11-04-2026, 01:43 AM
Entre ruidos de estática e interferencias, las seis pantallas continuaban transmitiendo con normalidad cuanto ocurría en aquellas salas. De cuando en cuando, alguna de ellas parpadeaba o se fundía a negro por un instante, pero volvía al cabo de un momento, y la emisión continuaba. Algunos de aquellos peculiares tipos ataviados como Marines habían caído frente a sus adversarios: el hombrecillo que parecía un pingüino de la Sala de Torturas y que los había tenido a todos bailando hasta la locura, el gran gorila que solo había querido mostrarles sus flamantes experimentos y el enorme Buccaneer parecían haber sucumbido en la lucha, no sin haber vendido caro el pellejo y dejando malherido a más de uno en el proceso. Y los presentes en la Sala de Control habían podido contemplar todo aquel espectáculo grotesco.
Sin embargo, aquella pesadilla estaba lejos de terminar. Planeta Océano, la sala del aquella enorme criatura que parecía un cocodrilo se había drenado de pronto, en un nuevo vaivén de los acontecimientos y para sorpresa de todos. La criatura, sin embargo, continuaba luchando con ferocidad. La Sala de Torturas, donde la pingüinesca criatura yacía ahora muerta, había vuelto a la normalidad. Lo mismo había ocurrido con la Cámara Tóxica, donde un enorme Landon Coates descansaba eternamente sobre el hormigón, sin pinchos ni el habitual gas.
Tras la puerta del vertedero, que Wyatt había cerrado, toda la basura había comenzado a hundirse en el suelo, y, bajo la luz naranja, todo empezó a chamuscarse en un gran proceso automático de incineración, hundiéndose en un gran foso de fuego, chispas y el humo más maloliente y tóxico que cualquiera de ellos fuese a oler jamás. En la Sala de Control, entre acusaciones acaloradas y proclamaciones súbitas, las mentes más agudas eran la única esperanza de que cualquiera de ellos lograse salir de allí con vida. Choi hacía bien en considerar que tal vez unir su intelecto al de Dimitri pudiese dar resultados, puesto que, como todo el mundo sabe, dos cabezas piensan mejor que una. Sin embargo, pudo intuir que, en efecto, parte del diseño sádico de aquel lugar había considerado perfectamente que era mejor no incluir ninguna opción de seguridad, haciendo gala de una filosofía en la que todo lo que ocurriese era bienvenido. Empezó a comprender que no había una forma fácil de salir de aquella. Si seguía investigando, tal vez se acercase a comprender la compleja ingeniería sobre la cual se sustentaba aquel sistema.
Al mismo tiempo, en el pasillo, bañado en aquella perenne luz roja, Dimitri, con la única compañía de Wyatt y su equino, intentaba encontrar la clave de aquel lugar. Aquellas instalaciones, fueran lo que fuesen, estaban hechas de forma que absolutamente nada pudiese salir ni entrar sin que sus ocupantes estuviesen al tanto. Ni siquiera parecía haber conductos de ventilación, más que algunas minúsculas rejillas reforzadas aquí y allá, probablemente repletas de filtros en su interior, por las que apenas un ratón hubiera podido moverse. Todo elemento parecido a circuitería eléctrica o electrónica parecía ramificar desde la misma Sala de Control que había abandonado minutos atrás. Mientras acercaba la llave a la puerta metálica, comprendió algo fundamental: aquellas puertas no habían sido hechas para ser abiertas desde fuera, o, al menos, no desde aquel pasillo.
Repentinamente, en el momento en que Yuuki optó por girar la cuarta válcula de la sala de calderas, se pudo oír algún tipo de cortocircuito, y toda la energía de aquellas instalaciones pareció irse. Todas las luces se apagaron, y las pantallas fundieron a negro. Todo, a excepción de las espantosas luces rojas del pasillo. Y luego, al cabo de uno o dos segundos, volvieron a encenderse. Algo dentro dentro de uno de los cajetines eléctricos de la Sala de Control emitió un zumbido antes de volver a quedar en silencio.
Sin embargo, aquella pesadilla estaba lejos de terminar. Planeta Océano, la sala del aquella enorme criatura que parecía un cocodrilo se había drenado de pronto, en un nuevo vaivén de los acontecimientos y para sorpresa de todos. La criatura, sin embargo, continuaba luchando con ferocidad. La Sala de Torturas, donde la pingüinesca criatura yacía ahora muerta, había vuelto a la normalidad. Lo mismo había ocurrido con la Cámara Tóxica, donde un enorme Landon Coates descansaba eternamente sobre el hormigón, sin pinchos ni el habitual gas.
Tras la puerta del vertedero, que Wyatt había cerrado, toda la basura había comenzado a hundirse en el suelo, y, bajo la luz naranja, todo empezó a chamuscarse en un gran proceso automático de incineración, hundiéndose en un gran foso de fuego, chispas y el humo más maloliente y tóxico que cualquiera de ellos fuese a oler jamás. En la Sala de Control, entre acusaciones acaloradas y proclamaciones súbitas, las mentes más agudas eran la única esperanza de que cualquiera de ellos lograse salir de allí con vida. Choi hacía bien en considerar que tal vez unir su intelecto al de Dimitri pudiese dar resultados, puesto que, como todo el mundo sabe, dos cabezas piensan mejor que una. Sin embargo, pudo intuir que, en efecto, parte del diseño sádico de aquel lugar había considerado perfectamente que era mejor no incluir ninguna opción de seguridad, haciendo gala de una filosofía en la que todo lo que ocurriese era bienvenido. Empezó a comprender que no había una forma fácil de salir de aquella. Si seguía investigando, tal vez se acercase a comprender la compleja ingeniería sobre la cual se sustentaba aquel sistema.
Al mismo tiempo, en el pasillo, bañado en aquella perenne luz roja, Dimitri, con la única compañía de Wyatt y su equino, intentaba encontrar la clave de aquel lugar. Aquellas instalaciones, fueran lo que fuesen, estaban hechas de forma que absolutamente nada pudiese salir ni entrar sin que sus ocupantes estuviesen al tanto. Ni siquiera parecía haber conductos de ventilación, más que algunas minúsculas rejillas reforzadas aquí y allá, probablemente repletas de filtros en su interior, por las que apenas un ratón hubiera podido moverse. Todo elemento parecido a circuitería eléctrica o electrónica parecía ramificar desde la misma Sala de Control que había abandonado minutos atrás. Mientras acercaba la llave a la puerta metálica, comprendió algo fundamental: aquellas puertas no habían sido hechas para ser abiertas desde fuera, o, al menos, no desde aquel pasillo.
Repentinamente, en el momento en que Yuuki optó por girar la cuarta válcula de la sala de calderas, se pudo oír algún tipo de cortocircuito, y toda la energía de aquellas instalaciones pareció irse. Todas las luces se apagaron, y las pantallas fundieron a negro. Todo, a excepción de las espantosas luces rojas del pasillo. Y luego, al cabo de uno o dos segundos, volvieron a encenderse. Algo dentro dentro de uno de los cajetines eléctricos de la Sala de Control emitió un zumbido antes de volver a quedar en silencio.
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