseñarle algunos modales.
Rebuscó en los bolsillos desgajados pero no encontró lo que buscaba: una llave. En su lugar, halló dinero, que se metió en los abultados calzones, y alguna que otra pelusa.
—Ahora… ¿dónde quedaron mis guantes? Juancho me va a matar cuando los vea. ¡Y será tu culpa, loco de las espadas! Eh, tú, Cabrito —miró a Kuro—, ¿no los viste?
Tras flexionar las rodillas, Enji volvió a saltar. Esta vez aterrizó sobre la plataforma elevada que ocupaba el centro de la habitación, se irguió y, mientras una de sus manos sostenía al malherido Don Ald, la otra funcionó de visera para cubrirse los ojos al tiempo que echaba un vistazo alrededor en busca de los restos de sus guantes. Quería llevárselos con la esperanza de que su compañero de división pudiera hacer algo por recuperarlos.
Un corte apareció en el cuello de Don Ald, pintado en su piel en una fracción de segundo. La fría y afilada hoja que lo provocó, tan letal como sigilosa, no dejó rastros ni testigos de su pecar, demasiado veloz para la vista. El tajo estaba ahí como única prueba del crimen, manifestándose con la contundencia de un telón que se desploma al finalizar la obra. Sangre brotó de la profunda herida en una grotesca explosión que inundó los jirones de ropa en un momento, tiñéndole todo el costado izquierdo de rojo al maltrecho tontatton.
Enji se detuvo en ese momento. Ahí estaba la apertura que buscó con vehemencia, el instante de diferencia, la decisión errónea que, aun en su situación, hubiera dejado pasar por principios morales. “Atacar por la espalda es de cobardes”; pero el espadachín no tenía esas limitaciones. Aprovechó la negligencia del Don y selló el encuentro con un corte certero. No podía reclamarle nada.
Y aún así.
—¡Hijo de tu… putísima madre! —Dio un fuerte pisotón en el suelo cuando Don Ald saltó contra los pinchos—. ¿Te rindes? ¿Así? Cabrón, me tuviste media hora bailando por toda esta sala de mierda y se te ocurre matarte cuando al fin voy a poder atizarte la cara.
Ladró contra el empalado hombre-pingüino —su tamaño y apariencia a ese animal evocaban—, con la vena inflada y los brazos en jarra, inclinado hacia adelante y abajo para poder mirarle a la cara.
- ¡¡¡¡¡¡ PINGUGUGUGUGUGUGU PINGUUGUUUUUGUUUUUUUGUUUUUUU!!!
—Tch…
Resultó seguir con vida. Desangrándose, envenenado, pero todavía vivo, el magnate del bailongo se despidió y partió tras bambalinas, cínico como pocos, deseándoles todo lo peor y que, por supuesto, siguieran bailando. El espectáculo llegó a su fin y la música, incluso dentro de su cabeza, se apagó de una vez.
—Bueno… Parece que los collares no iban a explotar al final —dijo Enji, agachado e inspeccionando los restos de Don Ald—. ¿Verdad, Doncito? —Sonrió al percibir en su pecho un leve movimiento de respiración—. Venga para acá.
Con cuidado, el marine maniobró su mano derecha entre las afiladas puntas de la trampa y logró sujetar a un inconsciente, mas no muerto, Don Ald. Lo retiró de los pinchos y, sin mucho cuidado, se lo colocó debajo del brazo izquierdo, presionándolo entre el codo y las costillas mientras le quitaba las armas y las colgaba del elástico de sus boxers del lado derecho.
—Podría ser una buena mascota, ¿no creen? —Buscó complicidad en una mirada rápida a Kuro y Dharma, rascándose el cuello mientras este último terminaba de saquear el cuerpo de quien fuera su compañero—. Sólo hay que enseñarle algunos modales.
Rebuscó en los bolsillos desgajados pero no encontró lo que buscaba: una llave. En su lugar, halló dinero, que se metió en los abultados calzones, y alguna que otra pelusa.
—Ahora… ¿dónde quedaron mis guantes? Juancho me va a matar cuando los vea. ¡Y será tu culpa, loco de las espadas! Eh, tú, Cabrito —miró a Kuro—, ¿no los viste?
Tras flexionar las rodillas, Enji volvió a saltar. Esta vez aterrizó sobre la plataforma elevada que ocupaba el centro de la habitación, se irguió y, mientras una de sus manos sostenía al malherido Don Ald, la otra funcionó de visera para cubrirse los ojos al tiempo que echaba un vistazo alrededor en busca de los restos de sus guantes. Quería llevárselos con la esperanza de que su compañero de división pudiera hacer algo por recuperarlos.
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