12-04-2026, 09:23 AM
El cielo comenzaba a mostrarse un poco más oscuro al correr de los minutos, casi de manera imperceptible, allí donde el pelinegro y la violinista. La brisa los acompañaba en aquel panorama dando un fresco soplo que podía revitalizar a cualquiera, incluso las más cargadas almas. En las alturas, más y más estrellas comenzaban a mostrarse regalando un impertinente brillo con atrevimiento, anunciando su llegada. Frente a ellos a sus pies, colgaban todas las lámparas que iluminaban la plaza en aquel festejo mientras las risas hacían eco junto al murmullo cálido de los presentes en un segundo plano.
Era un momento inesperado, pero oportuno, el joven pirata, no solía planear mucho sus decisiones o movimientos en el día a día, y prefería entregarle al destino el crédito de lo que sucedía, o a la misma suerte, en su capricho y azar, terminar dando los resultados que tienen que ser. No había planeado tal encuentro con la pelinaranja, pero allí estaban, hablando del mundo, de los sueños, del cielo, del mar, de la libertad…
Ella se veía una persona totalmente diferente a él, con una vida por demás ajena a todo lo que Cill conocía, sin embargo no podía ignorar el sentirse identificado con ella. Quizás no era la experiencia y lo vivido sino ese fuego ardiente que nunca se apaga en el interior de ambos, que les llamaba pacientemente a adentrarse a llegar donde nadie más lo hizo.
En ese momento se sentía pleno, no había nada que le sacase aquel relajo, aquella plenitud… El silencio primó unos minutos cargando el ambiente de una sensación más profunda pero no por ello incómoda o seria. Cill se sentía tranquilo y relajado, observando el cielo, hasta donde sus ojos no podían distinguir lo que veían, imaginando todo aquel inmenso y vasto mundo por conocer, los mares por navegar, las historias por conocer… Vivir esa libertad ingobernable donde nadie volvería a poner en jaque aquello en que creía y sus convicciones, podrían arrebatarle la vida, pero no su libertad, y era esa determinación la que llenaba de oxígeno su pecho trayendo aire fresco en su vida, y permitiéndole disfrutar como pocos.
Observaba a Miyori, como ella en su mente procesaba seguramente las palabras del azabache, y sacaba sus propias conclusiones, sus propios acuerdos, sus propias determinaciones, y, eso algo que le agradaba, todas las respuestas venían luego de previamente haber hecho primeramente preguntas… Cuestionarse… ¿Quién diría que un acto tan simple cómo no conformarse con lo que se nos impone, nos indica, o nos quiere enseñar totalitariamente, traería consigo verdades, nuevas convicciones?
Las cobrizas orbes del pirata saltaban de la músico a los astros, de los astros a la músico, mientras sonreía amplia y profundamente. Disfrutaba su cigarro y las palabras de ella inevitablemente le hicieron echar a reír a carcajadas, unas cargadas de vida, de ligereza, de color y brillo. Le gustaba su ideal, aunque sabía que no era tan sencillo, pero lo distante de la realidad (al menos para su forma de ver el mundo) no le quitaba lo bello.
Cill sabía tristemente que eran ideales inverosímiles, la vida de quien elige lanzarse al mar, buscar algo más allá de lo que vemos, perseguir la libertad real para alcanzarla para enseñarla… Es un camino duro, incierto, donde muchas veces el resultado no es acompañado del relato… La realidad siempre había mostrado que donde dos voluntades chocasen con distintos ideales, una siempre sería la malvada en el relato ajeno… Uno siempre verá con buenos ojos sus creencias mientras que del otro lado también, y al final, a veces sería inevitable no llegar a ensuciarse las manos…
Su mente procesaba aquella postal, su propia reflexión, la profundidad de aquellos celestes ojos, y todo a una velocidad donde ni él se daba cuenta. Y casi como acto súbito, volvió en si a un plano mucho más terrenal al ver como ella le quitaba el cigarro. En primera instancia se asombró, observándola a cejas alzadas y un gesto de sorpresa, para luego sonreírle tiernamente habiendo quizás encontrado las palabras correctas.
—Todos son buenos en su propia historia, y héroes en la de quien les rodea— le dijo apartando la mirada de sus ojos para observar la muchedumbre de gente disfrutando de la feria. —Y siempre seremos el malo en la historia de quien vaya en contra de lo que creemos o elegimos— continuó con paciencia rascando suavemente su propia nuca un instante durante la sentencia. —¡oooe! Ojalá fuera tan fácil como agrupar la gente en buenos y malos— afirmó riéndose para suavemente volver a su tono apacible. —La libertad… El ser libre… Es para todos, no hay nadie que no debiera serlo… Aunque algunos usan esa libertad acompañada de ambiciones que inevitablemente perjudican, lastiman, o acaban co. la libertad, sueños, o vida de los demás…— le dijo profundizando poco a poco tornándose un tono casi nostálgico al final mientras elevó su rostro al cielo.
Suspiró y se quedó un instante con sus ojos cerrados. En su mente desfilaban recuerdos, recuerdos de una tierra muy lejana, de donde provenía. Se entremezclaban alegres memorias, como también gritos, fuego, el olor de la sangre… Volvió a suspirar y la observó. —La libertad real comienza con la idea, la visión, el sueño…— le dijo con seguridad pero en un tono inocente y alegre acompañado de una sonrisa —Pero se construye con fuerza, con determinación y espíritu… Y cuando se construye, se defiende.— prosiguió para echar a reír. —Pero tranquila, nunca dejaré que hagas algo que tengas que reprocharte a ti misma… Hehehe— le dijo para reír entre dientes mientras le sonreía.
Sacó nuevamente un cigarro, lo encendió y dió una buena pitada para expulsar el humo hacia arriba y dejar que este se pierda en su vuelo a las alturas. —Pero tu libertad termina donde comienza la mía, no me quites mi cigarro de la boca— espetó con una mueca de ofendido, aunque en broma y riendo luego.
—Si ya eres pirata y perteneces a mi tripulación yo digo que deberíamos brindar ¿No te parece?— le preguntó a modo de invitación a la cual no pensaba tener un no como respuesta, ya que era más que pregunta, una orden de su nuevo capitán.
Era un momento inesperado, pero oportuno, el joven pirata, no solía planear mucho sus decisiones o movimientos en el día a día, y prefería entregarle al destino el crédito de lo que sucedía, o a la misma suerte, en su capricho y azar, terminar dando los resultados que tienen que ser. No había planeado tal encuentro con la pelinaranja, pero allí estaban, hablando del mundo, de los sueños, del cielo, del mar, de la libertad…
Ella se veía una persona totalmente diferente a él, con una vida por demás ajena a todo lo que Cill conocía, sin embargo no podía ignorar el sentirse identificado con ella. Quizás no era la experiencia y lo vivido sino ese fuego ardiente que nunca se apaga en el interior de ambos, que les llamaba pacientemente a adentrarse a llegar donde nadie más lo hizo.
En ese momento se sentía pleno, no había nada que le sacase aquel relajo, aquella plenitud… El silencio primó unos minutos cargando el ambiente de una sensación más profunda pero no por ello incómoda o seria. Cill se sentía tranquilo y relajado, observando el cielo, hasta donde sus ojos no podían distinguir lo que veían, imaginando todo aquel inmenso y vasto mundo por conocer, los mares por navegar, las historias por conocer… Vivir esa libertad ingobernable donde nadie volvería a poner en jaque aquello en que creía y sus convicciones, podrían arrebatarle la vida, pero no su libertad, y era esa determinación la que llenaba de oxígeno su pecho trayendo aire fresco en su vida, y permitiéndole disfrutar como pocos.
Observaba a Miyori, como ella en su mente procesaba seguramente las palabras del azabache, y sacaba sus propias conclusiones, sus propios acuerdos, sus propias determinaciones, y, eso algo que le agradaba, todas las respuestas venían luego de previamente haber hecho primeramente preguntas… Cuestionarse… ¿Quién diría que un acto tan simple cómo no conformarse con lo que se nos impone, nos indica, o nos quiere enseñar totalitariamente, traería consigo verdades, nuevas convicciones?
Las cobrizas orbes del pirata saltaban de la músico a los astros, de los astros a la músico, mientras sonreía amplia y profundamente. Disfrutaba su cigarro y las palabras de ella inevitablemente le hicieron echar a reír a carcajadas, unas cargadas de vida, de ligereza, de color y brillo. Le gustaba su ideal, aunque sabía que no era tan sencillo, pero lo distante de la realidad (al menos para su forma de ver el mundo) no le quitaba lo bello.
Cill sabía tristemente que eran ideales inverosímiles, la vida de quien elige lanzarse al mar, buscar algo más allá de lo que vemos, perseguir la libertad real para alcanzarla para enseñarla… Es un camino duro, incierto, donde muchas veces el resultado no es acompañado del relato… La realidad siempre había mostrado que donde dos voluntades chocasen con distintos ideales, una siempre sería la malvada en el relato ajeno… Uno siempre verá con buenos ojos sus creencias mientras que del otro lado también, y al final, a veces sería inevitable no llegar a ensuciarse las manos…
Su mente procesaba aquella postal, su propia reflexión, la profundidad de aquellos celestes ojos, y todo a una velocidad donde ni él se daba cuenta. Y casi como acto súbito, volvió en si a un plano mucho más terrenal al ver como ella le quitaba el cigarro. En primera instancia se asombró, observándola a cejas alzadas y un gesto de sorpresa, para luego sonreírle tiernamente habiendo quizás encontrado las palabras correctas.
—Todos son buenos en su propia historia, y héroes en la de quien les rodea— le dijo apartando la mirada de sus ojos para observar la muchedumbre de gente disfrutando de la feria. —Y siempre seremos el malo en la historia de quien vaya en contra de lo que creemos o elegimos— continuó con paciencia rascando suavemente su propia nuca un instante durante la sentencia. —¡oooe! Ojalá fuera tan fácil como agrupar la gente en buenos y malos— afirmó riéndose para suavemente volver a su tono apacible. —La libertad… El ser libre… Es para todos, no hay nadie que no debiera serlo… Aunque algunos usan esa libertad acompañada de ambiciones que inevitablemente perjudican, lastiman, o acaban co. la libertad, sueños, o vida de los demás…— le dijo profundizando poco a poco tornándose un tono casi nostálgico al final mientras elevó su rostro al cielo.
Suspiró y se quedó un instante con sus ojos cerrados. En su mente desfilaban recuerdos, recuerdos de una tierra muy lejana, de donde provenía. Se entremezclaban alegres memorias, como también gritos, fuego, el olor de la sangre… Volvió a suspirar y la observó. —La libertad real comienza con la idea, la visión, el sueño…— le dijo con seguridad pero en un tono inocente y alegre acompañado de una sonrisa —Pero se construye con fuerza, con determinación y espíritu… Y cuando se construye, se defiende.— prosiguió para echar a reír. —Pero tranquila, nunca dejaré que hagas algo que tengas que reprocharte a ti misma… Hehehe— le dijo para reír entre dientes mientras le sonreía.
Sacó nuevamente un cigarro, lo encendió y dió una buena pitada para expulsar el humo hacia arriba y dejar que este se pierda en su vuelo a las alturas. —Pero tu libertad termina donde comienza la mía, no me quites mi cigarro de la boca— espetó con una mueca de ofendido, aunque en broma y riendo luego.
—Si ya eres pirata y perteneces a mi tripulación yo digo que deberíamos brindar ¿No te parece?— le preguntó a modo de invitación a la cual no pensaba tener un no como respuesta, ya que era más que pregunta, una orden de su nuevo capitán.
