10-04-2026, 12:09 AM
El maldito volvió a hacerlo. La palabra se clavó en mi cabeza y, con ella, llegó esa sensación ya conocida de pérdida absoluta de control. No hubo ninguna advertencia real. Simplemente ocurrió. Mis músculos se tensaron un instante y dejaron de responderme. El ritmo se impuso sin oposición, forzando cada movimiento de mi cuerpo como si ya no me perteneciera.
Me quedé prácticamente en el sitio al principio, atrapado en esa secuencia absurda. Mis brazos comenzaron a moverse por sí solos, subiendo y bajando con una cadencia ridícula, mientras mi torso acompañaba el compás sin que pudiera evitarlo. Mis piernas apenas hacían más que sostenerme, manteniéndome en equilibrio mientras la danza seguía su curso. Intenté resistirme, concentrarme, forzar una mínima interrupción en ese control, pero fue inútil. Era como si mi voluntad estuviera completamente anulada.
Aun así, mis ojos seguían funcionando. Frente a mí, todo continuaba desarrollándose. Don Ald se había liberado otra vez. Mi mirada se fijó en él con dureza, cargada de una frustración que no podía descargar.
—Maldito.—
El ritmo no se detuvo. Mis brazos siguieron moviéndose, mi cuerpo obedeciendo esa coreografía impuesta sin la más mínima consideración por lo que yo quería hacer. Y entonces, sin previo aviso, sentí cómo uno de mis brazos se tensaba de una forma distinta. De repente mi mano se dirigió hacia mi propio rostro. No pude detenerla.
—Tch.—
La bofetada hizo que mi cabeza se desviara ligeramente. El sonido quedó flotando un instante en el aire, acompañado de una sensación que no era tanto dolor como irritación pura. No por el golpe en sí, sino por lo que representaba. No poder evitar algo tan básico solo alimentaba esa sensación de impotencia que ya se estaba acumulando.
Fue justo después de eso cuando mi cuerpo empezó a moverse. Mis pies avanzaron siguiendo el ritmo impuesto, directamente contra Don Ald. Ya no estaba quieto. Cada paso me acercaba más. Aproveché ese mínimo margen dentro del caos para mantener la mirada fija al frente, evaluando cada detalle. Las armas seguían en mi cintura, firmes, bien ajustadas. No podía utilizarlas en ese estado, pero al menos seguían bajo mi control.
Avancé cinco metros de esa forma, manteniendo el ritmo impuesto mientras me dirigía hacia delante. Entonces, algo cambió. Un leve movimiento desde arriba hizo frenarme, lo suficientemente fuera de lugar como para captar mi atención de inmediato. Alcé ligeramente la mirada, justo a tiempo para ver cómo algo descendía. Mis ojos siguieron la trayectoria casi de forma automática. Lo que caía no era agua, ni restos de la sala. Era algo distinto. Un líquido espeso, de tonalidad violácea, que se precipitó directamente sobre Don Ald sin que hubiera forma de evitarlo.
No necesité más de un instante para reconocerlo, era veneno. Mi atención se desplazó al origen sin perder tiempo, buscando la causa de ese ataque. No tardé en encontrarla, Enji. Incluso bajo los efectos de aquella técnica, seguía actuando sin detenerse. No había perdido la iniciativa. Fue entonces, al ver el ataque y entender el alcance real de lo que estaba haciendo, cuando mi expresión se endureció y tomé la decisión de intervenir.
—No te pases.—
La voz salió firme, clara, imponiéndose pese a la situación. No aparté la vista del frente en ningún momento, manteniendo la atención tanto en el objetivo como en mi propio avance.
—Lo necesitamos vivo. Al menos de momento.—
Apreté la mandíbula, manteniéndome alerta pese a la falta de control total sobre mi cuerpo. Cada detalle contaba, y la situación seguía siendo inestable, peligrosa en cada segundo que pasaba.
Me quedé prácticamente en el sitio al principio, atrapado en esa secuencia absurda. Mis brazos comenzaron a moverse por sí solos, subiendo y bajando con una cadencia ridícula, mientras mi torso acompañaba el compás sin que pudiera evitarlo. Mis piernas apenas hacían más que sostenerme, manteniéndome en equilibrio mientras la danza seguía su curso. Intenté resistirme, concentrarme, forzar una mínima interrupción en ese control, pero fue inútil. Era como si mi voluntad estuviera completamente anulada.
Aun así, mis ojos seguían funcionando. Frente a mí, todo continuaba desarrollándose. Don Ald se había liberado otra vez. Mi mirada se fijó en él con dureza, cargada de una frustración que no podía descargar.
—Maldito.—
El ritmo no se detuvo. Mis brazos siguieron moviéndose, mi cuerpo obedeciendo esa coreografía impuesta sin la más mínima consideración por lo que yo quería hacer. Y entonces, sin previo aviso, sentí cómo uno de mis brazos se tensaba de una forma distinta. De repente mi mano se dirigió hacia mi propio rostro. No pude detenerla.
—Tch.—
La bofetada hizo que mi cabeza se desviara ligeramente. El sonido quedó flotando un instante en el aire, acompañado de una sensación que no era tanto dolor como irritación pura. No por el golpe en sí, sino por lo que representaba. No poder evitar algo tan básico solo alimentaba esa sensación de impotencia que ya se estaba acumulando.
Fue justo después de eso cuando mi cuerpo empezó a moverse. Mis pies avanzaron siguiendo el ritmo impuesto, directamente contra Don Ald. Ya no estaba quieto. Cada paso me acercaba más. Aproveché ese mínimo margen dentro del caos para mantener la mirada fija al frente, evaluando cada detalle. Las armas seguían en mi cintura, firmes, bien ajustadas. No podía utilizarlas en ese estado, pero al menos seguían bajo mi control.
Avancé cinco metros de esa forma, manteniendo el ritmo impuesto mientras me dirigía hacia delante. Entonces, algo cambió. Un leve movimiento desde arriba hizo frenarme, lo suficientemente fuera de lugar como para captar mi atención de inmediato. Alcé ligeramente la mirada, justo a tiempo para ver cómo algo descendía. Mis ojos siguieron la trayectoria casi de forma automática. Lo que caía no era agua, ni restos de la sala. Era algo distinto. Un líquido espeso, de tonalidad violácea, que se precipitó directamente sobre Don Ald sin que hubiera forma de evitarlo.
No necesité más de un instante para reconocerlo, era veneno. Mi atención se desplazó al origen sin perder tiempo, buscando la causa de ese ataque. No tardé en encontrarla, Enji. Incluso bajo los efectos de aquella técnica, seguía actuando sin detenerse. No había perdido la iniciativa. Fue entonces, al ver el ataque y entender el alcance real de lo que estaba haciendo, cuando mi expresión se endureció y tomé la decisión de intervenir.
—No te pases.—
La voz salió firme, clara, imponiéndose pese a la situación. No aparté la vista del frente en ningún momento, manteniendo la atención tanto en el objetivo como en mi propio avance.
—Lo necesitamos vivo. Al menos de momento.—
Apreté la mandíbula, manteniéndome alerta pese a la falta de control total sobre mi cuerpo. Cada detalle contaba, y la situación seguía siendo inestable, peligrosa en cada segundo que pasaba.
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